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"El pecado de los médicos, de unos decenios a esta parte, es el profesionalismo; el haber abdicado de cuanto tenía nuestra misión de entrañable, de generosa,
-de sacerdotal, según la consabida frase hecha-, para intentar convertirla en una profesión científica, esto es, exacta, como la del ingeniero, o la del arquitecto, o en cierto modo, la del boticario;
pero, además, en una pingüe profesión"
Prólogo al libro "La responsabilidad profesional del médico" |
Charlatanes y Villanos Embusteros y Embaucadores Sanadores y Arreglahuesos Hechiceros y Brujos Medicina: Del Ayer al Hoy Medicina: Del Hoy para el Mañana |
Es incuestionable que, tanto desde un punto de vista sociológico como antropológico, las prácticas médicas marginales ya sean empíricas o pseudocientíficas, aparecen como una constante en la historia del hombre llegando incluso hasta nuestros días, encontrándolas, no sólo instaladas en países y áreas geográficas donde el primitivismo constituye una forma de cultura y vida, sino también en países con una avanzada tecnología disponible al servicio de la medicina. Se ha considerado que cerca de un tercio de la población mundial utiliza prácticas médicas alternativas a la aceptada oficialmente en la búsqueda de la salud, aunque debemos distinguir entre lo que serían las prácticas terapéuticas del curanderismo clásico y determinadas formas de medicina mágico-religiosa que actúan conviviendo con la medicina considerada oficial y que en ocasiones constituye el único bagaje terapéutico de los pueblos indígenas.
Es indudable la antigüedad que tienen estas prácticas sanadoras, y tanto la medicina como el curanderismo, podemos encontrarlos representados en diversas tradiciones legendarias que nos ha legado el mundo mitológico.
La Medicina tiene en la figura de Asclepios (Esculapio), dios sanador en la mitología greco-romana, a su máximo representante; su leyenda surgió en el siglo VIII a.C. donde era inicialmente un gran médico; la leyenda se modificó posteriormente en el siglo VI-V a.C. para deificarlo, y lo transformó en el hijo de Apolo y Coronis, nacido en Epidauro, que adquirió sus conocimientos sanadores del centauro Quirón, y que según decían murió por un rayo enviado por Zeus por haberse atrevido a resucitar a los muertos. Alrededor de su figura surgió una gran familia: su esposa Epiona, sus hijos Podaleiro y Macaón, y sus hijas Hygieia, Akeso, Iaso y Panakeia; toda una prole para personificar las virtudes curativas del padre.
Asclepio y Orfeo.
Dos formas distintas de ver,
entender y practicar la medicina.
Diversos autores han visto representado el Curanderismo en la figura de Orfeo, de forma similar a lo que sería Asclepios para la Medicina, aunque el primero nunca alcanzó la categoría de dios. Orfeo, era un héroe en las leyendas tracias, hijo de Eagro, rey de Tracia, y de la musa Calíope. Músico hábil especialmente con la cítara, a la que añadió dos cuerdas más a las siete que ya tenía, se casó con Eurídice; al fallecer ésta, decidió recuperarla del mundo de los muertos, por lo que acudió al Averno y cantó son su cítara a las divinidades infernales. Hades y Perséfone, logrando volverlos sensibles a sus dolores y obteniendo de ellos el permiso para que su mujer volviese a la vida, aunque se le advirtió que no debía volver la cabeza para mirarla hasta que salieran del infierno; Orfeo olvidó esta prohibición y se volvió para ver si Eurídice le seguía, por lo que la perdió definitivamente. El relato de su muerte es muy variado, aunque los mitólogos aceptan que, insensible al amor desde la muerte de su esposa, rechazó a las Bacantes que le mataron por ello o, en todo caso, a las mujeres de Tracia que, llenas de una pasión furiosa por él provocada por Venus a consecuencia de sus disputas con la madre de Orfeo, fue muerto y su cuerpo destrozado. Decían las leyendas que Orfeo había realizado durante su vida muchos prodigios, destacando las curaciones mágicas gracias a la música y las palabras, por los que tras su viaje a los infiernos fue considerado padre de toda adivinación, misterio o iniciación ocultista, siendo los ritos órficos su máxima expresión.
