ANECDOTARIO


UN MUNDO DE ANECDOTAS PARTICULARES Y UNIVERSALES

Por desgracia durante la consulta médica suceden cosas así:
"Querido doctor: Ayer estuve no sé dónde; de pronto me atacó no sé qué cosa, y de momento no puedo decir lo que tengo; pero me siento muy mal".
El doctor contestó: "Id al farmacéutico, comprad no sé qué, tomadlo no sé cuántas veces al día y os curaréis no sé cuándo".

A veces, a pesar de la dificultad del diagnóstico, el médico sabe que al final lo descubrirá:
Un profesor que visitaba las salas del hospital con sus alumnos, les decía: "He aquí, señores, un caso que, por ahora, no podemos diagnosticar; por fortuna, sabremos muy pronto lo que tiene al hacerle la autopsia".


La profesión de médico se ha asociado siempre a la persona dispuesta a ayudar al enfermo en cualquier situación de urgencia, pero en ocasiones parece que el médico lleve en la cara escrito un cartel luminoso con las palabras: "Consulta abierta a cualquier hora". El abuso de esta disposición del médico ha llevado a dos simpáticas anécdotas que nos muestran la forma de escaparnos a estas situaciones. La primera corresponde a un viejo médico de Madrid que llegando tarde para ver una corrida de toros se encontró con una cuarentona mujer obesa que le conocía, lo que aprovechó ésta para pedirle un rápido diagnóstico y le explicó todos los detalles de su padecimiento; el médico, pendiente de la hora, le respondió que eso habría que verlo despacio y que ya vendría a visitarla. "No doctor - dijo la mujer - véame ahora, que estoy pasando muy malos ratos". A lo que el médico respondió: "Bueno, pues desnúdese".
Otro médico acorralado en un caso similar optó por un método con más mala uva; dijo al paciente: "Bien, cierre los ojos, abra bien la boca y saque la lengua". Luego, simplemente, desapareció...


Frente a las exageraciones de los pacientes respecto a sus dolencias, se cuenta que un célebre médico de la capital tras oir los achaques de una dama, le respondió: "Más fácil me será hacer de nuevo a vuestra merced, que curarla, si está según me cuenta".


A veces el médico tiene que llevar sus tratamientos más allá de lo deseable. Se hablaba de una hermosa y honesta gran dama, de muy buen humor, la cual estando enfermiza, su médico le dijo un día que jamás se encontraría bien si no lo hacía; ella respondió de inmediato: "¡Pues bien! ¡Hagámoslo!". El médico y ella dieron a la vez alegría al corazón y al cuerpo. Un día ella le dijo: "Se dice en todas partes que vos me lo hacéis; pero no me importa, puesto que me encuentro bien. Y mientras pueda lo haré, puesto que mi salud depende de ello".


Las palabras que los médicos dirigen a los pacientes deben alegrarlos y no disgustarlos en ningún momento. Se dice que Herophilus increpó duramente al médico Callianax porque un paciente le preguntó: "¿Me moriré?", a lo cual le contestó sabia pero imprudentemente: "Murió Patroclo, que era hombre de bien. ¿Cómo no has de morirte tú también?".


Pero tampoco hay que excederse en animarlos, pues según relataba Esopo, un médico le preguntó a su enfermo cómo se encontraba, a lo que el paciente le hizo notar que últimamente sudaba mucho. "Eso es bueno" - dijo el médico -, "¿Habéis tenido frío?". "Sí doctor" - respondió el enfermo. "Eso es bueno" - volvió a repetir el médico -, "¿Qué más os sentís?". "Síentome como hinchado por la hidropesía". "Eso es bueno" - volvió a repetir el galeno. Pero cuando el médico se retiró y acudió la familia a consolar al enfermo, al indagar sobre su estado de salud éste les dijo: "Estoy muy bien, pero me muero".


Es indudable que las respuestas a las preguntas de los pacientes obligan a que el médico trabaje con mucho tacto:
Un marido novicio, cuya mujer acababa de parir a los seis meses de matrimonio, se dirigió a un médico amigo para preguntarle la causa del fenómeno, y éste le contestó: "Tranquilízate. Esto sucede con frecuencia a las mujeres en el primer parto; pero ya no se repite".


