SEXUALIDAD Y REPRODUCCION (I)

 

Una aproximación histórica y antropológica
(I de II)


I. Medicina, antropología y psicología.

El mundo de la salud y la enfermedad, representado por la Medicina, suele dividirse históricamente en tres grandes períodos: la Medicina Prehistórica, que abarcaría desde que aparece el primer hombre sobre la tierra hasta que surgen los primeros documentos escritos; la Medicina Histórica, que es la que viene practicándose desde que tenemos conocimiento escrito de la misma hasta nuestros días y, como grupo independiente, la Medicina Primitiva, que constituiría la que practican hoy en día determinados grupos humanos que parecen estancados en su evolución.

En este clásico esquema es necesario incluir una peculiar cuarta forma de ciencia médica, la Medicina Popular o Folkmedicina, que sería un variado período de tiempo que contiene elementos de medicina primitiva en la misma medida que contiene medicina oficial y actual, aunque mal entendida. La Medicina Popular, interpretada como un análisis confuso de la idea de salud y enfermedad, constituirá un punto muy importante para el desarrollo de este estudio, donde enlazará inevitablemente con el concepto antropológico.

La Antropología es una disciplina que comprende el estudio de la humanidad, es decir, de todo cuanto se relaciona con el hombre y sus estilos de vida. Por la amplitud que posee en sí mismo el concepto antropológico, este estudio se ceñirá básicamente a la llamada Antropología Médica, que comprende el conocimiento del hombre que se obtiene al estudiar los factores biológicos y culturales implicados en la salud, así como la capacidad de enfermar y la de sanar; será, por tanto, la encargada de analizar al hombre desde el punto de vista físico, psíquico y psicosomático, así como del social.

Por otra parte, puede considerarse que la historia de la sexualidad es tan antigua como la historia del hombre, por la simple razón de que éste ha sido siempre un ser sexuado, aunque en cada momento y en cada pueblo ha presentado diferentes interpretaciones. Las costumbres sexuales difieren mucho entre distintas sociedades aunque mantienen siempre un denominador común: el estar generalmente aceptadas y el encontrarse incluidas en una norma dentro del estilo de vida y las necesidades respectivas de la comunidad. Tanto histórica como antropológicamente la sexualidad nos interesará en cuanto a que es el punto básico de la reproducción de la especie, así como de los problemas de infertilidad y esterilidad que pueden surgir con su conocimiento.

También deberemos considerar que el declive de la vida, representado por la enfermedad y la muerte, ha sido una de las primeras experiencias de la humanidad, pero de la misma forma lo han sido también el amanecer de la vida expresado en la fecundación y el nacimiento; por ello es lógico pensar que, ante las características aportadas por algo tan natural y frecuente, el pueblo desarrollara toda una serie de técnicas y recursos medicinales así como una gran variedad de creencias y supersticiones a su alrededor. También estaremos obligados a considerar que toda antigua creencia sobre la causa de una enfermedad y sus remedios curativos no son totalmente el capricho de una hechicera o un curandero, sino que tienen con frecuencia unos antecedentes culturales que se trasmiten de generación en generación y que se adaptan a las circunstancias del momento, pero que por alterados que nos lleguen, son el germen de donde nació en realidad la ciencia actual. Los métodos curativos aplicados por diversas culturas primitivas indican una práctica médica empírica y racional capaz de estimular y desarrollar el pensamiento humano; la magia imitativa, la magia simpática, la magia de la impregnación, la transferencia de los males, los rituales, conjuros, hechizos, sortilegios, ensalmos y oraciones, los amuletos, fetiches y talismanes, la higiene, el uso de las aguas, los vegetales y los productos de origen animal... todo esto, junto con una acción psicoterapéutica, crea una especial relación médico-enfermo que se triangula con otro factor muy importante en estas culturas, la sociedad, de tal forma que el hechicero no sólo establecería un sentimiento de salud y recuperación, sino que además integraría al enfermo en la comunidad, dándole un sentimiento de protección que ayuda a su supervivencia como grupo.

