ESTULTOLITOS

Las Piedras de la Locura (II de VII)

"La necedad de Sancho es la flor de la cazurrería del campesino que, sabiéndose ignaro y amoral, presume de ello y trata de obtener provecho de la confusión, pasándose de listo".

"La necedad, ese azote del hombre"
Camilo José Cela (1969).


Curanderos: Locura y Necedad
Charlatanes y Villanos Embusteros y Embaucadores
Sanadores y Arreglahuesos Hechiceros y Brujos
Medicina: Del Ayer al Hoy Medicina: Del Hoy para el Mañana

II.- CURANDEROS, CHARLATANES Y VILLANOS
     Entre los griegos la práctica de la medicina abarcaba tanto los tratamientos médicos como los quirúrgicos, pero en el juramento de los asclepiades se condenaba específicamente una operación en particular, la litotomía o extracción de cálculos urinarios mediante el acceso externo de la vejiga;
"El sacamuelas"
Biblioteca Nacional de París, Colección de piezas bufas.
Finales siglo XVI.
esta prohibición era debida a los graves problemas que causaba este tipo de cirugía, entre ellos uno tan importante como la castración. Esta operación se prefería dejar a cargo de curanderos, terapeutas experimentados en estas lides, ya que realizaban habitualmente operaciones oftálmicas y dentales que, todo hay que decirlo, se caracterizaban más por la temeridad que por la pericia. Esto hizo que, desde la antigüedad y poco a poco, se estableciera una división del mundo de la medicina, quedando por una parte los médicos, que se consideraban los verdaderos doctores y los únicos con capacidad de curar, y los cirujanos, representados en un principio por los barberos que practicaban la cirugía como un complemento de su comercio, capaces de cortar el pelo, extraer muelas o sajar abscesos... Durante mucho tiempo estos "barberos sacamuelas" se encargaron de realizar las llamadas cirugías menores, entre las que se encontraba la ya conocida extracción de la piedra de la locura...
     La encarnizada y a veces venenosa lucha entre médicos y cirujanos hizo que los primeros intentaran establecer su monopolio en base a la obtención de un grado académico que les concediera una licencia profesional para aplicar métodos curativos; esto favoreció que se consideraran intrusos no sólo a los cirujanos, sino también a clérigos y boticarios. Pero los cirujanos más o menos serios, puestos en esta tesitura, también intentaron discriminar a sus rivales potenciales personificados principalmente por los barberos, representantes del escalón quirúrgico más bajo (aunque no debemos olvidar que entre los barberos surgió una de las personas más importantes en la historia de la cirugía como fue Ambroise Paré).
     Y aunque en teoría sólo los doctores podían prescribir ciertas drogas y tratar a los enfermos en los hospitales, no podía imponerse un castigo a nadie sólo por el hecho de tratar de sanar a un enfermo siempre y cuando no se hiciera pasar por miembro de la profesión médica. Esto favoreció indirectamente el desarrollo del curanderismo...

Charlatán propagando sus remedios.
     Aunque no es momento ni lugar para tratar el interesante y enjundioso tema de la guerra entre la medicina y la cirugía (recordemos como curiosidad que en la novela ejemplar de Miguel de Cervantes "El juez de los divorcios", una mujer ya alega que su matrimonio no es válido, porque quien se casó con ella alegó que era médico, no siendo más que cirujano), sí que nos interesará conocer los movimientos de los desarraigados en esta lucha, todo un caldo de cultivo donde surgieron ciertos personajes que aunaron irregularmente ambos mundos, una mezcla casi cómica de boticarios y barberos: los que conocemos como curanderos charlatanes.
     A pesar de que el charlatanismo existió desde tiempos muy antiguos (ya los médicos hipocráticos tenían que enfrentarse a ellos), no hay duda que fue en la Edad Media donde alcanzaron su máximo desarrollo. No podemos olvidar tampoco que durante este vasto periodo los médicos utilizaron tratamientos que nos recuerdan mucho al charlatanismo más puro, por lo que no es de extrañar que los engaños, fraudes y picardías tuvieran el camino prácticamente abierto a su desarrollo; sirva sólo como ejemplo el propuesto por Alejandro de Tralles, médico que trabajó en Roma durante el siglo VI, que recomendaba para la epilepsia lo siguiente: "tómese un clavo de barco hundido, hágase con él un brazalete y póngase una porción de corazón de ciervo, arrancado del cuerpo del mismo mientras esté todavía vivo; los resultados serán asombrosos...". En el siglo XV los médicos todavía mantenían en su arsenal terapéutico pastillas elaboradas con víboras desecadas o pulmón de zorra, prescribían desde gusanos vivos a extraños bebedizos hechos a base de piedras preciosas pulverizadas, aceite de hormigas, telas de araña, bilis, vísceras, pezuñas, dientes, excrementos de animales, orina y placenta humana, hasta la saliva de un hombre en ayunas, trozos de cráneo de un criminal ejecutado o moho extraído del cráneo de una persona fallecida violentamente... Y los médicos más doctos estuvieron todavía muchos años discutiendo el valor terapéutico de las sorprendentes propiedades de la piedra bezoar o del cuerno de unicornio.

