ARREGLANDO EL MES...

Sobre la menstruación y la sangre menstrual (III de III)
BAÑISTA ACOSTADA AL BORDE DEL MAR. Renoir, 1841-1879.
Las otras "Venus"... Esas desconocidas que tanto aguantaron...


La Regla del Mes:
Importancia y Orígenes
El Mes de la Regla:
Historia Médica y Tabú
Arreglando el Mes:
Maleficios y Supersticiones

La menstruación según la Historia, la Antropología Médica y la Medicina Popular (y III)


EL MALEFICIO MENSTRUAL

     En general, y desde el punto de vista etnográfico, podemos decir que la sangre menstrual es considerada como maléfica, pues disminuye el potencial sanguíneo de la comunidad; esto hace que la mujer sea juzgada como una enemiga temporal del clan mientras dure la menstruación.
     La sangre menstrual también es valorada en general como venenosa e impura por lo que es frecuente que a la mujer se la separe del clan situándola en la copa de un árbol o sobre un cajón hecho de hojas, se le medio entierre en el suelo o se le recluya durante el período, todo ello por temor a que alguna gota de sangre caiga al suelo y contagie a la tierra o que se exponga a los rayos del sol y la impureza afecte al cielo.
Cabañas de reclusión
Cabaña de las púberes: Indios mondurucus (Brasil).
     Ejemplos del encierro femenino durante las menstruaciones hay muchísimos, siendo el periodo de reclusión muy variable.
     Así tendremos a los falasha de Etiopía, los llamados Judíos Negros, que disponen en sus poblados de unas casas especiales llamadas "casas de la sangre" o, más significativamente, "casas de la maldición", donde las mujeres se retiran unos siete días durante su menstruación. Los indios mondurucus del Brasil, recluían a la mujer durante unos días en una celda especial dentro de la cabaña menstrual, a donde acudía todo el pueblo a arrancarle un pelo de su cabellera. Diversas tribus del Camerún pintaban a la mujer de rojo durante su regla (advertencia visible sobre el tabú de su estado) y la encerraban en una choza oscura lejos del poblado, dándole de comer y beber a través de un tubo hecho con el hueso del ala de un águila de cabeza blanca y tratándolas como si fueran enfermas contagiosas.
     Tribus de la Hehe, en Tanganica, mantenían encerradas a las mentruantes durante cinco días. Hasta un año duraba la cuarentena menstrual entre las indias thlinket y koniaks de Alaska, o las wafiomi de Africa. Las chiriguanas, de los Andes bolivianos, también permanecían todo un año entero de purificación encerradas en sus casas, pero además debían permanecer en un rincón oscuro de la misma, de cara a la pared y sin hablar con nadie.
     Uno de los períodos de purificación más largos que existen se realiza entre los ot-danoms de Borneo, que mantienen encerrada a la chica que a tenido su primera regla durante siete años, tras este periodo se le considera muerta y al salir de la cabaña se le considera como una recién nacida ya purificada, volviéndose más digna como esposa para los hombres ricos del poblado.

Cabañas de la sangre
Muchacha Camayura (Brasil) saliendo del periodo de reclusión.
     En otras ocasiones las mujeres sólo estaban obligadas a llevar un símbolo de la reclusión que sufrían en otros tiempos.
     Para evitar que las menstruantes tuvieran que ir a las cabañas de la sangre, los chamanes payutos de California utilizaban una pintura profiláctica encarnada con la que neutralizaban los malos efectos de la reglante, pintándoles las muñecas de ese color o trazando un círculo encarnado en el piso de su cabaña.
     Diversas etnias optan por no encerrar a las mujeres durante el periodo menstrual, pero de una forma u otra se les sigue considerando como impuras: entre los arapesh de las zonas montañosas de Nueva Guinea se obliga a las mujeres menstruantes a irse fuera del pueblo, debiendo mantener un severo ayuno y con la prohibición explícita de beber o fumar, además se les dan friegas con ortigas e incluso ellas mismas se introducen un manojo de éstas en la vagina como acto purificador, considerando que de paso les fortalecerán y agrandarán sus senos; en otros pueblos se les obliga a llevar unas almohadillas a modo de compresas junto con el taparrabos o cubresexos, debiendo vivir durante ese tiempo apartadas del poblado y con la obligación de advertir a gritos su estado a todos los que se les acerquen.
     Entre los indios bilgula de Colombia usaban como medidas profilácticas un sombrero de ala ancha que les cubría la cabeza, mientras que los tlinkul de Alaska utilizaban una capucha por la misma razón. Otras defensas pasivas eran las que obligaban a las menstruantes a cerrar simplemente los ojos ante otras personas como hacían los yaraibama, o vendárselos durante doce días como estipulaban los indios delawares.

