ESOS MONSTRUOS
QUE TANTO
NOS ASUSTAN...


La Medicina
y el Cine de Terror (II)


"No hay que tener miedo de la pobreza
ni del destierro, ni de la cárcel,
ni de la muerte. De lo que hay que
tener miedo es del propio miedo"

Epicteto de Frigia
(50-135)

"Allá va eso"
Los Caprichos, Goya, 1799.


Introducción: El Miedo de Película
Drácula: La Sed de Sangre
Frankenstein: El Hombre de Retales
Hombre Lobo: La Bestia Interior
Momias: El Cuerpo Incorrupto


Los vampiros han sido las criaturas semihumanas que más fuerza han ganado gracias al cine de terror. Pese a existir multitud de leyendas y relatos sobre su existencia en todo el mundo, la criptozoología (una curiosa e interesante disciplina con aspiraciones científicas que investiga la existencia de animales desconocidos y misteriosos) nunca los ha considerado reales.

* * *

Los antecedentes del vampiro cinematográfico
     Muchos estudiosos han visto en Lilitû, entidad de origen babilónico que chupaba la sangre de los niños, el primer vampiro conocido. Pero entidades sobrenaturales con esa tendencia sangrienta han existido en todo el mundo, desde Akasha en Egipto hasta Hutzilopochtli en el México prehispánico, también las encontramos en China y Japón hasta Malasia o la India, entre los polinesios y los esquimales... Entre la mitología grecolatina también aparecen divinidades desencarnadas que nos recuerdan a los vampiros: las estrigas (hijas de las harpías, espantosas mujeres pájaro ávidas de sangre humana), las empusas (la seducción hecha maldad, comedoras de jóvenes de hermosos cuerpos y sangre pura) y las lamias (acechadores seres femeninos que ansiaban la carne de los hombres).
     Pero un vampiro es, tal y como lo entendemos hoy, un muerto viviente obligado a beber la sangre de los vivos para prolongar indefinidamente su existencia. Evidentemente, estos seres de leyenda no se pueden definir como muertos vivientes.

     Muchos creen que el mito del vampiro lo inició el escritor dublinés Bram Stoker (1847-1912) con su obra "The Undead" (El Nomuerto) que publicó en 1897 con el título de "Drácula", pero nada más lejos de la realidad, pues los orígenes del vampirismo se remontan a los tiempos más remotos de la humanidad y, con anterioridad a su libro, se publicaron muchas obras literarias sobre el tema del vampiro: "Leonore" de Bürger (1773), "La novia de Corinto" de Goethe (1797), "Christabel" de Coleridge (1816), "La bella sin piedad" (1818) o "Lamia" (1820) de Keats, "La muerta enamorada" de Gautier (1836), "Las metamorfosis del vampiro" de Baudelaire (1866), "Carmilla" de Le Fanu (1871) y, especialmente, "El vampiro" de John William Polidori (1819), secretario y médico personal de Lord Byron, que creó a su personaje Lord Ruthven, un vampiro aristócrata, dominante y seductor (una imagen de Byron surgida a consecuencia de una venganza personal). Lo que sí es cierto, y eso es indiscutible, es que Stroker dió la entrada a la típica imagen del vampiro que hoy en día reconocemos todos en las películas.
Vlad Tepes, "el Empalador"; llamado también Drácula.
La Condesa Erzsébet Báthory, "la Condesa Sangrienta".
     Según se cuenta, Stoker se documentó sobre antiguas creencias populares de la Europa central, aunque se basó para el personaje de su novela en la figura histórica de Vlad IV (1431-1476), voivoda de Valaquia (que forma parte de la actual Rumanía) y apodado Tepes (el Empalador) o Drácula (diminutivo de Dracul, que significa el dragón o el diablo). Ha sido considerado héroe nacional por su lucha para liberar a su país de los invasores otomanos, pese a estar considerado como una de las personas más despiadadas, violentas y sanguinarias de la historia; se dice que empaló a miles de sus enemigos para su satisfacción personal, pero es bien cierto que el ajusticiamiento por la estaca era un instrumento de tortura muy utilizado en esa época por los vencedores tras las batallas, pues además de ejecutar al enemigo también servía como método disuasorio para el que se encontrara con los restos de los vencidos. Su vida se intentó llevar al cine en la película "Vlad" (2000) de Joe Chappelle.
     Aunque Stoker utilizara a Vlad Tepes para dar imagen a su vampiro, la fascinación por la sangre posiblemente vino de otro personaje histórico que también vivió en Transilvania: la condesa húngara Erzsébet Bathory (1560-1614), más conocida como "la Condesa Sangrienta", que con el fin de mantenerse joven, desangró a unas 300 doncellas de los pueblos de los alrededores de su castillo de Csejthe para beber su sangre y bañarse con ella. Su historia también ha sido llevada al cine con mejor o peor fortuna en la italiana "I Vampiri" (1956) de Riccardo Freda o la americana "La condesa Drácula" (1970) de Peter Sasdy.

