ESTULTOLITOS

Las Piedras de la Locura (V de VII)

"La magia, bajo su aspecto teatral, oculta a menudo conocimientos reales, sacados del estudio de la naturaleza y de una larga práctica. Escarbando en las prácticas místicas y simbólicas que constituyen el rico tesoro de la medicina primitiva de todos los pueblos se descubre a menudo un núcleo de verdad, una base tomada a la experiencia"

"Historia de la Medicina"
Dr. Arturo Castiglioni (1934)


Curanderos: Locura y Necedad
Charlatanes y Villanos Embusteros y Embaucadores
Sanadores y Arreglahuesos Hechiceros y Brujos
Medicina: Del Ayer al Hoy Medicina: Del Hoy para el Mañana

V.- CURANDEROS, HECHICEROS Y BRUJOS
     El nacimiento del hombre y de la enfermedad se produjo al unísono, y desde ese mismo instante, el hombre se dedicó a luchar contra ella buscando la salud perdida. El mal, y por extensión la enfermedad, indujo desde sus orígenes a que la religión, la magia y la medicina mantuvieran entre sí una ambigua relación que, con sus más o sus menos, se ha mantenido hasta la actualidad. Muchas culturas, normalmente las más desarrolladas, han ido separando a los representantes de estos tres sectores, pero otras, especialmente las más simples o sencillas, llegan a fusionarlos en uno sólo, el llamado entre muchos otros nombres "mago-curandero", "brujo-médico" u "hombre-medicina".
Médico mago de los Pies Negros.
Hombre medicina de los Moquis de Arizona.
     Las funciones que asumen estos personajes al aglutinarse en uno sólo (el sacerdote como confesor, el mago como oráculo y el curandero como sanador), no hacen más que recordarnos que las acciones de los médicos actuales son similares a los de éstos, ya que actúan también como confesores (durante la toma de datos en la historia clínica), como oráculos (al leer los resultados de las pruebas y dar un diagnóstico y pronóstico) y como sanadores (al ofrecer un tratamiento que resuelva el problema del enfermo).

     Sobre este tipo de curanderismo, que podemos denominar "étnico", han existido y existen muy diversas opiniones, aunque en la actualidad nadie pueda negar su valor e importancia.
     El franciscano Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) escribió una importante obra sobre la cultura indígena de México tras la llegada de los españoles al continente americano titulada "Historia general de las cosas de Nueva España", conocida vulgarmente como Códice Florentino, en ella hablaba del curandero bajo un concepto excesivamente religioso y bajo los condicionantes de la evangelización cristiana, y decía de él que "es burlador, y por ser inhábil, en lugar de sanar empeora a los enfermos con el brebaje que les da. Y aun a las veces usa hechicerías o supersticiones por dar a entender que hace buenas curas".
     Por el contrario, en otras ocasiones el curandero o médico-hechicero ha sido considerado muy eficaz en su labor sanadora, y como ejemplo tendríamos la solicitud que hizo Hernán Cortés a su majestad Carlos V para que no autorizara el paso de médicos españoles a la nueva tierra descubierta, pues los conocimientos de los aborígenes los hacían innecesarios; también sabemos que en la primera mitad del siglo XIX el denominado "doctor indio" tuvo un gran renombre en las colonias fronterizas americanas y que, cuando los indios fueron trasladados a las reservas, los colonos blancos rogaron encarecidamente que se les permitiera conservar a su doctor indio.
     Es posible que cuando el fraile Bernardino de Sahagún daba a este tipo de curanderos el calificativo de "burladores" (cosa que también hicieron muchos antropólogos, que los consideraron estafadores y farsantes), hiciera referencia a ciertos trucos que, si hablamos de ellos, nos pueden resultar conocidos, ya que los hemos visto al hablar de la extracción de las "piedras de la locura".
Los curanderos étnicos utilizan métodos de succión para extraer el mal,
como si fueran las clásicas "piedras de la locura" que ya conocemos...
     Un claro ejemplo lo encontramos cerca, en la América precolombina, donde existían en el área de influencia mexicana curanderos especializados en extraer mágicamente cuerpos extraños de los enfermos. La tetlacuimiliqui ("la que saca algo de alguien") frotaba el cuerpo del enfermo con iztáuhyatl, una especie de ajenjo local, para sacarle estos cuerpos extraños; la techichinani ("la que chupa a alguien"), tras masticar este ajenjo, chupaba el órgano enfermo extrayéndole sangre y pus, y fingiendo sacar al mismo tiempo unas piedrecillas. Esta era una práctica habitual entre los curanderos precolombinos de México, Cuba o Perú, en la Patagonia, la Polinesia o entre los esquimales, igualmente entre los indios de las praderas de norteamérica, los indios creeks, e incluso en Africa, entre los bantúes y abisinios, o entre los aborígenes australianos, así como en numerosos pueblos de todo el mundo; los objetos extraídos variaban según los pueblos o las enfermedades, por lo que podían extraer semillas, trozos de carbón o madera, espinas, plumas, huesos, cabellos, gusanos, o cosas similares... .
     La succión es el más sencillo de los diversos procedimientos que utilizan estos curanderos para extraer el agente causal de la enfermedad, y hay que tener en cuenta que tanto el enfermo como el curandero asumen que la causa del mal es de origen mágico, por lo que en su lógica, el tratamiento también lo debe ser; pese a todo algunos de estos curanderos, como los de los indios arapahoe y choctaw, aprovechaban esta manipulación para realizar de fondo una terapia médica como era la práctica de una sangría. La opinión de un antropólogo como Levy Bruhl es contraria a la consideración de fraude ya que, a diferencia de la clásica extracción de la piedra de la locura que tenía la finalidad de estafar y atraer a un público simple y crédulo, esta práctica implicaría una acción simbólica que prefiguraría la expulsión anhelada de la enfermedad, sería una forma de realizar por adelantado lo que se desea que ocurra. En realidad es una adaptación a la generalidad de una terapia clásica y específica tan natural como es la succión de los venenos introducidos por las mordeduras de serpientes y artrópodos o los inyectados por flechas emponzoñadas durante las luchas tribales.