     La Historia de la Medicina nos ha legado el recuerdo de varios charlatanes, creadores de una casta de personajes engañosamente hábiles que supieron avanzar y mutar con los nuevos tiempos hasta la actualidad... Vamos a conocer a algunos de ellos.
     En la Inglaterra del siglo XVI al XVIII, uno de los más conocidos fue William Reed, un sastre inculto que no sabía leer ni escribir y que erró como curandero vagabundo durante siete u ocho años por todo el país, elogiando sus propias curaciones prodigiosas y estableciéndose como "remendón de ojos". Uno de sus más eficaces métodos propagandísticos fue la "curación gratuita de la ceguera de gran número de marinos y soldados" por lo que llegó a ser ennoblecido con el título de sir por la reina Ana. Hábilmente, gracias a esta propaganda, supo aprovecharse de la cortedad de vista de la reina y de la ausencia de oftalmólogos serios en el ámbito científico, para establecerse como oftalmólogo real, una profesión en la que fue considerado un eminente profesional.
Charlatán vendiendo
su remedio mágico.
     Roger Grant, conocido popularmente como Doctor Grand, fue un calderero que se convirtió posteriormente en predicador anabaptista y que terminó finalmente viviendo también de los ojos de la reina Ana; sus éxitos se basaban en el testimonio "magnífico y verídico" de sus clientes que obtenía de la siguiente forma: buscaba una persona medianamente inteligente, pobre y con alguna imperfección en la vista, le curaba y le pagaba por ser su paciente; a las pocas semanas le hacía firmar un documento en el que relataba que había nacido ciega, que habían intentado curarlo todas las personas nacidas bajo el sol y que sólo los medicamentos de Doctor Grant habían logrado devolverle completamente la vista; estos certificados eran apoyados por el pastor de la localidad gracias a un generoso donativo a los fondos parroquiales, pero si se negaba tampoco le hacía ascos a rubricarlo él mismo falsificando la firma.
     Otro famoso caradura que se hizo oculista fue Chevalier Taylor, que se tituló a sí mismo como Caballero Taylor, y que iba a todas partes vestido de negro y con un magnífico carruaje tirado por cuatro caballos; según afirmaba entre sus clientes se encontraban nada menos que cincuenta personajes de la realeza e hijos de las mejores familias de Londres. Pese a ser hijo de un cirujano de Norwick, fue un mozo de botica que se hizo oculista ambulante con cierta habilidad para operar; y aunque era considerado como ejemplo "de lo lejos que la desvergüenza puede arrastrar a la ignorancia", llegó, por medio de su gran actividad publicitaria (ya que sus anuncios eran fantásticos vuelos de imaginación y sus discursos verdaderas perlas de elocuencia), a ser nombrado oculista real de Jorge II por lo que ejercía con el pomposo título de "Oftalmíatra Pontificio, Imperial y Real".
     Otro personaje muy popular en la corte de este rey Jorge II fue Joshua Ward, más conocido como "Spot" Ward debido a que tenía un nevus o mancha de nacimiento en la cara, que tras fracasar como droguero ingresó en el Parlamento como representante de Marlborough, de donde fue expulsado cuando se supo que no había conseguido ni un sólo voto, por lo que huyó a Francia donde se dedicó a ejercer la medicina practicando la imposición de manos, elaborando gotas y esencias sanadoras, y vendiendo unas píldoras de su invención fabricadas a base de antimonio. A su regreso a Inglaterra curó al rey Jorge II de un dolor en el dedo pulgar, recibiendo como pago por sus tratamientos el privilegio de atravesar con su coche de caballos el parque de Saint-James, aunque su mejor pago fue la fama que alcanzó de la noche a la mañana.
"El escudo de un empresario de pompas fúnebres".
William Hogarth (1697-1764).
Las tres figuras de la parte superior son:
Chevalier Taylor, Mrs. Mapp y "Spot" Ward.
     Uno de los charlatanes más notables de la historia fue una mujer, mistress Sara Mapp, una curadora conocida popularmente como Crazy Sally Mapp, que se dedicaba a las enfermedades de las articulaciones y a la reducción de los huesos rotos. Su fama hizo que la ciudad de Epsom le pagara para que fijara allí su residencia; desde Epsom iba a Londres a "trabajar" dos veces a la semana en un magnífico coche de caballos acompañada por dos ayudantes vestidos con librea. El famoso cirujano Percivall Pott (1714-1788) dijo sobre ella: "Pero ni lo aburrido e impracticable de sus promesas puede igualarse a las esperanzas y a la credulidad de cuantos corren tras de ella; esto es, de las personas de toda clase y condición que, desde el más humilde labrador al caballero de más noble cuna, no solamente no vacilan en creer implícitamente las afirmaciones más extravagantes de esa mujer salvaje, ignorante, beoda, iliberal, sino que solicitan su compañía y parecen disfrutar con ella".
     Los charlatanes no sólo evolucionaron en Inglaterra y no sólo la corte inglesa llegó a acogerlos, también la corte francesa lo hizo bajo el reinado de Luis XIV, que tuvo un verdadero enjambre de ellos pululando entre los personajes de más alto rango; este fenómeno lo aprovechó Molière para criticarlos en sus divertidas sátiras teatrales y, de paso, a todos los médicos en general. También tuvieron cierta fama el charlatán alemán Thodor Myersbach, llamado el "Profeta de la orina" pues elaboraba toda la historia médica del paciente examinando su orina, o John Moore el "Médico de los Gusanos" que atribuía todas las enfermedades a unos gusanos malignos que entraban en el cuerpo humano. La historia también nos ha legado el recuerdo del Doctor Smith más conocido como "El Charlatán bailador" que actuaba con toda una parafernalia circense a su alrededor, o Gustavus Katterfelto el "Curandero de la gripe" que se presentaba al público con unos sorprendentes gatos parlantes junto con sus extraordinarios microscopios solares. El fenómeno de los charlatanes y estafadores de la salud ha sido, por tanto, universal en espacio y tiempo.

