ESOS MONSTRUOS |
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Frankenstein siempre será para muchos ese monstruo anónimo que sólo heredó de su padre el apellido. Un ser nacido contra su voluntad, como todos nosotros, pero que asumió su existencia e intentó vivir y morir bajo sus reglas. Pero también se ha convertido en el paradigma de la ciencia por excelencia, la frontera oscura y tenebrosa que quiere, o debe, establecer los límites a la investigación científica. * * * La creación de la vida: los antecedentes del monstruo
El famoso monstruo creado en un laboratorio científico y formado por restos de cuerpos humanos, tiene su origen en la obra literaria de una mujer, Mary Godwin Wollstonecraft (1797-1851), más conocida como Mary Shelley debido a que adoptó posteriormente el apellido de su marido, el poeta romántico Percy Bysshe Shelley, y que tituló "Frankenstein o El Moderno Prometeo" (1818).
Mucho se ha discutido sobre los antecedentes reales de esta obra y sería interesante conocerlos para introducirnos, con un correcto punto de vista, en este artículo.
La idea general y más extendida es que existen tres fuentes en las que bebe la idea del ser artificial: la tradición clásica, el esoterismo y los avances científicos de la época.
- El primer dato lo podemos encontrar en el propio subtítulo de la obra: 'El Moderno Prometeo'.
En la cultura grecolatina existe la figura mitológica de Prometeo, un titán hijo de Japetos y la oceánida Klimene (según Hesiodo). La leyenda mitológica cuenta que Prometeo formó a los hombres modelándolos con el limo de la tierra e infundiéndoles posteriormente la vida. Según los diversos autores, ya su hermano Epimeteo ya la diosa Atenea, distribuyeron las diversas características entre los seres vivos otorgando al hombre el temor de la liebre, la sutileza de la zorra, la ambición del pavo real, la ferocidad del tigre y la fuerza del león, pero como Prometeo los encontrara sin abrigo, sin calzado y desnudos frente a las inclemencias del tiempo, decidió robar la sabiduría de las artes de Hefaistos así como el fuego de su taller, lo que permitió a éstos evolucionar rápidamente. La tendencia de Prometeo a ser más amigo de los hombres que de los dioses, hizo que una vez engañara al mismo Zeus durante el sacrificio de un buey con el fin de favorecer a sus protegidos; Zeus enfadado, decidió castigar a los hombres privándoles del uso del fuego. Entonces Prometeo, en rápida respuesta, decidió procurárselo nuevamente y robó la semilla del fuego de las ruedas del carro del Sol y lo trajo de vuelta a la Tierra. Zeus, cada vez más enfadado y envidioso del bienhechor de la raza humana, lo hizo encadenar en una piedra de un monte del Cáucaso jurando que nunca lo desencadenaría; alli un águila le devoraba continuamente el hígado durante el día, el cual se regeneraba por las noches para que el ave volviera a devorárselo al llegar la aurora. Este castigo terminó cuando Hércules mató con una flecha al águila, liberando al prisionero del castigo (Zeus no se indignó por ello, pues el orgullo de las proezas realizadas por su hijo hizo que no protestara).
El mito de Prometeo, en su esencia más simbólica, ha llegado hasta nuestros días y ha sido versionado por muy diversos autores como Hesíodo, Esquilo, Platón, Goethe, Giordano Bruno, Francis Bacon, Rousseau, André Guide o Albert Camus, entre muchos otros. Hoy sigue vigente como mito de transgresión y de redención mediante el dolor.
En la obra de Mary Shelley, el doctor Frankenstein actúa como un Prometeo moderno, se rebela contra su dios, desafiándolo al dar vida a la materia inerte y obviar las leyes de la naturaleza. La astucia y la inteligencia del doctor buscarán el desarrollo del progreso humano y para ello deberá pagar un alto precio, quedando al final como un héroe en su rebelión científica y como un ser patético en su destino final. Su inmediato arrepentimiento al ver su obra terminada le diferencia del Prometeo mitológico, pero su lenta agonía en el dolor de ver destruidos a sus seres más queridos es similar al suplicio que devora las entrañas del titán encadenado.
- El esoterismo es un amplio campo en el que vamos a agrupar, con el único objetivo de no disgregarnos mucho, los métodos cabalísticos, alquímicos o nigrománticos, revestidos a veces con la túnica de la astrología o de la ciencia.