Llamado con urgencia al lado de un enfermo, Erasístratos de Ceos (siglo III a. C.), le oyó roncar desde la puerta de la casa. Entonces se negó a entrar, diciendo: "Oigo desde aquí, al mejor de los médicos".


Un amigo de Pausanias, geógrafo griego del siglo II a.C., le reprendió porque hablaba mal de cierto médico, diciéndole: "No tenéis razón para desacreditarlo, porque aún no le habéis experimentado". A lo que Pausanias replicó: "Si yo lo hubiera experimentado, como vos decís, no podría decir mal de él, porque ya me hubiese enviado donde tiene a los demás".


Muchos han deseado conocer el origen de la mala fama de los médicos; es indudable que la historia nos puede mostrar muchos ejemplos para creer que ahí estuvo el origen de todo, sin embargo según cuenta el historiador y naturalista Plinio el Viejo (23-79 a.C.) posiblemente estuvo en Roma, donde carecían de médicos prácticos regulares. Probablemente el primero que se estableció en dicha ciudad fue Arcágato, práctico griego, sobre el año 219 a.C. donde practicó la cirugía y posiblemente la ginecología operativa, pero después de numerosos casos desgraciados se le apodó "Carnifex" (verdugo) y fue desterrado de la ciudad.
Las malas lenguas también decían que de Roma fueron desterrados los médicos, y que en su ausencia se propagó tanto la gente, que se hizo multitud.


Se cuenta de Avenzoar (1073-1162), famoso médico árabe sevillano, que al morir a la avanzadísima edad de 135 años, no quiso aceptar la asistencia de su hijo médico, alegando que "Si Dios ha decidido que yo abandone este mundo, todos los esfuerzos serán inútiles".


Cierto día, Andrés Vesalio (1514-1564), el llamado fundador de la Anatomía Moderna, tuvo que tratar al emperador Carlos V de una enfermedad. Los demás médicos de la corte, influenciados por las ideas astrológico-terapéuticas de la época, le objetaron que la Luna no era favorable a las disposiciones qu él se aprestaba a tomar. Vesalio, ni corto ni perezoso, se dirigió a los ventanales por donde se veía nuestro querido satélite, echó las cortinas y dijo: "Ahora ya no se entera la Luna...".


Se cuenta que un buen día estando Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Molière (1622-1673), enfermo posiblemente de tuberculosis, entró su criado para decirle que venía a visitarle un médico enviado por uno de sus amigos, a lo que respondió: "Decidle que estoy enfermo, y que no recibo a nadie".


Un joven se presentó ante Virchow (el fundador de la Patología Celular) para examinarse por tercera vez sin obtener mejores resultados que las anteriores, pero el profesor estaba un un humor caricartivo: "Bueno, hay tantos médicos inútiles por ahí... está aprobado".


El doctor Carl Gussenbauer (perfeccionador de las técnicas de gastrectomía y resección intestinal), preguntó una vez a un colega que tenía una consulta privada por qué no abría un absceso. "me inclino por el planteamiento conservador", respondió. "Bien hecho", replicó Gussenbauer, "pero son los pacientes lo que debes conservar, no los abscesos".


El médico holandés Hermann Boerhaave (1668-1738), el más destacado internista de su época, legó al morir un libro sellado que llevaba el título de "Los secretos más exclusivos y más profundos del Arte Médico". El Libro, aun sellado, fue vendido en pública subasta por el precio de 20.000 dólares en oro. Cuando el nuevo propietario abrió el sello se encontró con un libro con las páginas totalemente en blanco, salvo la primera página, donde se podía leer una nota manuscrita por el autor que decía: "Conserve la cabeza fresca, los pies calientes y hará empobrecer al mejor médico del mundo".


El síndrome de Munchausen: Es un síndrome psicopatológico definido como un deseo irrefrenable de recibir asistencia médica, que se acompaña de fabulación, comportamiento anárquico y patomimia. El caso más famoso de la historia fue el protagonizado por el inglés William McIlroy (1906-1983), que consiguió ser intervenido quirúrgicamente 400 veces. Estuvo internado en 100 hospitales distintos, bajo 22 nombres falsos; el mayor periodo de tiempo que permaneció sin hospitalizar desde que se le desarrolló este síndrome fue de seis meses.