II. Sexualidad y Fecundidad

Desde el punto de vista puramente biológico los animales, especialmente los mamíferos, están sometidos al llamado celo, es decir, a un estado de excitación sexual que predispone para el apareamiento y que aparece en ciclos intermitentes regulados por hormonas sexuales, en los que las hembras desarrollan ciertas señales de orden fisiológico y cambios de comportamiento que se traducen como una de las estrategias de la naturaleza para hacer coincidir ovulación y copulación. En la hembra humana las épocas de celo no existen. Esto implica que el hombre no reconoce el momento ideal para lograr la fecundación de la mujer, por lo que la pareja humana debe encontrarse en disposición de mantener relaciones sexuales independientemente de lo que marque su fisiología interna, transformando el deseo sexual y el aumento de la frecuencia de copulación en lo que el antropólogo Marvin Harris denomina una simple "táctica de fuego graneado" para dar en la diana de la fecundación.

Este fenómeno convierte al hambre y al deseo sexual en dos de las pulsiones más intensas en el ser humano. El acto sexual conlleva, por tanto, desde el punto de vista fisiológico, la satisfacción de un deseo que tiene su origen en la necesidad innata de la conservación de la especie. De esta forma, fisiología, psicología y cultura se combinan entre sí junto con el instinto de procreación, dando lugar a situaciones complejas de diferentes necesidades, afectos, amores, pasiones, odios o celos. Para este trabajo el acto sexual nos interesará más allá de lo que supone el simple acto físico del coito, estudiándolo especialmente por ser el punto de partida del acto de procrear.

Sobre este tema Platón opinaba que la posibilidad de generar "concurre a hacer inmortales a los hombres, dejando en pos de sí hijos de sus hijos", siendo la acción capaz de aproximar a los hombres con la divinidad porque les da la facultad de procrear seres semejantes a él.

Los dioses, capaces de dar origen al hombre y al mundo en que vive, están llenos de poder creador y, por tanto, de capacidad generadora. Caeríamos en la vorágine del tiempo mitológico si relatáramos ampliamente los extraños métodos fecundantes utilizados por los dioses. Los humanos que no pertenecen al mundo de las leyendas mitológicas, seres mucho más simples y vulgares que los dioses, utilizan algo tan natural como son los órganos sexuales para realizar la función reproductora.

Los genitales se denominan así al ser los generadores de la descendencia, y se han entendido como la cosa más natural del mundo pues ¿acaso no los tenemos todos entre las piernas?. A los genitales se les denomina también como partes pudendas, por el pudor o por el pelo (pubes) que aparece en la edad del despertar sexual. Existió una época en la que hablar de los genitales se consideró como de mal gusto, dándoles el nombre de partes vergonzosas o llamándoles simplemente las vergüenzas, aunque en ocasiones se podía ser menos explícito y citarlas como las partes menos honestas o simplemente como una cierta parte del cuerpo.

En la escritura jeroglífica egipcia, un pene eyaculando situado entre dos nombres propios, tenía el inspirado significado de "hijo de".

Los antiguos egipcios no tuvieron ningún rubor a la hora de utilizar los genitales en su compleja escritura jeroglífica, en la que un símbolo representado por la imagen de un pene eyaculando y colocado entre dos nombres propios, tenía el inspirado significado de "hijo de". San Clemente también escribió sobre los órganos que daban origen al hombre sin avergonzarse de ello, puesto que Dios tampoco se había avergonzado de crearlos. Montaigne, escritor, filósofo y moralista francés del siglo XVI, ya se preguntaba que qué había hecho a los hombres el acto genésico, tan natural, tan necesario y tan legítimo, para no atreverse a hablar de él y para excluirlo de las conversaciones graves y decentes.

Los órganos sexuales han llegado a cobrar tanta importancia que incluso han sido homenajeados como a dioses. Durante el festival de Osiris, considerado por los egipcios como el dios de la fertilidad, las mujeres marchaban en procesión por las aldeas cantando himnos en su alabanza y portando unos muñecos de un codo de altura; dichos títeres tenían un realista miembro sexual no mucho menor en tamaño que lo restante del cuerpo y que era puesto en movimiento mediante unos resortes con cuerdas y palancas. Análogo simbolismo fue adoptado por los griegos durante las fiestas dionisíacas que se celebraban en Atenas en honor de Dionisos-Baco.

La unión Lingam-Yoni, símbolo del acoplamiento sexual. Es la unión divina de Shiva con su principio femenino o Shakti.