Durante mucho tiempo los practicantes de la medicina y del curanderismo se agruparon y se separaron, importando diversas técnicas y métodos entre ellos. Platón (428-347 a.C.), por ejemplo, valoraba en sus escritos tanto los encantamientos como los medicamentos y en su Carménides pone en boca de Sócrates lo siguiente: "Que nadie te persuada a tratar su cabeza con el fármaco, si antes no mostró su alma para que la cures con el ensalmo". Esto fue más o menos así hasta la llegada de Hipócrates (460-377 a.C.) y su escuela, que fue estableciendo una separación progresiva entre ambos mundos con el desarrollo de una medicina somática y definiendo la acción de los médicos hacia una patología racional, por lo que los encantamientos y los ensalmos se quedaron para los curanderos ya que éstos eran más fáciles de imitar que la técnica fisiológica.
Posiblemente esta separación que inició Hipócrates y que, no podemos negarlo, se hizo necesaria para iniciar el conocimiento profundo de la fisiología humana y permitir el avance de la terapéutica, fue posiblemente uno de los grandes errores que cometió la medicina. La profesión médica se hizo técnica y científica, se pasó del mythos al logos y se alejó del empirismo y de la magia estableciendo su propia tékhne iatriké o técnica médica basada en el por qué se hace aquello que se hace. Para ello optó por separar progresivamente los conceptos de cuerpo, objetivo y fácil de estudiar, del de alma, mucho más sutil y difuso.
Hoy en día la medicina ortodoxa se ha vuelto más técnica, más dirigida al estudio del cuerpo enfermo, olvidando con frecuencia la existencia de un alma a la que antiguamente trató, y de una personalidad específica e individual en la persona enferma. Quizá aquí radica el valor del curanderismo, en el sentido de haber sabido mantener o recuperar el tratamiento del espíritu junto al cuidado del organismo enfermo. Intentemos por ello dilucidar, si es posible, las razones por las que se producen curaciones en el ámbito curanderil.* * * La explicación que más gusta a la medicina para aclarar las curaciones de los curanderos es la típica frase "si el enfermo ha curado, es que nunca ha estado enfermo", que intenta explicar el engaño consciente o inconsciente de los enfermos o, en todo caso, el llamado "efecto placebo" que se adaptaría perfectamente a la teoría de la sugestión, un gran agujero negro donde terminan aquellas curaciones que la medicina biotecnológica no acierta a explicar.
Estas ideas surgen en base a la clasificación que establece la medicina ortodoxa de las enfermedades, distinguiendo básicamente entre las orgánicas, las funcionales y las psicológicas. En estas dos últimas es donde el curanderismo obtiene sus mayores resultados. El médico y sacerdote francés Marcos Oraison asumía como cierta la siguiente afirmación: "cada vez que el estado de un enfermo implica un factor psíquico inconsciente, el ritual mágico del curandero tiene probabilidades de actuar momentáneamente", y de igual forma, "una enfermedad orgánica con gran repercusión psíquica puede obtener cierto grado de mejoría al calmar esas somatizaciones de segundo orden que florecen alrededor del cuadro patológico básico".
Los curanderos, por su parte, clasifican las enfermedades en dos grandes grupos: las naturales y las sobrenaturales o mágicas; aunque los tratamientos de unas y otras suelen tener cierta especificidad, la realidad es que suelen darse combinados, por lo que encontramos mezcladas las hierbas medicinales y los masajes con los conjuros, oraciones, ensalmos y las técnicas rituales. Los curanderos han adoptado el poder de la palabra en sus actos terapéuticos, palabras repletas de misticismo que estimulan nuestro atractivo por lo desconocido. En estas se supone que hay una influencia psíquica paranormal del curandero sobre el organismo enfermo o que se produce una estimulación del enfermo para que éste actúe paranormalmente sobre sí mismo (la exageración de este poder de la palabra la encontramos en los modernos embaucadores que curan por teléfono, eso sí, de alto costo por llamada y donde pasan los minutos mientras el supuesto terapeuta se está concentrando para enviar su energía al enfermo que espera paciente al otro lado de la línea).
Los defensores más ardientes de los curanderos hablan del efecto curativo de ciertos poderes supranaturales, es decir, de unas facultades parapsicológicas inherentes en el curandero. Hablemos de ello. Aunque quizá, antes que nada, deberíamos aclarar que todos aquellos curanderos que se titulan a sí mismos como parapsicólogos cometen un grave error, pues el parapsicólogo es aquel que estudia este tipo de fenómenos, ya que el que lo produce sería simplemente un dotado. Aclarado este punto, y si aceptáramos la existencia de este tipo de fenómenos, deberíamos tener en cuenta que las facultades parapsicológicas serían productos del inconsciente y, por lo tanto, no serían reproducibles a voluntad; además, para poder manifestarse, sería necesaria una obnibulación del consciente y una exaltación del subjetivismo inconsciente. Puede que determinados estados alterados de conciencia, más propios del curanderismo étnico o del misticismo, permitan este tipo de manifestaciones pero, al ser inconscientes, siempre serían espontáneas e impredecibles y nunca voluntarias. Por otra parte, si aceptáramos su realidad, deberíamos poder valorar muy cuidadosamente si esta curación parapsicológica se debería a las facultades del curandero o simplemente a la del paciente curado.