     La mayoría de los charlatanes actuaban habitualmente como vendedores ambulantes, ofreciendo inicialmente su habilidad manual para extraer tanto piezas dentales como excrecencias cerebrales, pero como no todo el mundo estaba dispuesto a someterse imprudentemente a una dudosa cirugía, encontraron una gran veta comercial en la venta de productos maravillosos y fantásticos. Entre ellos era habitual el espíritu de buhonero con el que intentaban vender, gracias a su abundante oratoria, cualquier cosa de las muchas que solían llevar en sus carros y cestas, siempre y cuando supusieran que podía existir el mínimo interés en el incauto comprador.
     Como es de suponer el interés de las personas, cuando hablamos de enfermedades, siempre es grande, pues llegado el momento de una necesidad el pueblo en general considera que cualquier cosa o acción es válida en esta búsqueda de la salud; ya se cuenta que el cardenal Richelieu, cuando yacía en su lecho de muerte, no dudó en tomar sin protestar la fórmula de una vieja charlatana que consistía en una mezcla de excrementos de caballo y vino blanco (ni que decir tiene que tan desagradable experiencia no le sirvió de nada).
"Charlatán". Anónimo. Siglo XVIII. ---- "Charlatan". E.Laurens. Siglo XIX.
     Los charlatanes ambulantes iban de feria en feria y de pueblo en pueblo, siendo lo normal que tuvieran que escapar rápidamente dándose a la fuga antes de que los engañados se volvieran contra ellos. Abrían sus barracas y atraían al público con burdos reclamos, falsos diplomas y groseras payasadas; la clásica tarjeta de presentación de los charlatanes se caracterizaba normalmente por un hermoso pregón en el que decoraban, adornaban y engrandecían los supuestos beneficios de los que disfrutaría el poseedor de tan preciada mercadería... y si esto no era posible, por no existir beneficio alguno en ella, no dudaban en inventárselos impunemente...
     Todo tipo de drogas, bebedizos, pócimas, ungüentos y potingues extraños, a cada cual más fantástico, tuvieron su salida a elevado precio en manos de estos charlatanes. Recordemos que las drogas y fármacos han sido entendidos en ocasiones como una especie de amuleto que la gente lleva en su interior; incluso sus efectos secundarios como las náuseas o los retortijones, se han asumido como un recordatorio de que están actuando para mejorar la salud.
     Los charlatanes siguen todavía en acción haciendo negocio con la simpleza humana. Venden desde pequeñas botellas con esencias milagrosas a chicles adelgazantes... Uno de los productos más utilizados es el agua, elemento simbólico del mundo curanderil debido a su significado de limpieza y purificación, unas veces "bendecida", otras "magnetizada", otras "reposada al sereno" o con "algo" en su interior que puede ir desde hierbas variadas, azúcar, galletas desmenuzadas o simple papel de fumar; son tantas las propiedades curativas y de todo tipo que tiene el agua, que además tiene la de servir de perfecta excusa frente a las acusaciones de intrusismo médico, pues recetar agua no es recetar... Los charlatanes actuales no suelen cobrar nada o sólo la voluntad por su acto de curación (más adelante volveremos sobre éste tema), pero son capaces de vender a alto precio cualquier frasco o botellita con líquidos inidentificables preparados por ellos mismos, o simple productos "naturales" a un precio tres o cuatro veces superior al de los comercios normales.
"Charlatanes venecianos vendiendo Triaca"
Buch zu distilleren, Brunschwig.
     La venta de amuletos y talismanes (ya sean de fabricación en cadena, ya manufacturados por los propios curanderos o simplemente bendecidos por estos) también supone un gran negocio que tiene como objetivo una supuesta mejora de la salud; y como parece ser que ésto funciona, también los venden para encontrar trabajo o incrementar el dinero y el desarrollo intelectual o espiritual. La evolución social y los medios de comunicación de masas han permitido un abuso de la publicidad consumista que, incorporando detrás grandiosos estudios de márketing, permiten la venta de productos y aparatos destinados subliminalmente a la autocuración; constantemente surgen "remedios" que alcanzan gran popularidad y que su uso se extiende rápidamente (cruces especiales, colgantes solares, pulseras magnéticas para el reumatismo...), son los llamados "remedios de moda" y que, curiosamente, cuando pasa esta moda parece que de paso pierden su maravilloso poder terapéutico.