El vampiro entra en el cine
     La filmografía vampírica es muy extensa, quizá la más extensa del cine de terror, y éste no es el lugar adecuado para tratarla a fondo. Sí que será interesante, por el contrario, que descubramos cómo el cine de terror ha intentado asustarnos con el mito del vampiro.
     La primera película sobre Drácula que se realizó fue "Nosferatu, el vampiro" (1920) de Murnau, aunque el vampiro se llamara Orlok en vez de Drácula y el resto de los personajes tuvieran nombres distintos a los originales.
La causa de esta diferencia se encuentra en que la viuda de Stoker no quiso ceder los derechos de la novela, por lo que la película se hizo de forma ilegal; por suerte, aunque se intentaron destruir todas las copias, algunas ya se habían distribuido a otros países por lo que nos ha podido llegar esta pequeña obra maestra del temprano expresionismo alemán. Posiblemente esta es la causa de que la aristocrática y elegante figura del conde que todos conocemos apareciera aquí con severos cambios: un ser delgado, desgarbado, de largos brazos con grandes manos y uñas curvadas, calvo, de nariz ganchuda, orejas puntiagudas e incisivos anteriores largos y puntiagudos con colmillos normales (esta imagen, más aterradora que la típica del vampiro, se repitió poco en el cine, la vemos en "Nosferatu, el vampiro de la noche" (1979) de Werner Herzog -remake del original- y "El misterio de Salem´s Lot" (1979) de Tobe Hooper -adaptación televisiva de una novela de Stephen King-, sin mencionar la interesante "La sombra del vampiro" (2000) de Elias Merhige, obra donde se retoma una leyenda creada en el rodaje de la obra original de Murnau y que obtuvo 2 nominaciones a los Oscar.