"El charlatán".
Cornelis Dusart (1660-1704).Otra de las ideas más preconcebidas en el mundo del curanderismo es la Fe. La curación por la fe deriva de las prácticas de los pueblos primitivos, de los antiguos cristianos y de la época medieval; quizá en nuestra tierra, por la gran influencia católica que ha tenido, son más importantes las herencias cristianas en los tratamientos curativos.
La fe, una de las tres virtudes teologales, se definiría como una virtud sobrenatural e infusa por la que se opera en el hombre la justificación, es un asentimiento intelectual de conocimiento por razones no lógicas que se encuentran por encima de la razón. Sería en pocas palabras, una creencia más allá del conocimiento y que no precisa reflexión.
La fe en el curandero es parecida a la fe religiosa, por lo que no es de extrañar la clara influencia religiosa de los curanderos tradicionales, donde buscan el apoyo de Dios, de su Hijo, de la Virgen María o algún santo especial, siendo habituales en ellos las invocaciones católicas en forma de conjuros, rezos y oraciones, o el uso de elementos procedentes de la liturgia católica como cruces, agua bendita, escapularios, rosarios, evangelios, etc..., todo lo cual apoyaría simbólicamente el convencimiento del enfermo en su capacidad de curarse.
El Nuevo Testamento cita con frecuencia a la fe como motivo de curación: "Al ver Jesús su fe, dijo al paralítico: 'Hijo, son perdonados tus pecados'" (Mc. II, 5), "Al entrar en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: '¿Creeis que puedo hacer esto?'. Le dijeron: '¡Si!, Señor'. Entonces tocó sus ojos diciendo: 'Hágase en vosotros según vuestra fe'" (Mt. IX, 28-29); o más específicamente lo vemos en la curación de la hemorroísa: "Y dijo Jesús: '¿Quién me ha tocado?'. Como todos lo negaran, dijeron Pedro y sus compañeros: 'Maestro, es la gente que te rodea y te oprime'. Mas Jesús les contestó: 'Alguien me ha tocado, porque yo he sentido que de mí ha salido una virtud'. La mujer, viéndose descubierta, se acercó toda temblando, se postró a sus pies y contó ante todo el pueblo por qué lo había tocado y cómo había curado al instante. El le dijo: 'Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz'" (Lc. VIII, 45-48).
El poder de la fe en la sanación hace que las curaciones se aproximen a la categoría de milagros, tal y como ejemplificaba Jesús, y tal y como intentan presentar muchos curanderos. La fe es a la vez motivo de curaciones, "si tienes fe, serás curado", pero también excusa, "si no curas, es que no tienes bastante fe". Por todo ello, podríamos decir que en gran parte el origen del poder del curandero radicaría en la fe de sus discípulos. Si no existe esta fe, el curandero perderá ese poder; si la confianza de sus seguidores es absoluta, el tratamiento al que les someta proporcionará una sensación de paz y bienestar aun en aquellos casos que se encuentren cercanos a la muerte.
No hay duda de que la fe es poderosa ("La fe mueve montañas") y siempre quedarán casos expuestos a la duda y a la extrañeza, pero también hay que intentar primero racionalizar los fenómenos asociados a la fe ("Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña") para no caer en la credulidad más absurda. Muchos han intentado explicar los mecanismos curativos de la fe. Se sabe que el miedo a una enfermedad es capaz de desarrollar una actividad depresora sobre el sistema nervioso central y estimular el dolor, y que el stress puede fomentar patologías, somatizaciones o disfunciones del sistema inmunitario; se supone que la fe actuaría estimulando al sistema nervioso, capaz de producir mediadores químicos complejos como la endorfinas, calmando el dolor y provocando una sensación interna de bienestar, reduciendo las derivaciones somáticas de patologías psicológicas (tengamos en cuenta que quien tiene fe y cree en el curandero y su poder sanador, también es capaz de creer en los hechizos y maleficios y enfermar por ello).