En la India, los invasores arios denominaron a los aborígenes del Valle del Indo adoradores del falo, ya que tenían a éste como símbolo de la potencia creadora; los indios adoraban así a una representación del dios Yxora llamada lingam, que era un símbolo fálico compuesto, en su representación más compleja, de una columna cilíndrica levantada en medio de una especie de cubeta provista de acequias y de un vertedero llamado yoni, símbolos respectivos de los órganos genitales masculinos y femeninos, y que se colocaban habitualmente en el borde de los caminos. Posteriormente y con el paso de los años, la capacidad fertilizante masculina fue absorbida por el dios Shiva, que además de ser el dios de la destrucción y la muerte también lo es de la fecundidad y la vida.

Existen pueblos que mantienen una serie de patrones sociales basados en la idea de que la mujer es un ser especial, pues piensan que en su naturaleza existe algo misterioso que la hace partícipe de un mundo lleno de fuerzas ocultas; en ellos suele establecerse una supremacía general de la mujer sobre el hombre en casi todos los campos. Generalmente la mujer es respetada e incluso adorada, se admira su instinto maternal y se idolatra su sexo, pues es origen de las nuevas generaciones de la tribu. En ocasiones la veneración del órgano sexual puede ser tanta que éste se convierte en un "dador" de vida propiamente dicho.

La historia del arte y la investigación prehistórica nos han mostrado claramente el interés del ser humano por el problema de la descendencia familiar. Llama la atención que las figurillas paleolíticas conocidas con el nombre quizá demasiado halagador de "Venus", son de una lastimosa torpeza, con los rasgos mal definidos y los perfiles caricaturizados (sirvan de ejemplo la Venus de Lespugue que se conserva en el Musée de L'Homme en París, la Venus de Moravany del Museo de Bratislava en Checoslovaquia, la Venus de Willendorf, la Venus de Menton, la Venus de Balzi Rossi, la Venus de Savignano en Italia y la Venus con el Cuerno o Mujer de Laussel del Museo de Saint-Germain-en-Laye en Francia). Todas ellas presentan idénticas características: la exageración de los pechos y la pelvis dando lugar a unas formas gruesas y abundantes, el desarrollo simple y apenas esbozado de los rasgos del rostro, de los brazos y las piernas, como si la feminidad esencial se limitara a un cuerpo sobrecargado y deformado por las maternidades. Por esta causa se plantea la idea, ampliamente difundida en la actualidad, de que estas figurillas no son "bellezas" sino "madres". La explicación a esta mediocridad estética se encuentra en que son el resultado de un arte "doméstico", ligado directamente al hogar, quizá guardianas domésticas o más probablemente diosas de la fecundidad o la maternidad que se veneraban con fervor, fetiches mágicos o imágenes religiosas que el pueblo adoraba por una necesidad innata de perpetuación de la raza.

A pesar de lo muy extendidas que estuvieron las pequeñas Venus prehistóricas, ya que se descubrieron en espacios geográficos tan extensos como el abarcado desde Francia hasta las llanuras de Siberia, éstas no se encuentran en la Península Ibérica aunque no obstante, a veces se llegan a citar dos ejemplares. Lo que sí existe en España es un maravilloso santuario de las vulvas, donde pueden encontrarse símbolos pintados de rojo representando genitales femeninos, en una galería de la cueva llamada de Tito Bustillo en Ribadesella, Asturias (el color rojo ha sido símbolo universal de la magia de la sangre y signo de vida); también existieron diversos tipos de santuarios femeninos similares a éste como son el de Angles-sur-l´Anglin, los de Blanchard y Castanet, o el de La Ferrassie, en Francia. Posiblemente estos lugares fueron destinados a la invocación o adoración de una diosa de la fertilidad o de una "madre" o "abuela" de determinadas tribus prehistóricas.

Por otra parte, en el denominado Horizonte Formativo de la cultura Azteca (desde 1800 a. C.), también encontramos una serie de figurillas femeninas que se conocen con el nombre de pretty ladies o mujeres bonitas; una derivación de estas figuras presentaban un atributo característico muy llamativo, consistente en unas caderas muy anchas y unos muslos extremadamente gruesos (tanto que se llegaron a denominar como "mujeres con piernas de cebolla"), en las que, al igual como sucede en las Venus, se destacan los senos, las caderas y las partes pudendas, siendo los brazos y pies totalmente secundarios, lo que hace que se perciba en la imagen de la mujer una idea y no la representación de una persona determinada. Por esa época también aparecieron figuras femeninas sedentes en una postura despatarrada, con las piernas abiertas en una posición casi obscena, que surgieron indudablemente de una concepción mágico-religiosa y que eran una manifestación de la magia de la fecundidad en el sentido más preciso de traer o recibir fertilidad. Posteriormente surgieron unas figurillas de mujeres sin torso, que llegan a convertirse en una abstracción mayor, ya que el cuerpo ha sido eliminado y únicamente quedan representadas las partes importantes para la fertilidad: la cabeza como referencia distintiva entre hombre y mujer, y la parte púbica, con anchas caderas como necesidad para la concepción.