     El curandero étnico adopta, además de la succión, métodos y terapias tan válidas como son las que realiza actualmente la medicina académica de los países desarrollados. Utiliza lancetas de piedra, hueso o metal para hacer sangrías, abrir abscesos y forúnculos o extraer quistes, sabe reducir fracturas e inmovilizarlas con tablillas, utiliza inhalaciones y fumigaciones para el dolor de cabeza, instilaciones oculares y nasales para las inflamaciones, usa emplastos emolientes y cicatrizantes, purgantes, enemas e incluso una especie de supositorios para el estreñimiento...
Hombre medicina de la tribu Dschang (Camerún).
Médico brujo Bakongo.
     El hecho de que también utilice otros métodos a los que nosotros no estamos acostumbrados o por llevar en su botiquín particular extrañas sustancias, no debería convertirlo a los ojos occidentales en un simple "burlador" como decía fray Bernardino de Sahagún.
     Mantiene en su arsenal terapéutico una multitud de plantas de la misma forma que los médicos de hoy llevan comprimidos, cápsulas o inyectables variados. Ya en 1570, el doctor Francisco Hernández, que fue médico del rey Felipe II de España, recogió informes sobre unas 1200 plantas medicinales utilizadas por los indígenas americanos (aunque bien es cierto que en ocasiones sus fórmulas eran algo complejas y con ciertos tintes mágicos, existiendo alguna compuesta por 7 tipos de flores, 12 hojas de diversas plantas, 1 corteza de árbol, 1 tallo y nada menos que 6 tipos de sangre de diferentes animales).
     En muchas ocasiones la terapéutica herbolaria de estos curanderos ha superado con creces los conocimientos de la medicina occidental. Recordemos sin ir más lejos el descubrimiento, para la terapéutica occidental y pese a las diversas leyendas que lo han rodeado, de la quinina para el tratamiento de paludismo y que ya utilizaban los indígenas peruanos; también podríamos hablar de la lobelia de los indios norteamericanos utilizada en los broncoespasmos asmáticos, de la ipecacuana de los indígenas brasileños como emético para el tratamiento de la disentería amebiana, de la rauwolfia que utilizaban los sanadores hindúes desde muy antiguo como sedante y que hoy sabemos que actúa en casos de hipertensión sistólica, de la raíz del regaliz como antidiurético, el opio, la coca, la efedrina, la cafeína o muchas otras más.
     Pese a todo, muchos se seguirán sorprendiendo si decimos que también han utilizado hormigas o sapos en sus tratamientos o en la preparación de sus brebajes, y puede que por ello los tachen de salvajes y supersticiosos, pero deberemos saber que su utilidad es francamente importante. Las hormigas, por ejemplo, especialmente la especie conocida vulgarmente como "cortahojas" ya que construyen su nido con hojas, eran utilizadas por ciertos indios sudamericanos en sus operaciones quirúrgicas, haciéndoles morder con sus poderosas pinzas sobre los labios de la herida y girándolas luego sobre sí mismas para cortarles la cabeza, quedando prendadas como un sutil y útil clip quirúrgico. Por otra parte, la piel de algunos sapos que se ha utilizado en primitivos preparados contra la hidropesía, hoy sabemos que contiene un principio tóxico denominado bufonina que favorece la eliminación de orina y, por tanto, reduce los edemas.

