ESOS MONSTRUOS |
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Los vampiros han sido las criaturas semihumanas que más fuerza han ganado gracias al cine de terror. Pese a existir multitud de leyendas y relatos sobre su existencia en todo el mundo, la criptozoología (una curiosa e interesante disciplina con aspiraciones científicas que investiga la existencia de animales desconocidos y misteriosos) nunca los ha considerado reales.
* * * Los antecedentes del vampiro cinematográfico
Muchos estudiosos han visto en Lilitû, entidad de origen babilónico que chupaba la sangre de los niños, el primer vampiro conocido. Pero entidades sobrenaturales con esa tendencia sangrienta han existido en todo el mundo, desde Akasha en Egipto hasta Hutzilopochtli en el México prehispánico, también las encontramos en China y Japón hasta Malasia o la India, entre los polinesios y los esquimales... Entre la mitología grecolatina también aparecen divinidades desencarnadas que nos recuerdan a los vampiros: las estrigas (hijas de las harpías, espantosas mujeres pájaro ávidas de sangre humana), las empusas (la seducción hecha maldad, comedoras de jóvenes de hermosos cuerpos y sangre pura) y las lamias (acechadores seres femeninos que ansiaban la carne de los hombres).
Pero un vampiro es, tal y como lo entendemos hoy, un muerto viviente obligado a beber la sangre de los vivos para prolongar indefinidamente su existencia. Evidentemente, estos seres de leyenda no se pueden definir como muertos vivientes.Muchos creen que el mito del vampiro lo inició el escritor dublinés Bram Stoker (1847-1912) con su obra "The Undead" (El Nomuerto) que publicó en 1897 con el título de "Drácula", pero nada más lejos de la realidad, pues los orígenes del vampirismo se remontan a los tiempos más remotos de la humanidad y, con anterioridad a su libro, se publicaron muchas obras literarias sobre el tema del vampiro: "Leonore" de Bürger (1773), "La novia de Corinto" de Goethe (1797), "Christabel" de Coleridge (1816), "La bella sin piedad" (1818) o "Lamia" (1820) de Keats, "La muerta enamorada" de Gautier (1836), "Las metamorfosis del vampiro" de Baudelaire (1866), "Carmilla" de Le Fanu (1871) y, especialmente, "El vampiro" de John William Polidori (1819), secretario y médico personal de Lord Byron, que creó a su personaje Lord Ruthven, un vampiro aristócrata, dominante y seductor (una imagen de Byron surgida a consecuencia de una venganza personal). Lo que sí es cierto, y eso es indiscutible, es que Stroker dió la entrada a la típica imagen del vampiro que hoy en día reconocemos todos en las películas.
Según se cuenta, Stoker se documentó sobre antiguas creencias populares de la Europa central, aunque se basó para el personaje de su novela en la figura histórica de Vlad IV (1431-1476), voivoda de Valaquia (que forma parte de la actual Rumanía) y apodado Tepes (el Empalador) o Drácula (diminutivo de Dracul, que significa el dragón o el diablo). Ha sido considerado héroe nacional por su lucha para liberar a su país de los invasores otomanos, pese a estar considerado como una de las personas más despiadadas, violentas y sanguinarias de la historia; se dice que empaló a miles de sus enemigos para su satisfacción personal, pero es bien cierto que el ajusticiamiento por la estaca era un instrumento de tortura muy utilizado en esa época por los vencedores tras las batallas, pues además de ejecutar al enemigo también servía como método disuasorio para el que se encontrara con los restos de los vencidos. Su vida se intentó llevar al cine en la película "Vlad" (2000) de Joe Chappelle.
Vlad Tepes, "el Empalador"; llamado también Drácula.
La Condesa Erzsébet Báthory, "la Condesa Sangrienta".
Aunque Stoker utilizara a Vlad Tepes para dar imagen a su vampiro, la fascinación por la sangre posiblemente vino de otro personaje histórico que también vivió en Transilvania: la condesa húngara Erzsébet Bathory (1560-1614), más conocida como "la Condesa Sangrienta", que con el fin de mantenerse joven, desangró a unas 300 doncellas de los pueblos de los alrededores de su castillo de Csejthe para beber su sangre y bañarse con ella. Su historia también ha sido llevada al cine con mejor o peor fortuna en la italiana "I Vampiri" (1956) de Riccardo Freda o la americana "La condesa Drácula" (1970) de Peter Sasdy.El vampiro entra en el cine
La filmografía vampírica es muy extensa, quizá la más extensa del cine de terror, y éste no es el lugar adecuado para tratarla a fondo. Sí que será interesante, por el contrario, que descubramos cómo el cine de terror ha intentado asustarnos con el mito del vampiro.