SUPERSTICIONES MENSTRUALES

     La creencia en la nocividad de las mujeres menstruantes es muy antigua, pues existía el convencimiento de que la sangre menstrual contenía sustancias extrañas, irritantes o venenosas.

     Según el Talmud (siglo II a.C. - IV d.C.), compilación de la tradición judía, si una mujer está iniciando sus reglas y pasa entre dos hombres, está condenando a muerte a uno de ellos, pero si por el contrario la mujer está terminando de reglar, hará que los dos hombres se querellen.
     Plinio el Viejo (23-79 a.C.) también enumeraba, en su Naturalis historia, los peligros de la mujer menstruante: puede cambiar el vino en vinagre, romper los espejos, estropear el hierro y el cuero, nublar los cielos, volver estériles los campos, hacer caer las frutas de los árboles, matar las abejas y abortar a los animales.

Las enfermedades de las mujeres
     Creencias similares sobre la malignidad de la sangre menstrual se difundieron ampliamente en Europa durante el siglo XIII. Se creía que impedía germinar los cereales y agriaba los mostos; también era capaz de empañar los espejos, embotar las navajas, hacer que el hierro fuera atacado por el orín, que los objetos de bronce se ennegrecieran, y además tenía la propiedad de disolver la cola de betún.
     La proximidad de la reglante haría que se estropeara la masa del pan, que no se ligara la pasta de buñuelos y rosquillas, que creciera el hollín en las calderas, que se marchitaran las flores y que huyeran las abejas de las colmenas. Además, era convencimiento general que los enfermos empeorarían si se les acercaba una mujer reglante.
     Por el contacto directo con la sangre podrían morir las plantas y los árboles perderían sus frutos, además, si los perros la lamían contraerían la rabia con toda seguridad.
     En España, especialmente, era creencia muy extendida que la mujer durante la regla era capaz de provocar con sus ojos acciones maléficas por infección; en Argamasilla de Alba y otros pueblos castellanos era habitual pensar que si una mujer menstruante miraba o tocaba a un niño, le produciría el "Mal de Ojo".
     El supuesto efecto pernicioso de la sangre menstrual llevó indefectiblemente a los europeos a establecer también una serie de prohibiciones y prescripciones sociales que afectaban directamente a las mujeres reglantes. Sin necesidad de extendernos más, diremos que en el Concilio de Nicea se prohibió la entrada en las iglesias a las mujeres que estuvieran reglando.

     También llegaron a desarrollarse toda una serie de complejas supersticiones alrededor de este tema. En Alemania se creyó hasta el siglo XVIII que un pelo del pubis de una mujer reglante mezclado con su sangre menstrual, si se dejaba en un estercolero, al cabo de un año se convertiría en una serpiente o daría lugar a la aparición de animales dañinos y venenosos. También era común creer que si los niños eran engendrados durante el período de la regla serían pelirrojos, viciosos por naturaleza y con alto riesgo de verse afectados por la lepra; para otras personas, los hijos concebidos durante la regla serían deformes y monstruosos, mientras que las niñas serían estériles al no tener nunca sus periodos.
     Las supersticiones sobre la regla se han extendido y adaptado a los tiempos de forma constante. Los espiritistas clásicos de finales del siglo XIX y principios del XX también decían que se impedía el fenómeno de las mesas giratorias si alguna mujer menstruante estaba incluida en el círculo mediúmnico.
     Todavía en la actualidad perdura la creencia de que las mujeres que están menstruando no deben tocar las plantas pues podrían marchitarse o que durante la regla no se debe hacer salsa mahonesa o ajoaceite pues se cortaría y se estropearía; incluso hay quien piensa que las mujeres menstruantes, por bien de su salud, no deben lavarse la cabeza ni tomar alimentos o bebidas frías mientras les dure la hemorragia...