     Bien es cierto que la actividad terapéutica de los curanderos étnicos no sólo se encuentra en saber utilizar los elementos y sustancias aportadas por la naturaleza que les rodea o en una habilidad desarrollada a expensas de las necesidades diarias de salud. Sus acciones se relacionan también con una actividad sacerdotal o espiritual, cuándo esta se encuentra asumida por él, teniendo que extraer, en primer lugar, el espíritu o demonio causante del mal del cuerpo del enfermo mediante exorcismos y rituales mágicos, y luego, una vez liberado del origen del mal, debe arreglar los desastres producidos por el demonio en el organismo humano, entrando aquí los tratamientos con plantas medicinales, sudoríficos, masajes, baños, etc.
Consulta de un médico Agni, Africa. Dibujo de Riou.
     No nos podemos olvidar de otro factor muy importante en este tipo de curanderismo, así como en el curanderismo urbano de culturas más avanzadas donde se ha producido un fenómeno de importación cultural, y es el que hace referencia a los valores y creencias del grupo social; el estudio de la psiquiatría folklórica nos muestra los métodos utilizados para enfrentarse a problemas universales o a conflictos psicológicos, y la importancia de la socialización del paciente para reintroducirlo en el grupo.
     Todos los pueblos establecen una serie de medidas que tienden a marcar unos códigos de conducta para toda la sociedad, estos son reconocidos actualmente con el nombre de "tabúes" (la palabra "tabú", derivada del polinesio tapu, tiene el significado de "señal muy fuerte") y desempeñan, en el fondo, un importante papel protector tanto para la sociedad como para el individuo, ya que instauran una serie de mandatos o prohibiciones dirigidos a construir el orden social necesario para la convivencia; constituyen el fundamento de toda una legislación tribal establecida como un sistema de protección y defensa (ampara al débil, defiende a la persona como unidad con el grupo, previene el contacto con cosas peligrosas, protege al hombre de poderes sobrenaturales...). El tabú representa al mismo tiempo algo sagrado y reverenciado, a la vez prohibido y peligroso, es lo que algunos autores denominan "el horror sagrado". Sigmun Freud, en la expansión de sus ideas psicoanalíticas, opinaba que en la génesis del tabú existía un permanente conflicto entre el deseo y la prohibición.
     Otro concepto básico para conocer la importancia que tiene para estas tribus el reconocimiento como sociedad específica con sus particularidades es la existencia en cada una de ellas de un "tótem" tribal (palabra extraída del vocabulario de los indios algonquinos de América del Norte, que sirve para designar el objeto que sirve de patrón del clan), un signo que representa a su espíritu protector y un símbolo que sirve para unificar a todo el pueblo. El totemismo se ha relacionado con el primero y más antiguo de los sistemas mágicos y, en algunos pueblos, ha sustituido a la religión. El tótem crea, en definitiva, un régimen común que lo vincula con el pueblo, estableciendo una relación especial y recíproca de protección y acatamiento; esta idea ha sido utilizada con profusión por los psicoanalistas, para Freud era el símbolo del patriarca, del que se espera protección pero a quien al mismo tiempo se teme.
     El curandero étnico debe enfrentarse a los problemas derivados de una afrenta cometida contra el tótem tribal o por infringir, ya consciente o inconscientemente, un tabú, lo que se expresa culturalmente como una enfermedad que tiene su origen en un castigo por parte de fuerzas superiores al hombre. Esto obliga al curandero a aplicar una terapia que se encuentre al mismo nivel creencial y de racionalización tribal, por lo que no debería extrañar que usen determinadas técnicas para integrar de nuevo al paciente en la tribu basadas en el uso de la confesión como purga espiritual, en el ayuno o las flagelaciones como penitencia, el uso del alcohol o drogas psicodélicas para alterar la conciencia y reducir las inhibiciones del paciente, así como la música y la danza para disminuir sus temores y angustias, los ritos mágicos de transferencia o sustitución por engaño para alejar el mal, la purificación del alma mediante ritos lunares o por el uso del fuego y el agua, e incluso una terapéutica profiláctica para evitar la recaída consistente en el uso de amuletos, talismanes o tatuajes.