Si intentamos resumir este fenómeno creencial, podríamos decir que la fe sería un elemento básico capaz de desencadenar diversas reacciones orgánicas de tipo curativo que la ciencia médica tiene dificultades para explicar. Pero sobre la fe nadie conoce, hoy por hoy, su origen o su mecanismo de acción, pero tampoco pertenece ámbito exclusivo de los curanderos, pues existe en muchos otros campos entre los que se encuentra el religioso y, también, el médico, aunque en este último se le llama "voluntad de sanar", elemento básico para acortar el proceso de una enfermedad tal y como se aprecia constantemente en los pacientes hospitalizados.Otra explicación que da habitualmente la medicina, quizá la más frecuente, a este tipo de curaciones es la sugestión, lo que se llama técnicamente efecto placebo. La palabra "placebo", de origen anglosajón, se define como una preparación farmacéutica que sólo contiene productos inertes y que se prescribe para lograr un efecto psicoterapéutico.
Pese a considerarse algo moderno, en realidad el placebo ha sido conocido desde que nació la propia medicina. Fray Martín de Castañega, en su libro "Tratado de las supersticiones y hechicerías" del año 1529, comenta que "la ymaginación del paciente con aquellas cosas se fortifica y se esfuerça", aunque también añade que "no es razón que tal ymaginación i salud se procure, salvo por remedios y cosas naturales seguras y no sospechosas...", advirtiendo que "por remediar la salud corporal de alguna persona ninguna deve hazer cosa que no sea lícita y honesta y que no consiste en medicina y remedio natural", haciendo una sencilla distinción entre los placebos terapéuticos y aquellos no inocuos y que pueden resultar lesivos para la salud.
Charlatán vendiendo sus pócimas
(o sus placebos) en el mercado.
Hasta el nacimiento de la psicoterapia, a finales del siglo XIX y principios del XX, sólo existía algo parecido a un tratamiento psíquico entre las creencias mágico-religiosas y entre los propios curanderos; la influencia del psiquismo entre los médicos se dirigía básicamente a ganarse la confianza de los pacientes y a mantenerle elevado el ánimo, lo que se acercaba más a una doctrina de carácter ético o filosófico que a una verdadera terapia.
El efecto sugestivo de los placebos aportados habitualmente por los curanderos en sus tratamientos, ya en forma de aguas bendecidas o preparados de herboristería, junto con determinados elementos físicos como medallas o cruces, y el uso de las palabras en forma de conjuros u oraciones, favorece la mejoría e incluso la curación de las enfermedades psicosomáticas. Debemos tener en cuenta que el término psicosomático, introducido por Ch. A. Heinroth en 1818, ha estado ampliando su campo de acción sin que hasta el día de hoy de la sensación de haber alcanzado su límite; cada vez se encuentran más problemas orgánicos que mantienen una relación, nunca absoluta pero sí relativa, con diferentes procesos mentales. Así y todo, hay que distinguir entre una influencia benéfica del psiquismo y la curación psíquica, tema que ya hemos comentado anteriormente al hablar de los poderes parapsicológicos.
Charcot ya admitía la posibilidad de su influencia benéfica al ser capaz de mejorar una disfunción orgánica. Pero también hay que advertir sobre un efecto muy peligroso que es capaz de producir el psiquismo: el de las curaciones pasajeras. Esto es muy importante sobretodo en enfermedades graves como el cáncer, pues gracias a la sugestión el paciente puede experimentar una sensible mejoría del dolor o de la sintomatología mientras desgraciadamente el proceso sigue avanzando inexorablemente; a esto puede asociarse una doble mejoría y con peores consecuencias si el curandero, embaucador habitualmente, aconseja dejar el tratamiento quimioterápico o radioterápico, pues habría que añadir a esta situación una falsa sensación de mejora del estado general al desaparecer los efectos secundarios de este tipo de tratamientos.
Pero para terminar de complicar más la situación, nos encontraremos que este peligro no sólo acecha a las enfermedades orgánicas, sino también a las de origen psicógeno. Claro ejemplo es el del hipnotizador que, con toda su buena fe, ayuda a una persona a abandonar su tabaquismo mediante terapéuticas sugestivas, encontrando que al cabo de un tiempo ésta ha pasado al alcoholismo, y tras un nuevo tratamiento lo abandona también pero termina iniciándose en el mundo de las drogas, nuevo tratamiento para ayudarlo a salir de este mundo y el paciente acaba suicidándose al cabo de un tiempo... lo que lleva a deducir que el tabaquismo inicial actuaba como vía de escape a la ansiedad y stress, siendo un mal menor cuando no se ha establecido la detección y el tratamiento del problema original. Aquí la sugestión ha estado bloqueando las vías compensatorias que busca constantemente nuestro psiquismo, dando lugar a un agravamiento del paciente y desequilibrando su estabilidad mental.Además de lo expuesto, hay que reconocer que los procesos orgánicos básicos que conducen hacia la salud son desconocidos. Por ello siempre tendremos un capítulo (cajón de sastre, como le gusta decir a muchos médicos) de recuperaciones sorprendentes y curaciones inexplicables, que muchos podrían denominar como milagrosas, pero que se dan tanto entre curanderos como entre médicos. Pero este es otro tema...