La influencia que el esoterismo tuvo en la autora de la novela, parece que se debió al interés que su padre, William Godwin, puso a los largo de su vida en estos temas ya que publicó una novela sobre la búsqueda de la piedra filosofal en 1799 y un ensayo, publicado postumamente, sobre las artes ocultistas de Agrippa, Paracelso o Alberto Magno titulado "Lives of the Necromancers" (1834).
- En las leyendas hebraicas nos encontramos con uno de los primeros seres inanimados que cobran vida: el 'Golem'. Según relataban, el rabino Judah Loew Bezalel del ghetto de Praga descubrió en el siglo XVI la manera de animar una figura humanoide de arcilla y de tamaño natural para que actuara como sirviente y como defensor del pueblo judío; el método de animación era cabalístico, escribiendo en su frente el nombre secreto de Dios, la palabra Emeth (verdad), pudiendo ser destruido si se borraba la primera letra de forma que la palabra resultante fuera Meth (muerte). Este relato popular cobró vida en el cine con "El Golem" (1914) de Paul Wegener y con la novela que con el mismo nombre publicó en 1916 el escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932); Wegener basándose en ella la rehizo en 1920 y la codirigió con Carl Boese bajo el título de "El Golem: cómo vino al mundo", película de gran influencia en el cine de Frankenstein, e inclusó rodó entre ellas una que se considera perdida -la que sería la primera secuela de la historia del cine- titulada "El Golem y la bailarina".
La alquimia, la cábala y diversos métodos esotéricos o nigrománticos
intentaron la creación de homúnculos, pequeños seres humanos
en miniatura, mediante técnicas artificiales.
- La nigromancia y la alquimia también intentaron la creación de seres vivos. Según parece ser, Cornelio Agrippa (1485-1535) deja entrever en su obra "De Occulta Philosophia" (1535) su interés y experimentación combinando diferentes artilugios con la magia negra para lograr la vida artificial.
Otro nigromante, David Christianus, decía que era posible fabricar un ser humano en miniatura con un huevo de gallina negra si se le extraía parte de la clara y se sustituía por un poco de esperma, y así, tras sellar el huevo e incubarlo en estiércol durante la primera luna de mayo, surgiría a los treinta días una diminuta figura cuasihumana.
Paracelso (1493-1541) decía ser capaz de crear un homúnculo, y en su obra "De natura rerum" daba su ingenua fórmula: "Debéis empezar por hacer lo siguiente: colocad abundante cantidad de semen humano en un alambique, selladlo y guardadlo durante cuarenta días en estiércol de caballo hasta que empiece a desarrollarse, vivir y moverse. Entonces habrá adquirido ya forma humana pero será transparente e insustancial. Durante cuarenta semanas ha de ser alimentado cuidadosamente con sangre humana y conservado en el mismo lugar cálido y luego se habrá convertido en un niño auténtico y vivo tal como un niño nacido de mujer sólo que mucho más pequeño".
Se dice también que cierto conde austríaco, Francisco José Kueffstein (1752-1818), retomó las ideas paracelsianas y mezclándolas con creencias rosacrucianas resucitó la idea del homúnculo. Cuentan que visitó en Italia al abate Geloni que producía estos seres fácilmente y se trajo a Viena una colección de ellos en diversos frascos, pero estos seres al crecer se volvieron exigentes, soberbios y de malos modales, por lo que el conde, atendiendo a las súplicas de su esposa, destruyó su colección de seres artificiales.
En la novela de Mary Shelley, el doctor Frankenstein opta por abandonar la vía esotérica y reforzar la vía científica, pues al revés que la primera, pese a prometer muy pco siempre se podían obtener grandes resultados.
- La ciencia y los avances científicos del siglo XIX, han sido otro aspecto importante para conocer el caldo de cultivo de dónde surgió la criatura del doctor Frankenstein.
- Durante muchos años estuvo presente el concepto de la llamada generación espontánea, la cual teorizaba que cualquier ser vivo podría surgir sin la acción de sus progenitores. Los egipcios ya pensaban que los ratones y las ranas se engendraban en el propio limo del río Nilo. Aristóteles (384-322 a.C.) creía en ella y afirmaba que "Cualquier cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se vuelva seco, produce animales mientras los pueda alimentar". Prestigiosos médicos como Ambroise Paré (1517-1590) o célebres naturalistas como el padre Athanasius Kircher (1601-1680) profesaron la misma creencia.