La primera película sobre Drácula que se realizó fue "Nosferatu, el vampiro" (1920) de Murnau, aunque el vampiro se llamara Orlok en vez de Drácula y el resto de los personajes tuvieran nombres distintos a los originales.La causa de esta diferencia se encuentra en que la viuda de Stoker no quiso ceder los derechos de la novela, por lo que la película se hizo de forma ilegal; por suerte, aunque se intentaron destruir todas las copias, algunas ya se habían distribuido a otros países por lo que nos ha podido llegar esta pequeña obra maestra del temprano expresionismo alemán. Posiblemente esta es la causa de que la aristocrática y elegante figura del conde que todos conocemos apareciera aquí con severos cambios: un ser delgado, desgarbado, de largos brazos con grandes manos y uñas curvadas, calvo, de nariz ganchuda, orejas puntiagudas e incisivos anteriores largos y puntiagudos con colmillos normales (esta imagen, más aterradora que la típica del vampiro, se repitió poco en el cine, la vemos en "Nosferatu, el vampiro de la noche" (1979) de Werner Herzog -remake del original- y "El misterio de Salem´s Lot" (1979) de Tobe Hooper -adaptación televisiva de una novela de Stephen King-, sin mencionar la interesante "La sombra del vampiro" (2000) de Elias Merhige, obra donde se retoma una leyenda creada en el rodaje de la obra original de Murnau y que obtuvo 2 nominaciones a los Oscar.
Aunque existían películas anteriores a la de Murnau -como "Vampydanserinden" (1911) o "Der Vampyr (1919)- y posteriores -"Vampiry Warzawy" (1925)- que trataron el vampirismo, no fue hasta unos años más tarde, cuando la Universal decide llevar al cine la obra de Stoker, que el vampiro entra de lleno en la cultura occidental. El "Drácula" (1931) de Tod Browning, con los derechos de la obra original aunque su fidelidad fue prácticamente nula, fue interpretado por Bela Lugosi, actor húngaro de teatro que con su palidez natural y su acento extranjero, dió vida al vampiro por excelencia, aportando a las pesadillas populares un ser silencioso, varonil, de buenos modales, de mirada hipnotizadora y seductor; en esta película se estableció una relación del vampiro con la sexualidad que ha perdurado hasta la actualidad (la publicidad, por ejemplo, no hablaba de vampiros si no de una "extraña historia de amor").
Pese a que la película de Browning dió el pistoletazo de salida al cine de terror, el personaje del vampiro no regresó hasta unos años más tarde con "La hija de Drácula (1936), "El hijo de Drácula" (1943), "La zíngara y los monstruos" (1944) y "La mansión de Drácula" (1945), películas que poco aportaron al mito.
El más clásico: Bela Lugosi
en "Drácula", de Tod Browning (1931).
Durante la década de los 50 se pudo entrever un intento de aproximar más el terror al espectador. En "El regreso de Drácula" (1958) de Francis Lederer, surgieron los adolescentes como protagonistas, un intento de aproximar a los más habituales espectadores de este tipo de películas, y la aparición momentánea del color para sugerir la realidad de la sangre, pues aunque la película se rodó en blanco y negro, hay una escena donde la muerte de una vampira salpica de rojo la pantalla.
Posiblemente fue la aparición del color una de las razones del éxito de la productora británica Hammer, donde predominaron las escenas sangrientas (muchas abusaron de lo que un público finalmente saturado llegó a denominar jocosamente como "salsa de tomate"), argumentos más agresivos y violencia explícita. Con el "Drácula" (1958) de Terence Fisher aparece un nuevo estilo vampírico, más agresivo y sensual, donde de la mano del actor Christopher Lee Drácula se vuelve representante de la erotización de las mujeres; también aquí tomó fuerza la dualidad, clásica ya en muchas películas de terror, de la lucha interminable entre el Bien y el Mal, gracias a la interpretación que Peter Cushing hace del profesor Van Helsing; esta lucha se ha endurecido todavía más en obras tan recientes como "Van Helsing" de Stephen Sommers realizada en 2004), que bebe en el espíritu de "Vampiros" (1998) de John Carpenter.
La Hammer vivió una época dorada hasta los años 70 realizando multitud de películas sobre Drácula, pero al intentar estrujar tanto a su personaje acabaron matándo su gallina de los huevos de oro, y de las obras iniciales como "Las novias de Drácula" (1960), "Drácula, príncipe de las tinieblas" (1965), "Drácula vuelve de la tumba" (1968) o "El poder de la sangre de Drácula" (1969), se pasó al cine decadente y de mal gusto con "Las cicatrices de Drácula" (1970), "Drácula 73" (1972), la inclasificable "Los ritos satánicos de Drácula" (1972) de Alan Gibson, o la mixtura filmica de "Kung-Fu contra los siete vampiros de oro" (1974) de Roy Ward Baker, aunque según los expertos el honor de ser la película vampírica mas ridícula es una anterior a estas fechas, pese a tener a John Carradine como actor principal, y corresponde a "Billy el Niño contra Drácula" (1965) del lamentable William Beaudine. Durante esos años la productora británica introdujo un nuevo elemento que, durante muchos años, se hizo casi inseparable del cine de terror: el sexo más o menos explícito; lógicamente, en una época donde el cine crecía a la sombra de la censura, las escenas no podían ser demasiado descaradas, pero desde entonces no existió película de terror que se preciara que no incluyera algún fotograma con el pecho desnudo de una mujer.El cine de terror ha intentado e intenta cada cierto tiempo revivir a Drácula adaptándolo a los nuevos tiempos. Así surgió durante la blaxpoblation, época de desarrollo de la población negra en EEUU, el vampiro de raza negra en "Blácula" (1972) de William Crain, o más recientemente "Un vampiro suelto en Brooklin" (1995) de Wes Craven y protagonizada por el cómico Eddie Murphy. También el vampiro ha sido el introductor a las nuevas décadas o de nuevas caras de actores intentando alcanzar la fama de Bela Lugosi o Christopher Lee, así se hizo con Jack Palance en el "Drácula (1974) de Dan Curtis, con Frank Langella en el "Drácula 1979" (1979) de John Badham o con Gerard Butler en el moderno "Drácula 2001" (2000) de Patrick Lussier.