* * * La Medicina se considera a sí misma suficientemente madura como para enfrentarse tanto a las patologías orgánicas como a las psíquicas. Pero dentro de esta afirmación debe existir un error. Algo falla cuando desde los propios centros sanitarios se asumió en un principio que el acceso a sus servicios, por parte de amplios grupos de población, lograría un mejor uso de ellos y a la larga una optimización de los tratamientos, y el tiempo y la experiencia han demostrado la relatividad de esta percepción. Pese a todas las mejoras sanitarias, muchos enfermos siguen optando por acudir al curandero antes que al médico o incluso, algunos enfermos, acuden posteriormente a éstos en busca de una confirmación del diagnóstico que les han dado, dando la sensación de que no se fían de los médicos.
"Alegoría de la Medicina"
M.Küffel y J.C.Rudolphy, 1671.
Esta situación nos obliga, si queremos profundizar más en el problema del curanderismo, a estudiar conceptos tan básicos como es el de la relación médico-enfermo y algunos más complejos como son las diferencias en el trato a los pacientes entre médicos y curanderos.
Mucho se ha hablado y discutido sobre la relación médico-enfermo. Pedro Laín Entralgo nos recordaba el concepto de philía, amistad, en esta relación "Donde hay philanthropíe (amor al hombre en cuanto al hombre), hay también philotekhnie (amor al arte de curar)", proclamaba una sentencia helenística de los "Preceptos" hipocráticos. Pero es quizá José María López Piñero, catedrático de la Historia de la Medicina de la Universidad de Valencia, el que propone un interesante concepto sobre esta relación médico-enfermo, pues la considera, ante todo, un encuentro entre dos culturas diferentes: "El médico participa en ella utilizando la terminología, los valores, los supuestos básicos y los conceptos de la medicina científica moderna acerca del cuerpo humano, la salud y la enfermedad. El paciente, por el contrario, se atiene a los vigentes en los grupos sociales ajenos a la profesión médica, que en conjunto constituyen la medicina popular o folkmedicina, cuyas formas actuales dependen tanto o más de la publicidad consumista que de la tradición cultural".
Lógicamente esta situación plantea dificultades en la comunicación médico-enfermo, por lo que será necesario que los médicos conozcan las medicinas populares de la sociedad en que ejercen a la vez, eso sí, que los pacientes se esfuerzan por adentrarse en una educación sanitaria racional.
En este caso, podríamos seguir a Antonio Pasqualino, que establece tres categorías de medicinas diferentes a la académica y con las cuales los médicos deben aprender a convivir:
1) la medicina tradicional del propio país
2) la medicina étnica importada por los inmigrantes
y 3) las medicinas alternativas de los llamados nuevos curanderos y que incluye al curanderismo pseudocientífico y al esotérico.
Las dos primeras serían estáticas en su desarrollo pero otorgarían un sentido moral y social a la enfermedad frente a la medicina oficial que, aunque presenta constantes adelantos científicos, suele considerar a la enfermedad como un simple fenómeno biológico. El tercer grupo sería del tipo modernista, mucho más activo y variable que los anteriores, ofreciendo terapéuticas llamativas y espectaculares que atraen por lo general a las clases medias y altas de las áreas urbanas e industrializadas, sería el grupo que albergaría a la mayoría de los curanderos embaucadores y, por lo tanto, los más peligrosos no sólo para la medicina en general sino para el paciente en particular.
El nuevo concepto que encontramos asociados a las dos primeras categorías de curanderos y que hace referencia a un sentido moral y social en la enfermedad, nos ayudaría a explicar el grupo de complejas "enfermedades no de médicos" (que ciertos estudios denominan como enfermedades folklóricas de origen sobrenatural) que abanderan la terapéutica de muchos curanderos. El paciente que acude al curandero no ve la causa de la enfermedad como algo impersonal o neutral como sería un simple germen ajeno a su organismo, pues relaciona la causa biológica de su mal con una causa social, donde su comportamiento, sus actos y las relaciones con sus vecinos o su Dios, también tienen una importancia trascendental; sería, en cierto grado, la asunción de un complejo de culpabilidad. Este tipo de paciente busca, por tanto, una salud global, no simplemente física, incluyendo por ello también al bienestar mental y social.De todo esto podemos deducir que el enfermo recibe, en ocasiones, una atención más humana y culturalmente próxima con el curandero que con el médico; esto haría, como dicen ciertos autores, que la relación que los enfermos establecen con el médico y la medicina oficial fuera de tipo paternal, mientras que la establecida con el curandero sería maternal. ¿Por qué esta percepción? Miremos, por un momento, cuáles son las principales diferencias entre las distintas formas de tratar a los enfermos por parte de ambos grupos sanadores, los médicos y los curanderos, y quizá nos aclare este punto.