Pese a que William Harvey (1578-1657) publicó en 1651 un tratado en el que afirmaba que todo ser vivo debe proceder de otro ser vivo, o que Lázaro Spallanzani (1729-1799) demostró con sus experiencias con infusorios lo absurdo de esta idea, tal idea fantástica volvía constamente al público, ya en 1859 a manos de un naturalista francés llamado Félix Archimède Pouchet, de su colega inglés Henry Charlton Bastian, o del profesor francés Stephane Leduc, que en 1910 todavía predicaba la generación espontánea bajo el método pseudocientífico de "imitar las condiciones físicas en que nació la vida".
- Alejadas de este concepto también estaban las teorías eléctricas científicas de la época.
Benjamin Franklin en su clásico experimento sobre la
electricidad, junto con los famosos experimentos con
la rana de Galvani. Finalmente una imagen clásica:
"A Galvanized Corpse" de Henry R. Robinson, 1836.
Aunque Tales de Mileto en el 600 a.C. ya experimentaba con la electricidad haciendo que unas briznas de hierba seca fueran atraídas por un trozo de ámbar que antes había frotado con su túnica, no fue hasta 1752, cuando Benjamín Franklin (1706-1790) arrebató de los cielos, como si de un moderno Prometeo se tratara, el fuego en forma de rayo gracias a su famoso experimento de la llave y la cometa, que la fuerza eléctrica comenzó a tener valor para la ciencia. Posteriormente Luigi Galvani (1737-1798), profesor de anatomía en la Universidad de Bolonia en Italia, en su libro "De Viribus Electricitatis en Motu Musculari" (1792) presentó sus experiencias en las patas de las ranas iniciadas en 1786, sobre el estímulo del sistema nervioso mediante descargas eléctricas y convencido de haber descubierto la electricidad animal.
Parece ser que Mary Shelley conocía las teorías de un médico y filósofo naturalista llamado Erasmus Darwin (abuelo del famoso Charles Darwin) que establecía analogías entre el fluido eléctrico y el fluido nervioso. También se cree que la figura del doctor Frankenstein estuvo basada en la personalidad de un físico y filósofo escocés llamado James Lind (1736-1812) que había sido el tutor científico de su marido cuando estudiaba en Eton, que había filosofado sobre la naturaleza del principio vital, el galvanismo y los procedimientos de reanimación de personas ahogadas o asfixiadas. Pero aunque Mary conocía estas teorías (en 1815 soñó con su hija muerta a la que sostenía junto al fuego y que frotándola vigorosamente le devolvía la vida; además se casó con Shelley dos semanas después de la muerte de Harriet, su primera esposa, que se ahogó en 1816 y que, como era habitual en esa época, la intentaron reanimar con sales aromáticas, frotamientos vigorosos, electricidad y respiración artificial), es indudable que estaba más interesada en sus consecuencias morales que en los detalles científicos de las mismas.
- Finalmente deberíamos comentar otra línea de interés en el campo científico que no pertenecía directamente a la medicina sino a la mecánica, que pudo dar a la autora del libro la idea del montaje por piezas de la criatura. Nos referimos a la creación de seres artificiales mecánicos, los llamados autómatas.
La historia nos cuenta que en 1500 a.C., Amenhotep, hermano de Hapu, construyó una estatua de Memon, el rey de Etiopía, que emitía sonidos cuando la iluminaban los rayos del sol al amanecer. King-su Tse, en China, inventó en el año 500 a.C. una urraca voladora de madera y bambú y un caballo de madera que saltaba. En el año 206 a.C., fué encontrado el tesoro de Chin Shih Hueng Ti consistente en una orquesta mecánica de muñecos... Personajes como Alberto Magno (1204-1272) con su "hombre de hierro", Roger Bacon (1214-1294) con su "cabeza parlante" o Leonardo Da Vinci (1452-1519) con su "león mecánico", se interesaron por la mecánica aplicada a la creación de autómatas; incluso René Descartes inventó en 1640 un autómata al que se refería como “mi hijo Francine”.
Posiblemente fue Jacques de Vaucanson (1709-1782), nacido en Grenoble, el más asombroso creador de autómatas; realizó un pato de cobre, que graznaba, chapoteaba en el agua, bebía, comía y digería la comida por disolución y que finalmente era conducida por unos tubos hacia el ano donde había un esfínter que permitía evacuarla; por instigación de Luis XV, intentó construir un modelo humano con corazón, venas y arterias, pero murió antes de poder terminar esta tarea. Los autómatas se hicieron cada vez más complejos: Robert Houdini construyó una muñeca que escribía, Thomas Alva Edison una muñeca que hablaba...