Buscando nuevos aires también se jugó con el humor, pues los arcaicos intentos realizados en "Abbot y Costello contra los fantasmas" (1948), donde los clásicos actores de la Universal se parodiaban a sí mismos, ya dejaron su pequeña huella en la tipología clásica del cine de terror (siendo ahora frecuente la alternancia en estas historias del humor, del drama y del terror). Así aparecieron "El baile de los vampiros" (1967) de Roman Polansky (sin duda la mejor en este género de comedia), "Amor al primer mordisco" (1979) de Stan Dragoti y con George Hamilton como actor principal, "Transylvania 6-5000" (1985) de Rudy De Luca y protagonizada por un jovencísimo Jeff Goldblum, la aventura infantil de "Una pandilla alucinante" (1987) de Fred Dekker, "Drácula, un muerto contento y feliz" (1996) dirigida por Mels Brooks para el lucimiento de Leslie Nielsen, o "Noche de Miedo" (1985) de Tom Holland, donde Roddy McDowall interpretaba a un cobarde y televisivo doctor matavampiros.
Ha existido también un retorno a las fuentes literarias originales tanto clásicas como modernas (siendo, eso sí, muy discutida por los puristas su fidelidad), buscando el terror primigenio con el apoyo de un buen guión, una buena ambientación y unos buenos efectos especiales. Así nos encontramos con el "Drácula de Bram Stoker" (1992) de Francis Ford Coppola o "Entrevista con el vampiro" (1994) de Neil Jordan, basada en la obra de la escritora Anne Rice, actual profeta literario del tema que nos ocupa, y que ha superado al británico Brian Lumley con su fantasiosa serie de las "Crónicas necrománticas".Finalmente deberíamos destacar la película "El Ansia" (1983) de Tony Scott, donde una sugerente Catherine Deneuve y un atormentado David Bowie nos muestran la parte más humanizada del vampiro, y es esa convivencia contranatura lo que en el fondo es la causa de nuestro miedo. La existencia de una 'especie diferente' a nuestro lado, que no sólo convive con nosotros sino que también se alimenta de nosotros (idea que presenta en ocasiones un transfondo sociopático y, a veces, racista), ya aparece esbozada en "Jóvenes Ocultos" (1987) de Joel Schumacher, donde existe una pequeña comunidad de jóvenes y modernos vampiros; se agudiza con "Blade" (1997) de Stephen Norrington, basada en un personaje de cómics de la Marvel, y llega hasta "Underworld" (2003) de Len Wiseman, donde la acción y los efectos especiales nos muestran la fusión de diferentes razas y donde la humana cada vez pinta menos.
El mito del vampiro ha cambiado, el cine de terror ha añadido pequeños detalles y el vampiro clásico ha modificado sus rasgos, gestos y personalidad, pasando de ser un solitario a constituirse en una sociedad oscura y oculta al resto de los humanos.
Dráculas del cine: Max Schreck, Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman.
Pero a nosotros, más que esta evolución, nos interesará volver a sus orígenes, a la leyenda que esbozó estos seres que han poblado nuestras pesadillas y que mucha gente cree reales. Por ello revisitaremos el mito desde el punto de vista médico para ver qué podemos aclarar...El vampiro en la medicina: de la ficción a la realidad
La ciencia llama "vampiro" (nombre que le dió el naturalista Buffon en 1761) al murciélago hematófago conocido como Desmodus rotundus, que vive en zonas oscuras, es de hábitos nocturnos y se alimenta de sangre. Son murciélagos de un tamaño entre los 6 y los 9 cm y un peso de 25-40 g., de pelaje denso color café grisáceo, con cara aplanada y orejas pequeñas y puntiagudas, hocico corto y labio inferior en forma de V, con incisivos superiores anchos y filosos e inferiores pequeños, siendo los caninos largos, de punta aguda y borde posterior afilado.