     Aunque existían películas anteriores a la de Murnau -como "Vampydanserinden" (1911) o "Der Vampyr (1919)- y posteriores -"Vampiry Warzawy" (1925)- que trataron el vampirismo, no fue hasta unos años más tarde, cuando la Universal decide llevar al cine la obra de Stoker, que el vampiro entra de lleno en la cultura occidental. El "Drácula" (1931) de Tod Browning, con los derechos de la obra original aunque su fidelidad fue prácticamente nula, fue interpretado por Bela Lugosi, actor húngaro de teatro que con su palidez natural y su acento extranjero, dió vida al vampiro por excelencia, aportando a las pesadillas populares un ser silencioso, varonil, de buenos modales, de mirada hipnotizadora y seductor; en esta película se estableció una relación del vampiro con la sexualidad que ha perdurado hasta la actualidad (la publicidad, por ejemplo, no hablaba de vampiros si no de una "extraña historia de amor").
El más clásico: Bela Lugosi
en "Drácula", de Tod Browning (1931).
     Pese a que la película de Browning dió el pistoletazo de salida al cine de terror, el personaje del vampiro no regresó hasta unos años más tarde con "La hija de Drácula (1936), "El hijo de Drácula" (1943), "La zíngara y los monstruos" (1944) y "La mansión de Drácula" (1945), películas que poco aportaron al mito.
     Durante la década de los 50 se pudo entrever un intento de aproximar más el terror al espectador. En "El regreso de Drácula" (1958) de Francis Lederer, surgieron los adolescentes como protagonistas, un intento de aproximar a los más habituales espectadores de este tipo de películas, y la aparición momentánea del color para sugerir la realidad de la sangre, pues aunque la película se rodó en blanco y negro, hay una escena donde la muerte de una vampira salpica de rojo la pantalla.
     Posiblemente fue la aparición del color una de las razones del éxito de la productora británica Hammer, donde predominaron las escenas sangrientas (muchas abusaron de lo que un público finalmente saturado llegó a denominar jocosamente como "salsa de tomate"), argumentos más agresivos y violencia explícita. Con el "Drácula" (1958) de Terence Fisher aparece un nuevo estilo vampírico, más agresivo y sensual, donde de la mano del actor Christopher Lee Drácula se vuelve representante de la erotización de las mujeres; también aquí tomó fuerza la dualidad, clásica ya en muchas películas de terror, de la lucha interminable entre el Bien y el Mal, gracias a la interpretación que Peter Cushing hace del profesor Van Helsing; esta lucha se ha endurecido todavía más en obras tan recientes como "Van Helsing" de Stephen Sommers realizada en 2004), que bebe en el espíritu de "Vampiros" (1998) de John Carpenter.
     La Hammer vivió una época dorada hasta los años 70 realizando multitud de películas sobre Drácula, pero al intentar estrujar tanto a su personaje acabaron matándo su gallina de los huevos de oro, y de las obras iniciales como "Las novias de Drácula" (1960), "Drácula, príncipe de las tinieblas" (1965), "Drácula vuelve de la tumba" (1968) o "El poder de la sangre de Drácula" (1969), se pasó al cine decadente y de mal gusto con "Las cicatrices de Drácula" (1970), "Drácula 73" (1972), la inclasificable "Los ritos satánicos de Drácula" (1972) de Alan Gibson, o la mixtura filmica de "Kung-Fu contra los siete vampiros de oro" (1974) de Roy Ward Baker, aunque según los expertos el honor de ser la película vampírica mas ridícula es una anterior a estas fechas, pese a tener a John Carradine como actor principal, y corresponde a "Billy el Niño contra Drácula" (1965) del lamentable William Beaudine. Durante esos años la productora británica introdujo un nuevo elemento que, durante muchos años, se hizo casi inseparable del cine de terror: el sexo más o menos explícito; lógicamente, en una época donde el cine crecía a la sombra de la censura, las escenas no podían ser demasiado descaradas, pero desde entonces no existió película de terror que se preciara que no incluyera algún fotograma con el pecho desnudo de una mujer.

     El cine de terror ha intentado e intenta cada cierto tiempo revivir a Drácula adaptándolo a los nuevos tiempos. Así surgió durante la blaxpoblation, época de desarrollo de la población negra en EEUU, el vampiro de raza negra en "Blácula" (1972) de William Crain, o más recientemente "Un vampiro suelto en Brooklin" (1995) de Wes Craven y protagonizada por el cómico Eddie Murphy. También el vampiro ha sido el introductor a las nuevas décadas o de nuevas caras de actores intentando alcanzar la fama de Bela Lugosi o Christopher Lee, así se hizo con Jack Palance en el "Drácula (1974) de Dan Curtis, con Frank Langella en el "Drácula 1979" (1979) de John Badham o con Gerard Butler en el moderno "Drácula 2001" (2000) de Patrick Lussier.
     Buscando nuevos aires también se jugó con el humor, pues los arcaicos intentos realizados en "Abbot y Costello contra los fantasmas" (1948), donde los clásicos actores de la Universal se parodiaban a sí mismos, ya dejaron su pequeña huella en la tipología clásica del cine de terror (siendo ahora frecuente la alternancia en estas historias del humor, del drama y del terror). Así aparecieron "El baile de los vampiros" (1967) de Roman Polansky (sin duda la mejor en este género de comedia), "Amor al primer mordisco" (1979) de Stan Dragoti y con George Hamilton como actor principal, "Transylvania 6-5000" (1985) de Rudy De Luca y protagonizada por un jovencísimo Jeff Goldblum, la aventura infantil de "Una pandilla alucinante" (1987) de Fred Dekker, "Drácula, un muerto contento y feliz" (1996) dirigida por Mels Brooks para el lucimiento de Leslie Nielsen, o "Noche de Miedo" (1985) de Tom Holland, donde Roddy McDowall interpretaba a un cobarde y televisivo doctor matavampiros.
     Ha existido también un retorno a las fuentes literarias originales tanto clásicas como modernas (siendo, eso sí, muy discutida por los puristas su fidelidad), buscando el terror primigenio con el apoyo de un buen guión, una buena ambientación y unos buenos efectos especiales. Así nos encontramos con el "Drácula de Bram Stoker" (1992) de Francis Ford Coppola o "Entrevista con el vampiro" (1994) de Neil Jordan, basada en la obra de la escritora Anne Rice, actual profeta literario del tema que nos ocupa, y que ha superado al británico Brian Lumley con su fantasiosa serie de las "Crónicas necrománticas".