Curación entre los Apalai (Guayana), 1813.
     Los pueblos indígenas suelen tener dos cosas en común: un estrecho contacto con la naturaleza, donde ésta es aprovechada y no explotada, y una aceptación del bien colectivo frente al interés individual.
     Desde el punto de vista antropológico, y desde muchos otros, consideramos importante conocer y tener en cuenta que existen 5.000 culturas indígenas, cerca de 300 millones de personas, lo que supone el 90% de la diversidad cultural del planeta. Muchos de estos pueblos han desaparecido, como los aborígenes tasmanos, los aburras colombianos, los canaris de Ecuador o los chonos chilenos; otros han desaparecido aunque sus miembros han quedado fraccionados en nuevos pueblos como es el caso de los aztecas, que fueron destruidos por los españoles, y de los cuales sus principales descendientes son en la actualidad los indios huicholes, cora y nahuatl; mientras que otros han perdido con el tiempo y con el contacto con la civilización sus tradiciones de toda la vida para las nuevas generaciones, como es el caso de los ainos del Japón.
     El antiguo asesor de las Naciones Unidas, Julian Burger, clasificó a los indígenas como pertenecientes al Cuarto Mundo, donde a diferencia del industrializado, del ex-socialista y del de los países en desarrollo, donde la tierra pertenece al pueblo, son ellos, el mismo pueblo, el que pertenece a la tierra. La comunicación estrecha que se produce entre los indígenas y la naturaleza favorece un amplio conocimiento de todo cuanto les rodea, transmitiéndonos a los pueblos llamados civilizados un legado antropológico y médico que no podemos dejar perder. Debemos tener en cuenta que cerca de las tres cuartas partes de los preparados farmacéuticos actuales se derivan directamente de las plantas y han sido, en su mayoría, extraídos de la farmacopea aborigen; y también deberíamos considerar, aunque sea de forma indirecta, que las ganancias económicas y las mejoras sociales que han aportado no han repercutido en aquellos pueblos de cuyas tierras se han obtenido los nuevos fármacos.

Tratamientos de un "hombre-medicina" precolombino.
Girolamo Benzoni, entre 1547-1559.
     El médico catalán José de Letamendi (1828-1897), uno de nuestros más grandes teóricos de la Medicina, opinaba al hablar sobre el Folklore que "después de cuatro siglos de investigación terapéutica metódica, todavía debemos más a los salvajes que a los sabios; tal es en medicina el poder de la experiencia acumulada, aunque la acumule la ignorancia". Estas palabras todavía tienen su vigencia, y por ello deberemos anotar que serán la Folkmedicina y la Antropología Médica las encargadas de establecer una valoración científica de los remedios populares y aborígenes, aceptando los útiles y rechazando los perjudiciales para la salud, aportando además una muy buena enseñanza sobre la relación médico-enfermo, pilar base del Arte Médico, que posee una gran implicación social a la hora de establecer comunidades con proyección de futuro, siendo además una orientación imprescindible en el denominado por el doctor José Manuel Reverte Coma, "pacto médico-hechicero", que debe predominar en la exportación del saber médico a los pueblos indígenas, dando a conocer las ventajas de la moderna medicina por medio de los brujos, chamanes y curanderos de cada tribu, valorando a su vez la medicina aborigen con el fin de crear una medicina mixta donde el terapeuta primitivo y moderno no rivalicen, sino que compartan y aprendan técnicas que beneficien a ambos. Recordemos que en la actualidad desconocemos, por ejemplo, muchos de los secretos curativos de los callaguayas, una especie de eficaces médicos itinerantes bolivianos. Igualmente se debería evitar a toda costa la instauración de una "medicina colonial" similar a la que se efectuó en otros tiempos, y poner en marcha una acción estimulante de etnomedicina transcultural capaz de aproximar los diferentes sistemas médicos.