Su técnica de alimentación es la siguiente: gracias a sus agudizados sentidos localiza a sus víctimas (habitualmente ganado bovino, equino o porcino) y se acerca a ellas volando, arrastrándose por el suelo o saltando, mordiéndoles en los hombros, espalda, región perianal, en las patas, pezuñas, así como en la base de los cuernos o en las orejas. Suelen atacar cuando el animal duerme, produciendo poco dolor y, gracias al anticoagulante de su saliva, hace fluir la sangre a través del canal de su labio inferior.
La sangre consumida por el vampiro rara vez daña al animal afectado, pues suelen tomar unos 25 ml en media hora, aunque suelen acudir cada noche a alimentarse de la misma víctima, pues si pasan 48 horas sin comer mueren de inanición; curiosamente es un animal que comparte habitualmente el alimento con otros compañeros incapaces de conseguir alimento mediante la regurgitación de sangre.
Uno de los primeros en relatar su experiencia con un vampiro de este tipo fue Gonzalo Fernández de Oviedo en su "Sumario de la Natural Historia de las Indias" (1526), ya que fue mordido por ellos y tuvo que usar el método de los indígenas para curar sus heridas.Si dejamos a un lado al quiróptero hematófago y nos dedicamos al vampiro como muerto viviente bebedor de sangre, veremos que ya era conocido en las leyendas de algunos países, siendo posible encontrar relatos en Inglaterra y Dinamarca durante el siglo XII que nos hablan de seres parecidos. Con el tiempo, y especialmente gracias a las novedades que aportaba el llamado Siglo de las Luces donde se vive el triunfo de la razón y el desprestigio de las supersticiones, fueron poco a poco desapareciendo. Pero años más tarde surgió una de las personas que más hizo para avivar estas creencias en el vampirismo, aunque la idea inicial era refutar su existencia, el padre benedictino Dom Agustín Calmet (1672-1757), que vulgarizó en el siglo XVIII las leyendas y fábulas de centroeuropa sobre los vampiros exponiendo en su obra "Tratado sobre los vampiros" (1746) las historias de estos seres en tierras de Austria, Hungría, Polonia, Serbia, Moravia, Silesia y Prusia, aunque también anotó casos de lugares tan distantes como Perú, Laponia o Inglaterra.
La ola de superstición desatada por este hombre hizo que surgieran obras como "Los vampiros a la luz de la medicina" (1749) de Próspero Lambertini (que llegaría al papado con el nombre de Benedicto XIV y desde donde siguió luchando contra las falsas creencias) o el "Informe médico sobre los vampiros" (1755) de Gerald van Swieten, médico y archidiácono de María Teresa de Austria, donde tras criticar el vampirismo y considerar poco frecuente aunque dentro de la normalidad los casos de incorruptibilidad de los muertos, desacreditaba a médicos y comisarios pues en muchas ocasiones y siguiendo sus indicaciones se realizaban sacrilegios, poniendo en entredicho el buen nombre del finado, violando tumbas y ultrajando cadáveres. Pese a todo, obras que nacieron a su sombra y en contra del vampirismo como la "Dissertatione sopra i vampiri" (1774) del arzobispo de Florencia Guiseppe Davanzati, sólo consiguieron incrementar aún más la creencia en ellos.Convendría hacer una recapitulación sobre las posibles explicaciones sobre el fenómeno del vampirismo. La medicina ha intentado esclarecer la imagen del vampiro, no del cinematográfico (que ha sido muy desvirtuada y ha ido sumando nuevas características, a cada cual más sorprendente, según la voluntad de los guionistas o directores), si no del vampiro folklórico que inauguró el tema.
Centrémonos entonces en el estudio médico del vampirismo:
- Deberíamos empezar por una explicación tan simple y, a la vez, tan compleja y verosímil como fueron las epidemias de peste (enfermedad infecciosa producida por la Yersinia pestis, transmitida por las pulgas de las ratas y otros roedores) que convirtieron en endémico al vampirismo. Curiosamente este fenómeno se refleja en obras cinematográficas como el "Nosferatu" de Murnau o de Herzog.
Durante el siglo XIV, especialmente en Prusia oriental, Silesia y Bohemia, para evitar el contagio, las víctimas de la enfermedad eran enterradas rápidamente sin constatar la muerte clínica. Muchos de ellos sufrieron por ello una larga y atroz agonía, infligiéndose heridas en su intento de escapar de su cárcel de madera. No es de extrañar, por tanto, que al abrir los ataúdes se encontraran al cadáver conservado y con manchas de sangre, lo que a falta de una explicación mejor estimularía la imaginación supersticiosa de las gentes atribuyéndoles una condición de vampiros, y que los ingleses denominaron de una forma más o menos técnica como cadaver sanguisugus.
A esta creencia ayudó indudablemente los conceptos desarrollados por el cristianismo que, basados en la idea neoplatónica de la vida después de la muerte, fomentaron la idea de la corrupción del cuerpo y la supervivencia del alma hasta el día del Juicio Final, teniendo la posibilidad de acceder a este estado todos aquellos que murieran arrepentidos de sus pecados y que hubieran recibidos los últimos sacramentos. Con esta fórmula, todos aquellos que no fueran enterrados en tierra consagrada (especialmente los suicidas y los excomulgados) y los que no hubieran recibido la extramaunción, podrían convertirse en espectros corpóreos o vampiros.