     Finalmente deberíamos destacar la película "El Ansia" (1983) de Tony Scott, donde una sugerente Catherine Deneuve y un atormentado David Bowie nos muestran la parte más humanizada del vampiro, y es esa convivencia contranatura lo que en el fondo es la causa de nuestro miedo. La existencia de una 'especie diferente' a nuestro lado, que no sólo convive con nosotros sino que también se alimenta de nosotros (idea que presenta en ocasiones un transfondo sociopático y, a veces, racista), ya aparece esbozada en "Jóvenes Ocultos" (1987) de Joel Schumacher, donde existe una pequeña comunidad de jóvenes y modernos vampiros; se agudiza con "Blade" (1997) de Stephen Norrington, basada en un personaje de cómics de la Marvel, y llega hasta "Underworld" (2003) de Len Wiseman, donde la acción y los efectos especiales nos muestran la fusión de diferentes razas y donde la humana cada vez pinta menos.
Dráculas del cine: Max Schreck, Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman.
     El mito del vampiro ha cambiado, el cine de terror ha añadido pequeños detalles y el vampiro clásico ha modificado sus rasgos, gestos y personalidad, pasando de ser un solitario a constituirse en una sociedad oscura y oculta al resto de los humanos.
     Pero a nosotros, más que esta evolución, nos interesará volver a sus orígenes, a la leyenda que esbozó estos seres que han poblado nuestras pesadillas y que mucha gente cree reales. Por ello revisitaremos el mito desde el punto de vista médico para ver qué podemos aclarar...

El vampiro en la medicina: de la ficción a la realidad
     La ciencia llama "vampiro" (nombre que le dió el naturalista Buffon en 1761) al murciélago hematófago conocido como Desmodus rotundus, que vive en zonas oscuras, es de hábitos nocturnos y se alimenta de sangre. Son murciélagos de un tamaño entre los 6 y los 9 cm y un peso de 25-40 g., de pelaje denso color café grisáceo, con cara aplanada y orejas pequeñas y puntiagudas, hocico corto y labio inferior en forma de V, con incisivos superiores anchos y filosos e inferiores pequeños, siendo los caninos largos, de punta aguda y borde posterior afilado.
     Su técnica de alimentación es la siguiente: gracias a sus agudizados sentidos localiza a sus víctimas (habitualmente ganado bovino, equino o porcino) y se acerca a ellas volando, arrastrándose por el suelo o saltando, mordiéndoles en los hombros, espalda, región perianal, en las patas, pezuñas, así como en la base de los cuernos o en las orejas. Suelen atacar cuando el animal duerme, produciendo poco dolor y, gracias al anticoagulante de su saliva, hace fluir la sangre a través del canal de su labio inferior.
     La sangre consumida por el vampiro rara vez daña al animal afectado, pues suelen tomar unos 25 ml en media hora, aunque suelen acudir cada noche a alimentarse de la misma víctima, pues si pasan 48 horas sin comer mueren de inanición; curiosamente es un animal que comparte habitualmente el alimento con otros compañeros incapaces de conseguir alimento mediante la regurgitación de sangre.
     Uno de los primeros en relatar su experiencia con un vampiro de este tipo fue Gonzalo Fernández de Oviedo en su "Sumario de la Natural Historia de las Indias" (1526), ya que fue mordido por ellos y tuvo que usar el método de los indígenas para curar sus heridas.