Frankenstein: de la literatura gótica al cine de terror
La novela "Frankenstein" surgió de una forma tan curiosa (como una competición literaria) que muchos lo han llegado a considerar una leyenda, pero lo cierto es que la autora la narró como verídica en el prólogo de su obra en la edición de 1931.
Corría el verano de 1816 en Villa Diodati, una mansión que Lord Byron tenía en Cologni, Suiza, y Mary Godwin, junto con su amante y posterior marido el poeta Percy Bysshe Shelley, su hermanastra Jane Clairmont (de nombre artístico Claire), su amigo el poeta Lord Byron y el amante y médico personal de éste John Polidori (aunque hay quien incluye en la reunión a más personajes: Hobbhouse, Scrope, Rossi y Davies), pasaban el tiempo una noche tormentosa leyendo un libro alemán sobre historias de fantasmas. Influenciados por el ambiente, Lord Byron les propuso que cada uno de ellos escribiera una narración de horror. Sorprendentemente ni Byron ni Shelley, escritores de profesión, lo hicieron, mientras que Mary desarrolló lo que posteriormente fue su "Frankenstein o El Moderno Prometeo" y Polidori su "Varney, el vampiro", obra que ya hemos comentado en el capítulo anterior.
Sobre esta reunión se realizó una película titulada "Gothic" (1986) de Ken Russell, considerada 'de culto' por algunos cinéfilos y que pasó casi desapercibida, donde se mezclaba la historia, el sexo, las drogas y el terror. Al año siguiente repitió este intento Ivan Passer con su "Haunted Summer" y el español Gonzalo Suárez con su premiada película "Remando al viento".Tras la edición del libro, fueron frecuentes sus representaciones teatrales con mayor o menor acierto, pero la primera película que se recuerda apareció en 1910, un "Frankenstein" de escasos 15 minutos, dirigida por un tal J. Searle Dawley, y producida por la Edison Kinetogram Company. Posteriormente hubo algún intento de repetir la experiencia con resultados mas que dudosos pero de los que se tienen pocas referencias, como fue la americana "Life Without Soul" (1915) de Joseph Smiley que para americanizarla más (algo quizá demasiado frecuente en ese país) llegó a cambiar algo tan revelador como es el nombre del doctor y le llamó Frawley, o la italiana "Il monstro de Frankenstein" (1920) de Eugenio Testa, adaptación muy libre de la novela que se considera perdida.
La película que relanzó la obra de Mary Shelley, la universalizó y, a la vez, la deformó y marcó la iconografía del monstruo como símbolo del terror durante décadas, abrió caminos a los mitos erróneos y mezcló nuevos elementos en el terror cinematográfico navegando entre el miedo y la lástima, fue la famosa "Frankestein" (1931) de James Whale. Fue producida por la Universal y, tras un baile previo de directores y actores, terminó siendo una de las películas más famosas de la historia del cine. La actuación de Boris Karlof como la criatura (como le gustaba al gran actor llamar al monstruo) y el experto maquillaje de Jack Pierce, marcaron un hito en la caracterización de los personajes terroríficos. Además, esta fue la primera vez que se introdujo en el cine americano (y de aquí a casi todo el mundo) el inmenso valor de la iluminación y el juego de luces y sombras en las producciones dirigidas a un público que buscaba el miedo y el terror (que aprendieron, hay que decirlo, de directores expresionistas alemanes como Murnau o Robert Weine).
La película del primer "Frankenstein" de 1910 de la Edison Company.
El monstruo está interpretado por Charles Ogle.