Epidemias: "La peste de Tournai", Gilles de Nuisit, 1349.
- Otro dato importante a remarcar en este sentido fue la creencia en la afectación de los vecinos y familiares allegados al presunto vampiro. Las víctimas del vampiro presentaban una severa palidez acompañada de intensa fatiga, cansancio y respiración entrecortada. Este fenómeno tiene una sencilla explicación si pensamos en una enfermedad clásica, la anemia, un déficit en la cantidad o calidad de los glóbulos rojos de la sangre encargados de transportar el oxígeno a todo el cuerpo.
Aunque casi siempre se atribuía a la pérdida de sangre, lo cierto es que en esa época era frecuente la desnutrición (incrementada en periodos de epidemias), cuando no por ayunos con motivaciones religiosas que tenían el objetivo de purgar los pecados y verse libre del peligro de la peste.
- Aunque pensamos que es una explicación traída algo por los pelos, también hay quien ha querido ver en los enfermos de antrax o carbunco (enfermedad muy contagiosa de los animales producida por el Bacillus anthracis y que puede transmitirse al hombre, capaz de crear gravísimas epidemias) la sintomatología de la persona atacado por los vampiros. En este caso los afectados presentan fiebre alta, sed intensa, convulsiones, afectación respiratoria y alucinaciones que se atribuyen a la falta de oxígeno, por lo que la sensación de asfixia por parte de la víctima podía ser expresada como el estrangulamiento a manos de un vampiro.
- Si que existe, por contra, una enfermedad infecciosa que lo explicaría mejor, especialmente cuando el auge del vampirismo coincidió con epidemias de este tipo en las regiones balcánicas durante los siglos XVI y XVII, siendo la más importante la ocurrida en Hungría entre 1721 y 1728. Nos referimos a la rabia, una enfermedad producida por un virus RNA de la familia rabdoviridae que se transmite de los animales a los humanos. Hay que destacar que muchos de los animales que han sido relacionados con los vampiros son portadores habituales de la enfermedad: perros, lobos y, cómo no, murciélagos. Puntualicemos también que un dato que nos hace pensar en ello es que un médico anónimo ya defendió en 1733 que el vampirismo era una enfermedad contagiosa de una naturaleza parecida a la que sobreviene tras la mordedura de un perro rabioso...
El hecho de que la mordedura de un vampiro convirtiera a la víctima en otro vampiro, quedaría explicado por el método habitual de transmisión de la enfermedad. Además, el largo periodo de incubación (habitualmente entre 1 y 3 meses), la sensación anormal expresada como parestesias o dolor en la zona de mordedura, y la sintomatología inespecífica inicial (fiebre, pérdida de apetito, fatiga, depresión, temor, ansiedad y sueños angustiosos) ayudarían a creer en una progresiva transformación de una persona al estado vampírico.
La rabia puede manifestarse en un bajo porcentaje de casos como "rabia paralítica", aunque lo más frecuente es la llamada "rabia furiosa", con una sintomatología extrapolable a lo que se dice sobre los vampiros. Aquí se desarrolla un cuadro de encefalitis, con una predilección del virus por afectar al sistema límbico (importante en el control de las emociones y la conducta), siendo frecuente la inquietud y agitación creciente que puede llegar hasta la agresividad, insomnio persistente con alteración del ritmo del sueño y modificaciones de la conducta sexual que suele expresarse como hipersexualidad.
Son frecuentes los espasmos musculares que afectan al área facial, faríngea y laríngea, favoreciendo que el paciente emita sonidos roncos y ahogados, y que se produzca una retracción de los labios de forma que asoman los dientes como si fuera un animal. También presentan una exaltación de los reflejos, originando accesos de furor maníaco frente a pequeños estímulos, como son los leves contactos, las corrientes de aire, la luz, los ruídos, ciertos olores o a excitaciones mínimas como ver su imagen reflejada en un espejo; más característica es la reacción frente al agua provocando la hidrofobia, nombre por el cual se conoce también a esta enfermedad, que origina un fuerte espasmo faríngeo que origina intensos dolores al intentar tragar agua o simplemente con su visión (¿sería extrapolable al agua bendita?); igualmente a veces presentan problemas para tragar su propia saliva, por lo que gotea por su boca formando espumarrajos. Las pesadillas y las alucinaciones también suelen estar presentes en este tipo de cuadro florido de la rabia.
Existe también otra enfermedad, no infecciosa si no hereditaria, que clásicamente se ha alzado con el título de "enfermedad de los vampiros" y que, aunque curiosa y merecedora de estudio, no creemos que explique las formas epidémicas del vampirismo ya que es muy poco frecuente, existiendo hoy en día cerca de 250 casos diagnosticados con seguridad (aunque es posible que muchos estén en el archiconocido "cajón de sastre" de los médicos). Hablamos de la porfiria, especialmente en su manifestación más amplia, la llamada porfiria eritropoyética congénita o enfermedad de Günther en honor de su descriptor.