* * *

     El curanderismo indígena, es decir, la medicina étnica, y la medicina oficial contemporánea, tienen más cosas en común de lo que se aprecia a simple vista, ya que todo dependerá del cristal con el que se mire y, sobretodo, del color de ese cristal. Un ejemplo de ello lo podemos entresacar de la obra del escritor norteamericano Noah Gordon "El Chamán", cuando su personaje, el doctor Robert Judson Cole, recibe como regalo una bolsa de cuero donde los indios sauk guardaban artículos personales sagrados de los que extraían su fuerza y poder:

     "Cuando regresó a su cabaña, al principio se tomó a broma la selección de objetos para su manojo medicinal sagrado. varias semanas antes había encontrado un diminuto cráneo de animal, blanco, limpio y misterioso, en el suelo del bosque. Pensó que era el de una mofeta; parecía tener el tamaño exacto. Muy bien, pero ¿qué más? ¿El dedo de un niño estrangulado en el momento de nacer? ¿El ojo de un tritón, una pata de rana, unos pelos de murciélago, una lengua de perro? De pronto sintió deseos de componer su manojo medicinal con toda seriedad. ¿Cuál eran los objetos de su esencia, las claves de su alma, el Mee-shome del que Robert Judson Cole obtenía su poder?
     Colocó dentro de la bolsa la reliquia de la familia Cole, el bisturí de acero azul que los Cole llamaban el escalpelo de Rob J., y que siempre pasaba a manos del hijo mayor que se convertía en médico.
     ¿Qué más podía coger de su vida anterior? Era imposible guardar el aire fresco de las tierras altas en una bolsa. Ni la cálida seguridad de la familia. Sintió deseos de tener un retrato de su padre, cuyos rasgos había olvidado hacía tiempo. Cuando se despidieron, su madre le había dado una Biblia, y por eso la guardaba como un tesoro, pero no la incluiría en su Mee-shome. Sabía que nunca más vería a su madre; tal vez ella ya había muerto. Se le ocurrió hacer su retrato en un papel, ya que aún la recordaba. Cuando puso manos a la obra le resultó fácil hacer el boceto, salvo la nariz; le llevó varias horas de angustia hasta que por fin lo logró.      Enrrolló el papel, lo ató y lo colocó en la bolsa.
     Agregó la partitura que Jay Geiger había copiado para que pudiera interpretar a Chopin en la viola de gamba.
     Guardó una pastilla de jabón tosco, símbolo de lo que Oliver Wendell Holmes le había enseñado acerca de la higiene y la cirugía. Eso lo llevó a pensar en otros términos, y después de reflexionar unos instantes quitó todo lo que había puesto en la bolsa, salvo el bisturí y el jabón. Luego añadió trapos y vendajes, un surtido de drogas y medicinas, y los instrumentos quirúrgicos que necesitaba cuando visitaba a los enfermos en su domicilio.
     Cuando concluyó, la bolsa quedó convertida en un maletín de médico que guardaba los artículos e instrumentos de su arte y oficio. Ese era pues el manojo medicinal que le proporcionaba sus poderes, y se sintió sumamente feliz con el regalo con que Perro de Piedra había compensado el golpe asestado a su dura cabeza".

Escobilla de hojas que forma parte del
equipo médico de los brujos Jíbaros.


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CURANDEROS Y MEDICINA:
DEL AYER AL HOY...
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Continuación

 
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