A: Venus de Menton, vista frontal. B: Una de las llamadas "pretty ladies" con piernas de cebolla. Período Preclásico Azteca. Tlatilco, México. C: Figurilla de barro pintado esquematizando el concepto de la fecundidad femenina. Período Preclásico Azteca. Altiplano.

El culto a la fertilidad suponía para todas las sociedades prehistóricas un acto central y de gran importancia para la supervivencia de todo el pueblo; aquí la mujer tuvo un papel preponderante para poder garantizar el éxito en este sentido y, debido a su fertilidad y capacidad reproductora, mantuvo una relación directa con la fecundidad de las tierras dónde vivían. Esta estrecha asociación entre la mujer y la germinación vegetal se extiende por todo el mundo desde los albores de la humanidad hasta nuestros días. En este sentido los indígenas americanos explicaban a los misioneros que "cuando la mujer planta maíz, el tronco produce de dos a tres mazorcas más, ¿por qué?: porque las mujeres saben cómo producir niños". Por una razón muy similar, los indios del Orinoco permitían a sus mujeres sembrar los campos llevando a los hijos a sus espaldas.

En raras ocasiones, como sería el caso de los abelam de Nueva Guinea, es el hombre el que conserva alrededor del mundo vegetal todo un sistema religioso y cultural de inequívoca simbología fálica; entienden que los ritos que practican son necesarios pues las mujeres, por su propia naturaleza, están dotadas con poderes de creatividad e influencia mística que ellos sólo pueden conseguir a través de complicadas ceremonias y de la sujeción a determinados tabúes.

Además de la devoción generativa por la mujer y de los esfuerzos masculinos por asemejarse a ella, en ciertos pueblos se realizaba, para promover el desarrollo de la vegetación, un acto de magia imitativa que consistía en realizar la cópula sexual con el fin de estimular la fertilidad de la tierra, creyendo que el mecanismo del primero estimularía el del segundo. Es muy interesante observar que la misma creencia en una relación simpática entre el sexo y la vegetación, que ha llevado a muchos pueblos a satisfacer sus pasiones como medio de fertilizar la tierra, ha inducido a otros pueblos a buscar el mismo fin por medios diametralmente opuestos.

Un símbolo muy extendido por el mundo y que se utilizaba en las ceremonias de casamiento eran las semillas de los cereales; aunque en algunos pueblos el arroz se utilizaba para ahuyentar a los espíritus y demonios pensando que al ofrecerles comida se alejarían de los esposos, éste no era su uso más habitual, ya que se consideraban a las semillas como una alegoría de la fecundidad y con ellas se deseaba que la unión del hombre y la mujer fuera fructífera. Hoy en día todavía se conservan residuos paganos de estas prácticas en las simbólicas demostraciones de deseos de fecundidad a los cónyuges, cuando se arrojan a los novios al salir de la iglesia o del juzgado, después de casados, puñados de arroz o trigo.

En la India es una práctica habitual rociar al novio con arroz crudo o cocido, o bien el gesto queda reducido a mantener un tamiz lleno de harina por encima de la pareja. Entre los checos de Bohemia y Moravia, y se supone que con grandes peligros para la integridad física de los contrayentes, era habitual el lanzamiento de almendras debido a su florecimiento precoz que anuncia la primavera.

A las almendras, avellanas y nueces se les ha dado desde muy antiguo un significado fálico, y el arrojar estas últimas era una práctica frecuente entre los antiguos romanos al acompañar a la pareja hasta el tálamo nupcial; los romanos también empleaban en las bodas una tarta especial llamada confarreatio, que era rota sobre la cabeza de la novia como símbolo de fecundidad y abundancia, siendo muy posible que la actual "tarta de bodas" se derive de esta.


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El Morador del Mitnal
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El Mitnal Médico

fpiExtracto del capítulo
"Reproducción e Infertilidad: visión histórica y antropológica",
perteneciente al libro
"Factores Psicológicos e Infertilidad",
(Dir. Dra. Carmen Moreno Rosset).
Madrid, Editorial Sanz y Torres. Año 2000.