     Si dejamos a un lado al quiróptero hematófago y nos dedicamos al vampiro como muerto viviente bebedor de sangre, veremos que ya era conocido en las leyendas de algunos países, siendo posible encontrar relatos en Inglaterra y Dinamarca durante el siglo XII que nos hablan de seres parecidos. Con el tiempo, y especialmente gracias a las novedades que aportaba el llamado Siglo de las Luces donde se vive el triunfo de la razón y el desprestigio de las supersticiones, fueron poco a poco desapareciendo. Pero años más tarde surgió una de las personas que más hizo para avivar estas creencias en el vampirismo, aunque la idea inicial era refutar su existencia, el padre benedictino Dom Agustín Calmet (1672-1757), que vulgarizó en el siglo XVIII las leyendas y fábulas de centroeuropa sobre los vampiros exponiendo en su obra "Tratado sobre los vampiros" (1746) las historias de estos seres en tierras de Austria, Hungría, Polonia, Serbia, Moravia, Silesia y Prusia, aunque también anotó casos de lugares tan distantes como Perú, Laponia o Inglaterra.
     La ola de superstición desatada por este hombre hizo que surgieran obras como "Los vampiros a la luz de la medicina" (1749) de Próspero Lambertini (que llegaría al papado con el nombre de Benedicto XIV y desde donde siguió luchando contra las falsas creencias) o el "Informe médico sobre los vampiros" (1755) de Gerald van Swieten, médico y archidiácono de María Teresa de Austria, donde tras criticar el vampirismo y considerar poco frecuente aunque dentro de la normalidad los casos de incorruptibilidad de los muertos, desacreditaba a médicos y comisarios pues en muchas ocasiones y siguiendo sus indicaciones se realizaban sacrilegios, poniendo en entredicho el buen nombre del finado, violando tumbas y ultrajando cadáveres. Pese a todo, obras que nacieron a su sombra y en contra del vampirismo como la "Dissertatione sopra i vampiri" (1774) del arzobispo de Florencia Guiseppe Davanzati, sólo consiguieron incrementar aún más la creencia en ellos.

     Convendría hacer una recapitulación sobre las posibles explicaciones sobre el fenómeno del vampirismo. La medicina ha intentado esclarecer la imagen del vampiro, no del cinematográfico (que ha sido muy desvirtuada y ha ido sumando nuevas características, a cada cual más sorprendente, según la voluntad de los guionistas o directores), si no del vampiro folklórico que inauguró el tema.
     Centrémonos entonces en el estudio médico del vampirismo:

* * *

Finalmente, para terminar y para quitarnos de los labios ese regustillo desagradable que podría dejar el tema, nos gustaría acabar con unas interesantes opiniones de Voltaire extraídas de su "Diccionario filosófico" (1764): "¿Cómo? ¿En nuestro siglo dieciocho han existido vampiros? (...) Estos vampiros eran unos muertos que salían de noche de sus cementerios para chupar la sangre de los vivos, ora del cuello, ora del vientre, después de lo cual regresaban a sus fosas. Los vivos chupados adelgazaban, palidecían, se consumían, y los muertos chupadores engordaban, su tez adquiría un tono rosado; eran del todo apetecibles. Sucedió en Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria, en Lorena; allí los muertos eran así de apreciados. No se oía hablar en absoluto de vampiros ni en Londres, ni tan siquiera en París. Confieso que en ambas ciudades existen agiotistas, restauradores, hombres de negocios que chupan, a plena luz del día, la sangre de la gente, pero, aunque corruptos, no están en absoluto muertos. Estos auténticos chupadores no habitan en cementerios sino en agradabilísimos palacios"...



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o
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.
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