Pese a su éxito comercial, fue duramente criticada por distorsionar la novela hasta lo indecible. Los guionistas que preparaban su secuela, "La novia de Frankenstein (1935), decidieron reiniciar la historia con la famosa reunión de Villa Diodati, revivir al monstruo y humanizar a la criatura (aquí la actriz Elsa Lanchester hizo un sorprendente doble papel, en el de Mary Shelley y en el de la 'novia' de la criatura, con un original peinado que marcó un hito en el cine de terror). Pese a no conseguir mayor credibilidad en la fidelización a la obra original, fue considerada la mejor película de toda la saga. Posteriormente vino algo a lo que el cine ya nos tiene acostumbrados, la explotación de los éxitos. Así surgieron películas como "La sombra de Frankenstein" (1939) de Rowland V. Lee que introducía a otro actor famoso como era Bela Lugosi en el papel de ayudante del doctor, o "El fantasma de Frankenstein" (1942) de Erle C. Kenton donde Lon Chaney Jr intentaba hacer el papel de la criatura con poco éxito. Y de nuevo, al agotarse el filón, se hicieron películas con el doble, el triple o el quíntuple de monstruos pensando erróneamente que el terror en el espectador aumentaría de la misma forma; surgió así "Frankenstein y el Hombre Lobo (1943) de William Neil, "House of Frankenstein" que conocimos aquí como "La zíngara y los monstruos" (1944), "La mansión de Drácula" (1945) o "Abbot y Costello contra los fantasmas" (1948), fenómeno que ya vimos en el capítulo anterior dedicado a Drácula y que acabó degenerando el género.De forma similar a lo sucedido con otras películas de terror, la productora británica Hammer recogió el testigo agotado por la Universal. El director londinense Terence Fisher fue el encargado de versionar de nuevo (versión tan nueva que era prácticamente una nueva historia) a la criatura en "La maldición de Frankenstein" (1957), caracterizada por Christopher Lee y acompañado por Peter Cushing como el barón Frankenstein, donde el monstruo va abandonando su destino atormentador para convertirse en un ser agresivo, sin ética ni moral, y donde las actrices provocan sexualmente a la vez que la violencia alcanza cotas nunca vistas; fue además la primera versión en colores de la historia. Este director repitió al año siguiente con "La venganza de Frankenstein" y la Hammer abandonó al monstruo durante unos años hasta que lo retomó con "El Mal de Frankenstein" (1964) siendo el director Freddie Francis y obteniendo una de las peores películas al tener a Kiwi Kingston como el monstruo, ya que era un luchador pero no un actor, que no aportó absolutamente nada nuevo. Fisher tuvo que volver de nuevo con "Frankenstein creó a la mujer" (1966) donde desarrolla la teoría de la transferencia de almas, "El cerebro de Frankenstein" (1968) donde se produce una escena de violación que disgustó mucho a su director, y ya enfermo la que fue su última película, "Frankenstein y el monstruo del Infierno" (1973) con un Neanderthal con el cerebro transplantado. La Hammer agotó sus ideas con "El Horror de Frankenstein" (1970) de Jimmy Sangter, en parte un remake de una anterior con cierta dosis de humor negro y sexo.
Mientras tanto en América y desde los años 50, donde la postguerra y el Rock’n Roll convirtieron a los adolescentes en un nuevo valor cultural y económico, buena parte del cine de terror se articuló alrededor de éste, surgiendo las películas de teenagers que abarcaron prácticamente todos los monstruos clásicos conocidos. Así surgió "Yo fui un Frankenstein adolescente" (1957) de Herbert L. Strock o "El Frankenstein adolescente contra el Hombre Lobo adolescente" (1959). También aprovecharon un precoz futuro al hacer en 1958 un "Frankenstein 1970". Incluso consiguieron hacer algo tan malo como la pésima "Frankenstein y el monstruo del espacio" (1964) de Robert Gaffney, aunque posiblemente lo peor de lo malo fue un terrible "Jesse James y la hija de Frankenstein" (1965), que compitió por este título con el absurdo japonés "Frankenstein Conquista al Mundo" (1965).
"El Golem", de Paul Wegener y Carl Boese (1920)
y el monstruo más clásico de todos interpretado
por Boris Karloff en "Frankenstein" (1931).
Durante los años 70 el mito parecía agotado; junto a las olvidables "La maldición de Frankenstein" de Jesús Franco y "Frankenstein a la italiana" de Armando Crispino, la Universal buscó nuevos caminos y relanzó la historia en forma de comedia con la divertida e histriónica "El jovencito Frankenstein" (1974) de Mel Brooks. Quizá esta fue la clave ya que se desarrollaron obras que se sumergían en áreas poco trilladas; así aparece la archifamosa comedia músico-terrorífica "The Rocky Horror Picture Show" (1975) de Jim Sherman, donde un travesti de medias negras y rimmel llamado Dr. Frank-N-Furter (interpretado por un fantástico Tim Curry) fabrica a un rubio, musculoso y superdotado monstruo..., o la creadora de la línea gore del terror "Carne para Frankenstein" (1974) de Paul Morrissey y supervisada por Andy Warhol que obtuvo unos famosos y nauseabundos resultados.