¿Dos enfermedades vampíricas?: la rabia, una infección por
rabdovirus y la porfiria eritropoyética congénita, también
llamada enfermedad de Günther.
Las porfirias se producen por errores del metabolismo de las porfirinas, pigmentos precursores de la hemoglobina (ya que forman parte del grupo Hemo de la misma) que se encarga del transporte de oxígeno en la sangre y le da su característico color rojo. Un defecto en el ADN produce una alteración de la actividad enzimática encargada de producir las porfirinas, incrementando su velocidad de formación y produciendo una acumulación excesiva de las mismas.
El depósito de porfirinas en la piel sería causa de una de las características principales que se atribuyen a los vampiros, ya que provoca una hipersensibilidad a ciertas radiaciones del espectro solar (las de 400 nm de longitud de onda y en menor grado las de 500 a 600 nm), lo que desencadena un proceso de producción de peróxidos que, al liberar oxígeno atómico en los tejidos, provoca la destrucción celular. Esta exquisita fotosensibilidad hace que la exposición a la luz solar origine un fuerte enrrojecimiento cutáneo, con formación de ampollas que se infectan fácilmente y forman erosiones y úlceras que al cicatrizar dejan marcas y deformaciones en la zona afectada; la piel se agrieta y con la exposición solar es frecuente que sangre con facilidad.
Por otro lado, la clásica "facies vampírica" se explicaría cuando las lesiones faciales son extensas y por su caracter recidivante se vuelven mutilantes, destruyendo los labios (que dejan la dentadura al descubierto, aparentando ser los dientes de mayor tamaño que el normal), así como los cartílagos de la nariz (mostrando frontalmente los agujeros nasales) o los auriculares (dando ocasionalmente un aspecto puntiagudo a las orejas). Al acumularse las porfirinas, los ojos pueden aparecer de color rojizo así como los dientes (donde aparece la llamada eritrodoncia por el depósito porfirínico en la dentina).
Por otra parte, los defectos en la producción de hemoglobina da lugar a un cuadro de anemia hemolítica con toda la sintomatología características de las anemias, siendo llamativa la palidez general tal y como presenta la imagen clásica del vampiro. Un tratamiento habitual son las transfusiones de sangre o del grupo Hemo, que no sólo mejoran la anemia sino que frenan la producción de porfirinas; muchos han alegado que por esa razón los vampiros ansían la sangre, pero aunque antiguamente la terapéutica médica para las anemias incluía beber sangre de otros animales, lo cierto es que los jugos digestivos la destruirían (y mucha sangre tendrían que ingerir para que pudiera absorberse una mínima parte del grupo Hemo)
Para completar el cuadro, el organismo actúa y en un intento de proteger la piel del sol, desarrolla un hirsutismo o desarrollo anormal del vello en la frente, pómulos y extremidades, afectando a zonas tan poco habituales como las palmas de las manos (característica que Bram Stoker narra en su novela al describir por primera vez al conde Drácula).
Existe un dato muy curioso y que anima mucho a los amantes de las explicaciones vampíricas. Nos referimos al efecto que tiene el ajo para ahuyentar a los vampiros; el ajo ha sido casi un estandarte, junto al limón, para los defensores de la medicina natural, ya que le atribuyen propiedades antisépticas, antiparasitarias, expectorantes o hipotensivas. En 1978 se expuso a la comunidad científica que algunos extractos del ajo producirían un bloqueo de la coagulación de la sangre al inhibir la agregación plaquetaria; por otra parte, el grupo Hemo que forma parte del citocromo P-450 podría ser destruído por uno de los elementos del ajo, el alquildisulfuro. Quizá por ello, los vampiros porfíricos huirían de él, pues su ingesta u olor podría agravar rápidamente su estado de salud.
Este tipo de porfiria no trastorna, curiosamente, la sensación de bienestar del enfermo, aunque por el tipo de vida al que se encuentra sometido es frecuente que altere las facultades mentales, lo que podría explicar las obsesiones y crueldades que se atribuyen a los vampiros.
Aunque la teoría porfírica del vampirismo no explica bien las epidemias de vampiros, se ha intentado acercar al mito en base a la suposición de que al darse antiguamente entre clases nobles (donde era frecuente el derecho de pernada feudal) sería de suponer una diversificación del material genético del afectado de porfiria entre el pueblo llano, por lo que se podrían producir varios casos en un mismo periodo y con relativa frecuencia, explicando además los casos de vampirización dados en el entorno familiar del supuesto vampiro original. Por otra parte, entre las diversas variedades de la porfiria (especialmente en las variedades aguda intermitente, variegata y coproporfiria) puede desencadenarse una crisis por la ingesta de determinados medicamentos como los anticonceptivos, el diazepam, el fenobarbital, la metoclopramida (entre otros muchos más) o, más especialmente en el tema que nos ocupa, por la toma de alcohol o incluso por el estres intenso (situación que se crearía con relativa facilidad en el ámbito supersticioso y aterrador de la creencia en los ataques vampíricos).