NO TODO ES MALO...

     Curiosamente esta supuesta malignidad de la sangre menstrual se utilizó en otros lugares con fines beneficiosos, aunque dejaremos aparte, eso sí, el uso que tuvo en beneficio de unos pocos al realizarse con ella pociones y brebajes brujeriles...
     En Birmania pensaban que la sangre menstrual tenía poderes terribles y que sólo su olor era capaz de contaminar el aire, y justamente por ello, cuando una plaga de insectos asolaba sus campos, recurrían a las mujeres menstruantes para que pasearan por ellos con los genitales al desnudo, pensando en que ésto sería suficiente para que los insectos murieran o se alejaran. En España e Italia, aunque no de forma tan marcada, también se hizo su sitio esta superstición; en Sicilia incluso usaban el agua de la higiene íntima de las menstruantes para humedecer los troncos de los árboles para que no fueran atacados por las orugas.
     En Baviera los campesinos entregaban a las vírgenes menstruantes pañuelos de encaje para que los impregnaran con la sangre menstrual, pues los consideraban poderosos amuletos capaces de evitar a quien los llevara accidentes o heridas con hemorragias; incluso las mujeres solteras se guardaban para sí estos amuletos pues, llegado el momento del embarazo, les preservarían de las hemorragias uterinas que les podrían desencadenar un aborto.
     En Francia, durante el siglo XVII, se pensaba que la sangre menstrual de una mujer que no hubiese parido tenía la propiedad de apagar los fuegos por muy vivos que fueran éstos. En el sur de Rusia, pensando que la sangre tendría parte del alma de su propietario, la utilizaban como filtro de amor mezclándola con el vino o el café.
     Los que creían en el efecto salutífero de la sangre menstrual la utilizaban para curar el lacrimeo, la epilepsia y las convulsiones en general, los dolores rebeldes, la erisipela, la gota, los diviesos, las verrugas, lamparones, llagas viejas, tercianas, hidrofobia, esterilidad, e incluso curaba el amor voluble asegurando el amor de los hombres. También se llegó a creer que serviría de contrahechizo, que desharía el Mal de Ojo, preservaría de la peste y desviaría las tormentas.

     Para terminar, anotaremos que aunque de todos es sabido que la ciencia es curiosa por naturaleza, en ciertas ocasiones su curiosidad le pierde; así veremos que se llegó a descubrir una sustancia en la sangre de las mujeres durante la menstruación y que fue considerada como una sustancia tóxica, por lo que se le dio el nombre de menotoxina.
     Trabajos de diversos autores como Schick, Macht, Livingstone y Eleizalde dieron a esta sustancia una actividad fitotóxica que explicaría el efecto sobre las plantas; posteriormente los estudios de Smith y sus colaboradores ciñeron esta actividad tóxica a la mucosa uterina, responsabilizándole de la destrucción y descamación menstrual, aunque luego se le negó este efecto tóxico y Markee señaló que se trataría de un factor vasoconstrictor local; hoy en día se considera simplemente que la llamada menotoxina sería una sustancia de la familia de las prostaglandinas con un importante papel en el desencadenamiento de la menstruación.


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El Morador del Mitnal
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El Mitnal Médico
Artículo publicado en la revista MedSpain número 9 (febrero 2000).