La medicina actualmente ha perdido su carácter sagrado, su antigua capacidad de control social y el efecto moralizante de su terapéutica. La evolución social y tecnológica ha hecho crecer el sistema sanitario de tal forma que ha acabado hipertrofiándose; sus indiscutibles mejoras en el campo de la investigación y el diagnóstico han sido mal entendidas por determinados curanderos, interpretando la preocupación médica, el deseo de comprender y conocer así como la necesidad de comprobación que conlleva toda ciencia, como un acto de "mala fe" por parte del estamento médico, induciendo a pensar que se está investigando con los enfermos como si fueran cobayas de laboratorio.
Durante cierto tiempo la imagen del médico ha estado muy mal vista, se ha considerado una profesión donde podían medrar personajes sin escrúpulos dispuestos a sangrar y exprimir a los enfermos hasta la muerte. Este curioso concepto es como el ave fénix, que con el tiempo acaba consumiéndose lentamente para renacer de sus cenizas a consecuencia de algún tipo de noticia sobre malpraxis que los medios de comunicación de dedican a airear a los cuatro puntos cardinales; surge inmediatamente un ambiente crítico sobre el mundo médico que poco a poco, sobretodo por gratas experiencias a nivel personal, va cediendo hasta que parece diluirse... hasta que vuelve a resucitar en base a una nueva noticia. Este sería un tema importantísimo para tratar, pero no es este el lugar ni el momento, aunque es indudable que tiene su influencia temporal para que determinados enfermos se alejen de la medicina oficial buscando refugio, curiosamente, en otro tipo de terapeutas donde el engaño y la falsedad proliferan mucho más. Eso sí, otra diferencia entre médicos y curanderos es que los primeros suelen reconocer sus fracasos, así puede observar y estudiar las causas de éstos; los curanderos no suelen mencionar sus muchos fracasos y, curiosamente, sus pacientes tampoco.
"Los señores Sanguijuela": La consulta del médico.
Caricatura del año 1820.
Así y todo, es incuestionable que el desarrollo tecnológico ha traído desgraciadamente una merma de la función del médico, produciéndose una serie de fallos en el campo de la humanización del trato con el paciente y que, por suerte, se intentan corregir poco a poco. Un paciente que precisa hospitalización, por ejemplo, sufre gravemente las consecuencias de este rígido sistema sanitario pues le provoca una ruptura con sus apoyos básicos que les dan confianza, como son la familia o la comunidad, y es abandonado a una soledad física, mental y emocional, que se manifiesta especialmente cuando llega la noche. También es cierto que la tendencia actual de la medicina hospitalaria tiende a corregir poco a poco esta tragedia personal, favoreciendo el horario de las visitas, permitiendo la compañía familiar nocturna, estimulando el trato amistoso y cordial del personal sanitario, etc.
La medicina moderna ha sido acusada de burocratización, de masificación, de hacer una ciencia dirigida a las enfermedades y no a los enfermos, de desarrollar una pobre educación sanitaria, de tener un alto costo económico que junto a una pésima gestión sanitaria llevan a la desaparición de la sociedad del bienestar, amén de reconocer que la medicina científica también posee sonados fracasos diagnósticos y terapéuticos... Todo ello conlleva a que los clientes preferidos de los curanderos sean aquellos, especialmente crónicos e incurables, que han evidenciado en su caso una mala atención tanto técnica como humana.
Desgraciadamente, el desarrollo de diagnósticos y tratamientos altamente tecnificados, pese a sus indudables beneficios, han traído un distanciamiento entre el médico y el enfermo, evidenciándose en una pérdida del contacto entre ellos (es lo que algunos llaman la "tecnobiología deshumanizada"). El actual desarrollo de la informática permite extender la memoria científica y técnica del médico y, pese a favorecer la sustitución de la intuición por la precisión, tiene sus efectos preocupantes en la pérdida del contacto humano con el paciente. Al diagnóstico máquina y al diagnóstico hombre les divide la relación entre posibilidad y necesidad; allí donde la máquina se preocupa por la enfermedad, el buen médico debe preocuparse por el enfermo.