     El diccionario ya define a los charlatanes como personas que hablan mucho y sin sustancia...
     Es indudable que el charlatanismo en su mayor pureza a tenido su mejor apoyo en la falta de sentido crítico del público que lo escucha. Frente a las hábiles palabras y exceso verborreico del charlatán, sólo la razón nos puede hacer meditar sobre aquello que nos ofrecen tan sutilmente, encontrando su más amplio sentido a aquel antiguo proverbio chino que observaba: "El sabio no dice lo que sabe; el necio no sabe lo que dice". Conocido también es el refrán "por la boca muere el pez", por lo que el charlatán es reconocido en ocasiones por sus propias palabras; ya decía muy sabiamente Alonso de Ercilla y Zuñiga (1533-1594): "No hay cosa más difícil, bien mirado, que conocer un necio si es callado".

* * *

     No estaría de más destacar aquí unas palabras extraídas de una clásica obra picaresca alemana creada por Hans Jacob Christoffel von Grimmelshausen (1622-1676), "La historia del aventurero Simplicius Simplicissimus", en el que su personaje principal opta por actuar de charlatán acuciado por el hambre y su desventura particular, donde habría que hacer notar además la frase final del libro que acogía a en su edición príncipe de 1668, y que decía: "Para que el lector haga como yo, alejarse de la necedad y vivir en paz".

     "Los campesinos que habían visto esta prueba con sus propios ojos, abrieron la boca y la bolsa y no hubo para ellos mejor triaca en el mundo que la que yo vendía. Yo me afanaba envolviendo mis redomillas en el papel y cobrando buenos dineros por ellas. Hubo algunos campesinos que compraron tres, cuatro, cinco y seis recipientes, para en caso de necesidad estar provistos de una medicina tan valiosa. Compraron también para sus amigos y sus parientes que vivían en otros lugares. Pese a que no era día de gran mercado, por la noche había vendido por valor de diez coronas y tenía todavía más de la mitad de mis artículos. Aquella misma noche me trasladé a otra ciudad, porque temía que se le ocurriera a algún campesino poner un sapo en agua con mi triaca para hacer la prueba, y si esta fallaba me iba a moler las espaldas.
     Pensé que podría probar la eficacia de mis medicinas por otros procedimientos; con harina, azafrán y tanino preparé unos polvos amarillos, y con harina y vitriolo una mezcla mercúrica. Cuando hice la prueba... (...)
     - ¡Oh! - exclamaron las gentes -. He aquí una exquisita triaca por poco dinero.
     Cuando las mezclé después quedó de nuevo todo translúcido y claro. Sacaron entonces los buenos campesinos sus bolsas y compraron mi mercancía, lo que vino muy bien no sólo a mi estómago hambriento sino que pude montar de nuevo a caballo; gané todavía mucho dinero durante el viaje y llegué feliz a la frontera alemana. Por esto, queridos campesinos, no creáis tan fácilmente los pregones de los extraños; os engañarán, porque ellos no buscan vuestra salud sino vuestro dinero".
"El charlatán".
Willem Buytewetch. Siglo XVII.


Continúa con:
CURANDEROS, EMBUSTEROS Y EMBAUCADORES.
Continuación

 
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