- Finalmente deberíamos destacar un origen etiológico del mito que, por desgracia, se va a repetir con cierta frecuencia en nuestra galería de monstruos del cine. Hablamos de las enfermedades mentales.
Ya hemos hablado de las crisis neuropsiquiátricas que pueden aparecer tanto en la rabia como en la porfiria, pero en este apartado nos ceñiremos específicamente a la patología psiquiátrica, aunque no nos extenderemos mucho, ya que volveremos al tema en el capítulo que dedicaremos a los "Psicópatas y maníacos" cinematográficos.
- La historia nos ha dejado una serie de personajes a los que se le ha atribuído una atracción patológica por la sangre humana. Desde el caballero Guilles de Rais (1400-1440), antiguo compañero de armas de Juana de Arco, que buscando en la sangre el secreto de la piedra filosofal torturó y dió muerte a unos 300 niños, hasta la ya conocida condesa Erzsébet Bathory, que supuestamente bebía sangre de doncellas para mantenerse joven.
- El primer vampiro moderno fue el húngaro Bela Kiss que inició sus actividades en 1912 a raíz de la infidelidad de su joven esposa; cuando se fue a la guerra dos años después y no volvió, se le supuso muerto, y al entrar en sus propiedades las autoridades descubrieron 2 barriles metálicos con los cuerpos de su mujer y su vecina, posteriormente encontraron otros 17 barriles más con otras tantas mujeres en su interior que habían sido estranguladas pero, además, presentaban unas heridas en el cuello no encontrando ni una gota de sangre en sus cuerpos. Bela Kiss nunca fue encontrado, y se le consideró un desaparecido de la guerra.
- Pero la fama de vampiro la tuvo mayormente el alemán Peter Kürten (1883-1931), más conocido como "El Vampiro de Düsseldorf", que inició sus actividades de muy joven, torturando y matando a animales, a los 5 años intentó ahogar a un compañero mientras jugaban en una embarcación y a los 9 años preparó un accidente en el que murieron dos muchachos. Pese a sus maneras apacicles y su aspecto imperturbable, pese a ser considerado por sus vecinos como una persona seria, honesta y amabla, fue condenado por diversos delitos como robo, asalto o deserción de sus obligaciones militares. Su primer homicidio, una niña de 8 años, tuvo lugar en 1913, y al final de su vida fue acusado de 9 asesinatos y siete intentos de asesinato. Murió sin arrepentirse de sus actos y sin sufrir remordimientos por ellos; su pasión por la sangre le hizo decir antes de ser guillotinado: "Después de que me decapiten, podré oir por un momento el sonido de mi propia sangre al correr por mi cuello... Ese será el placer para terminar con todos los placeres". Esta historia fue llevada al cine como "M el vampiro de Düsseldorf" de Fritz Lang (1931), donde Peter Lorre hacía una magnífica interpretación del asesino.
"El Vampiro", de Edvard Munch (1895).
- Otros muchos asesinos han sido definidos como vampiros por su atracción por la sangre. Brevemente podríamos citar a Martin Dumollard que mató a varias mujeres en Francia en 1861 y se bebió su sangre; también en Francia en 1878 Joseph Vacher se bebió la sangre de una docena de sus víctimas; en Italia Vincenzo Verzenia asesinó a dos mujeres para beber su sangre y Eusebius Pleydagnelle mató a seis mujeres por el mismo motivo; en Polonia Stanislav Modziellewski y Juan Koltrun, el llamado "Vampiro de Podlaski", obtuvieron fama porque bebieron la sangre de sus víctimas; el argentino Florencio Roque Fernandez; en la década de los 70 fueron descubiertos el milanés Rantao Antonio Cirillo y Richard Trenton Chase, "El Vampiro de Sacramento", que según dijo necesitaba beber sangre para renovar la suya; la californiana Deborah Finch en 1992 que ingirió la sangre de su víctima tras un supuesto pacto suicida; el conocido John Crutchley que, entre otros asesinatos sangrientos, mantuvo en 1985 prisionera a una de sus víctimas para poder beber su sangre poco a poco; Marcello de Andrade que mató en 1991 a 14 jóvenes en Río de Janeiro para rejuvenecerse con su sangre; tenemos a Magdalena Solís, una mujer mexicana que desarrolló una psicosis teológica al creerse una diosa y organizó un culto pseudoreligioso y orgiástico con sacrificios humanos que terminaban bebiéndose la sangre de sus víctimas; James Riva, que fascinado por los vampiros desde los 13 años, mató a su abuela en 1980 para beber su sangre como método defensivo, pues creía que era una vampira que se alimentaba de él mientras dormía...