A esto se ha sumado también la agudización que ha mantenido la medicina durante años del dualismo planteado por Descartes, el cuerpo material frente al alma espiritual; incluso hoy día se mantiene así, separando los centros de salud mental y los de salud orgánica.
Esta situación nos lleva a plantear la importancia que tiene el hablar y el escuchar, la verbalización, en suma, como elemento básico psicoterápico. El valor del curanderismo se encuentra, muchas veces, en algo tan básico como sería el saber escuchar y en dar consejos y esperanzas al paciente; aquí encontraríamos su valor ante las enfermedades folklóricas o sociales, que el médico suele tratar erróneamente de forma farmacológica (véase el altísimo porcentaje de personas que están tomando psicofármacos), pues pocas veces se para a "escuchar" y conocer el entorno familiar y social del paciente. Recordemos si acaso, ya que nos viene de perlas, un chiste sobre el tema y que deja clara la opinión de la gente: "Estaba un día Dios sentado en su Trono Celestial mirando a los hombres, y se apiadó de ellos y de su sufrimiento. Decidió regresar a la Tierra y ayudarlos reencarnándose en un médico de la Seguridad Social. Es el primer día de trabajo y entra el primer paciente. Al rato sale cargado de recetas. - '¿Qué tal el nuevo médico?' - le pregunta uno de los que esperaban su turno. - '¡Pues igual que todos!' - contesta con cara de disgusto - 'Según entraba en el despacho, y antes de decirle nada, ya me había hecho las recetas...'".Por otra parte, el enfermo quiere saber, rápidamente, de su enfermedad, pero se encuentra normalmente con un médico que adopta una actitud de espera y vigilancia hasta obtener los resultados analíticos y exploratorios que ha solicitado; el curandero, al contrario, nunca duda respecto al diagnóstico y tratamiento, y los pacientes, pese al error que supone esto, se alivian al oir las profecías y predicciones que hace.
Además los médicos dan tratamientos específicos y sencillos para enfermedades específicas y sencillas, y si no disponen de tratamientos adecuados muchas veces se abstienen y no dan ninguna prescripción o, en todo caso, algo levemente paliativo. El curandero, más atento al estado emocional del enfermo, ofrece tratamientos complicados para problemas médicos leves pero que se acompañan de gran ansiedad, despertando su confianza al considerar la situación muy seriamente mientras que los médicos tienden a minimizar su problema.
El curandero, por tanto, ofrece tranquilidad, apoyo y promesas de ayuda, el paciente recupera así la esperanza en su curación gracias a la fe depositada en él. Pero también la fe depositada en el médico y la medicina es muy importante para obtener mejores resultados en los tratamientos tal y como demuestra, día a día, la práctica clínica. A la hora de favorecer un tratamiento, la psicoterapia aplicada por el propio médico es fundamental; en este sentido Freud ya valoraba enormemente la libre elección de médico, ya que supondría una precondición importantísima que favorecería la influencia psíquica del médico sobre el paciente, pues este acudiría a la consulta motivado y confiado.
De todas formas el enfermo asume que él debe "creer" en el médico a la vez que el médico debe "creer" en su enfermedad (dualidad creencial que resulta fácil de establecer con el curandero), ya que si no fuera así correría el riesgo de extraviarse en el cajón de los hipocondríacos que todo médico tiene en la mesa de su despacho; el médico, muchas veces, se olvida que toda persona que acude buscando su ayuda está, en uno u otro sentido, enferma.
Resumiendo. El paciente acude al médico con temor e indefenso ante el dolor o la muerte; siempre, con cada enfermedad, se enfrenta a una situación vivencial única, con un variable componente psíquico independiente de la gravedad del padecimiento. El médico, por su parte, debe asumir esta situación, y debe aprender, no sólo a recetar medicamentos de todo tipo, sino a recetar un poco de sí mismo, de darse al enfermo. La medicina oficial debería obligarse a valorar no sólo la enfermedad sino la sensación de enfermedad, es decir, el hecho de sentirse uno mismo enfermo exista o no causa orgánica para ello. Por otra parte, el médico debería reconsiderar cada cierto tiempo su vocación, ya que actúa ejerciendo una profesión que tiene un alto riesgo de convertirse en rutinaria, sin adentrarnos en el hecho de que puede convertir al paciente, ya de forma consciente o inconsciente, en un instrumento de investigación, de enseñanza o, incluso, de lucro.
Debemos estudiar seriamente el
curanderismo, sin prejuicios y
lejos del radicalismo dogmático.