Por desgracia la lista es larga y podríamos continuar con el famoso Fiedrich Haarman "El Vampiro de Hannover" y seguir con Wayne Boden "El Vampiro Violador", Nicolas Claux "El Vampiro de París", etc... así como otros que han sido apodados vulgarmente por la gente o mayormente por los medios de comunicación como "vampiros" o "dráculas"...
- Han existido también fraudes vampíricos en los asesinos en serie; el ejemplo más llamativo es el de John George Haigh, apodado como "El Vampiro de Londres", que utilizó la imagen del vampiro para crear el terror en la mente de las personas y, pese a que no se encontraron evidencias de que bebiera la sangre de sus víctimas ni de que actuara bajo ningún tipo de compulsión por ella, alegó el vampirismo para que le declararan incapacitado mental cuando lo arrestaron en 1949.
- Es de destacar que la psiquiatría se ha interesado por estos casos de conducta anormal donde hay una necesidad compulsiva de sentir o ingerir la sangre, existiendo o no el autoengaño creencial de ser un vampiro. Muchos han sido diagnosticados como psicóticos o esquizofrénicos, aunque otros han definido su enfermedad como lo que podría encuadrarse en el llamado "vampirismo clínico" y que se ha intentado renombrar como Síndrome de Rensfield, en referencia al personaje enfermo mental y siervo de Drácula que aparece en la obra de Stoker, un comedor compulsivo de moscas y arañas cuyo fin era el de absorberles su fuerza vital.
Pese a que este síndrome no está establecido ni aceptado completamente por el mundo médico, el psicólogo Richard Noll, en su libro "Bizarre Diseases of the Mind" (1990), dice que suele producirse con mayor frecuencia en los varones, e intenta establecer una serie de fases en su desarrollo: 1) Infancia: el primer estadío suele producirse durante la infancia, cuando el niño se ve involucrado en un incidente sangriento en el que descubre la excitación de la sangre; 2) Autovampirismo: donde descubre el placer que le provoca la visión o el sabor de su propia sangre; 3) Zoofagia: donde pasan a probar la sangre de animales, siendo especialmente atraídos por los denominados animales de compañía; y 4) Vampirismo clínico: es el estado más avanzado del síndrome, en el que pasa a ingerir voluntariamente la sangre de otros seres humanos mordiendo a las víctimas por placer, lo que les proporciona una enorme satisfacción hasta llegar al éxtasis, ya que el sabor de la sangre actúa para ellos como si fuera una droga.
- Aunque ya hemos comentado antes que en el capítulo correspondiente estudiaríamos a los psicópatas criminales, para poner el punto psiquiátrico final al tema que nos ocupa, no debemos olvidarnos de destacar a un "vampiro" que surgió recientemente influenciado de forma directa por el cine. Hablamos de Allan Menzies, un joven escocés de 22 años adicto al cine y que se obsesionó con la película "Queen of the Dammed" ("La Reina de los Condenados") de Michael Rymer (2002), según declaró posteriormente a su detención tras matar a Thomas McKendrick (un amigo de 21 años que le facilitó la película por primera vez), vió la película más de cien veces durante ese mes y al final hizo un pacto con Akasha, la vampiresa interpretada por la fallecida cantante estadounidense Aaliyah, para que le convirtiera en inmortal si mataba a alguien. Cuando un día su amigo se burló e hizo comentarios sexuales sobre la actriz, Allan se abalanzó sobre él, le asestó 42 puñaladas y le destrozó la cabeza con más de 10 martillazos; finalmente se bebió su sangre y se comió parte de su cerebro. Durante el juicio no se mostró arrepentido en ningún momento e insistía en haberse convertido en un vampiro inmortal; el juez dictó sentencia el año 2003 condenándolo a cumplir al menos 18 años en prisión sin posibilidad de salir en libertad condicional, opinando que era "un demonio, violento y altamente peligroso, no apto para estar en libertad".* * *
Finalmente, para terminar y para quitarnos de los labios ese regustillo desagradable que podría dejar el tema, nos gustaría acabar con unas interesantes opiniones de Voltaire extraídas de su "Diccionario filosófico" (1764): "¿Cómo? ¿En nuestro siglo dieciocho han existido vampiros? (...) Estos vampiros eran unos muertos que salían de noche de sus cementerios para chupar la sangre de los vivos, ora del cuello, ora del vientre, después de lo cual regresaban a sus fosas. Los vivos chupados adelgazaban, palidecían, se consumían, y los muertos chupadores engordaban, su tez adquiría un tono rosado; eran del todo apetecibles. Sucedió en Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria, en Lorena; allí los muertos eran así de apreciados. No se oía hablar en absoluto de vampiros ni en Londres, ni tan siquiera en París. Confieso que en ambas ciudades existen agiotistas, restauradores, hombres de negocios que chupan, a plena luz del día, la sangre de la gente, pero, aunque corruptos, no están en absoluto muertos. Estos auténticos chupadores no habitan en cementerios sino en agradabilísimos palacios"...
Continúa con:
FRANKENSTEIN
o
EL HOMBRE DE RETALES.
El Morador del Mitnal