No debemos ser radicalmente ortodoxos ni heterodoxos en el tema del curanderismo, y debemos tener en cuenta que la norma en el curanderismo es que no existen normas, por lo que no se pueden poner a todos aquellos que realizan prácticas terapéuticas extracadémicas en el mismo saco. Debemos huir igualmente del dogmatismo médico, asumir los propios errores y esforzarnos por solventarlos.
Reconozcamos que es importantísimo para la organización sanitaria aumentar nuestro conocimiento de las folkmedicinas, con el fin de desarrollar programas asistenciales y preventivos válidos; sus profesionales deben conocerlas para saber tratar adecuadamente a los pacientes desde la base de los conocimientos populares, esforzándose en cambiar su lenguaje académico (importante en la relación entre profesionales de todos los países) para hacerlo más asequible a nivel de la consulta clínica.
Asumamos que la importación de tendencias angloamericanas en nuestra sociedad y el incremento de inmigrantes que traen consigo su propia cultura terapéutica, origina una serie de cambios complejos en diversos conceptos y desarrolla nuevas creencias; el médico se enfrenta por ello con la necesidad de conocer más a fondo estas nuevas asimilaciones culturales así como a la "propia sociedad" y sus conceptos tradicionales de salud.
Pero quizá, en el fondo, lo más importante es volver a unir ese cuerpo y esa alma que la medicina separó hace mucho tiempo, hacer que todo acto terapéutico se dirija tanto a lo orgánico como a lo espiritual. Y ello puede hacerse, no desde el estudio de la patología o de la mejora de la técnica diagnóstica, sino en base a un replanteamiento más humano de la relación entre el médico y el enfermo.
Importante es la sapientísima lección que el gran médico Thomas Sydenham (1624-1689) dio a Hans Sloane, posteriormente fundador del Museo Británico, cuando este último siendo joven acudió a él para ser su discípulo; en su carta de presentación se autodescribía como un "escolar aventajado, buen botánico y anatomista experto". Sydenham arrojó lejos la carta, tachó a Sloane de insensato y le dijo: "Yo conozco una vieja en Covent Garden que conoce la botánica mucho mejor que usted. Por lo que se refiere a la anatomía, mi carnicero es capaz de disecar una articulación con una perfección absoluta. No, muchacho, todo eso son nimiedades; usted tiene que sentarse en el lecho del enfermo, sólo así podrá aprender las enfermedades". Por suerte Sloane le hizo caso y así terminó siendo, no sólo médico del rey, sino también académico de Francia y presidente de la Royal Society y del Royal College of Physicians.* * * Y al final volvemos a la dicotomía con la que empezábamos esta serie sobre las "piedras de la locura" o, como las hemos llamado cariñosamente, los "estultolitos": la sencilla y a la vez compleja diferencia entre una locura o una necedad. La locura de enfermos mentales que se hacen pasar por sanadores y la necedad de su amplia clientela, la locura que cometió la medicina al abandonar el tratamiento integral del enfermo y la necedad de los que no asumen este error. A ambos dedicamos estas frases, una del pensador Luis Vives, que nos advierte diciendo que "A quien los dioses quieren destruir, primero lo enloquecen", y otra del filósofo Kant, al aclararnos que "El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca"
Muchos pueden preguntarse, y están en su derecho, hasta qué punto, pese a todo lo apuntado anteriormente, el curanderismo sigue siendo una gran mentira y si la medicina oficial será siempre la abanderada de la verdad. Este es un tema espinoso y siempre mal respondido, sobretodo si lo hacemos con prisas y sin establecer pautas o normas, y lo más probable es que derive en prolongadas discusiones y largos circunloquios que sólo podrán enrrevesar más el tema... Lo mejor sería dejar en boca de Ambrose Bierce (1842-1914), ácido y corrosivo autor norteamericano, muy crítico de su época, su opinión sobre el tema de la falsedad y la veracidad que expuso en una corta y a la vez sustanciosa fábula...
"Un Hombre que viajaba por un desierto se encontró con una Mujer.
- ¿Quién eres - preguntó el Hombre -, y por qué vives en este horrible lugar?.
- Me llamo la Verdad - replicó la Mujer -; y vivo en el desierto con el fin de estar más cerca de mis adoradores cuando son expulsados de entre sus semejantes. Tarde o temprano, todos acaban viniendo aquí.
- Bueno - dijo el Hombre, mirando a su alrededor -; no parece muy poblada la región".
"Estultolitos": La locura y la necedad
en nuestra sanidad y en nuestra sociedad.
Detalle de un cuadro de Pieter Bruegel el Viejo.
Siglo XVI.
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El Morador del Mitnal