En los años 90 un director veterano en este campo del cine de terror realizó su "Frankenstein perdido en el tiempo"; Roger Corman desarrolló un guión junto con Brian Aldiss basándose en una novela de éste último, "Frankenstein desencadenado" (1973), donde el cine de terror da la mano a la ciencia ficción de los viajes en el tiempo, mostrándo claramente que la destrucción es posible si partimos de un progreso científico irresponsable y descontrolado. Más recientemente han aparecido obras que intentaban acercarse a los orígenes y a la realidad de la novela de la misma forma que ya lo intentó previamente Jack Smight con su "La verdadera historia de Frankenstein (1973), nos referimos a "Frankenstein: la Historia Real" (1992) de David Wickes y la cara producción de Kenneth Branagh con su "Frankenstein, de Mary Shelley" (1994) donde un actorazo como Robert de Niro encarna a la criatura; por desgracia intentos más o menos fallidos tal y como ya nos tienen acostumbrados las versiones cinematográficas.El cine de terror actualmente se dirige hacia otros campos mientras el clásico Frankenstein y su mito se diluyen entre clásicos fotogramas. Posiblemente de las películas modernas podríamos destacar dos. Una de ellas se basa en la novela "El padre de Frankenstein" de Christopher Bram que relata la relación entre un director de cine retirado (James Whale, creador del más famoso Frankestein, al que revive maravillosamente Ian McKeller) y su jardinero (Clay, interpretado por un correctísimo Brendan Fraser); una película que en ningún momento nos acerca al miedo pero que nos relata perfectamente una realidad histórica del mundo del cine; hablamos naturalmente de "Dioses y Monstruos" (1998) de Bill Condon. La otra película, más reciente todavía, es "May" (2002) de Lucky McKee, donde se retoma el susto adolescente y donde una inquietante Angela Bettis hace de doctor Frankenstein intentando crear un amigo a medida con los miembros de todos aquellos que le han maltratado alguna vez; pese a aportar poco, retoma modernamente la estructura del creador y su obra que caracterizó a la novela de Mary Shelley.
En esta escueta historia del cine hemos visto lo lejos que están las películas de la obra original en la que se basan. Bien es cierto que Frankenstein ha desarrollado todo un mito donde el médico, alma mater del monstruo, se convierte gracias a su obra en otro monstruo, siendo difícil en ocasiones distinguir quién es quién...
Frankenstein en el cine:
Charles Ogle, Boris Karloff, Christopher Lee y Robert de Niro.
Por ello será interesante ver lo que nos ha dejado como punto ético de referencia intentando marcar los límites de la ciencia médica, las posibilidades reales que tiene la medicina en el desarrollo de la vida artificial con los transplantes de órganos y el ensamblaje de miembros, y la participación que puede tener en la admirable y, a la vez, tenebrosa "creación" de vida humana...La medicina ante el mito de Frankenstein
La obra de Mary Shelley se ha interpretado desde varios puntos de vista. Desde la psicología femenina como una interesante expresión de la autora por sus miedos y terrores ante la maternidad, ante la posibilidad de traer una vida al mundo, donde sobrevuela el miedo al hijo imperfecto y a las responsabilidades que plantea. Otros prefieren hacer dobles lecturas ya sea desde el punto de vista político o el sociológico, que poco o nada nos interesa ahora. Nosotros intentaremos verlo desde el prisma de la ciencia médica, ya que se ha desarrollado hasta alcanzar el status de mito, de objetivo futuro o de seria advertencia...
Es indudable que la novela de "Frankestein" ha seducido de muchas formas a muchas personas. Algunas de éstas, mentes jóvenes en pleno desarrollo, han visto nacer en su interior esa chispa que poco a poco los ha orientado hacia las ciencias de la naturaleza, hacia la investigación científica o directamente hacia la medicina, sorteando consciente o inconscientemente las dudas morales que pueden plantearse y viendo sólo un camino abierto hacia un futuro prometedor y repleto de descubrimientos todavía ocultos. Así lo afirmaba, por ejemplo, sir Ronald Ross (1857-1932), que fue premio Nobel de Medicina en 1902 por haber descubierto el parásito de la malaria, y que siendo un buen aficcionadoa la literatura llegó a escribir un pequeño cuento satírico sobre el tema que nos ocupa titulado "El vivisector".
- El primer referente médico que encontramos en Frankenstein nos habla de ética y moral.
"Jugar a ser Dios" es el argumento principal de muchas películas donde aparecen los médicos (tal y como veremos más detalladamente cuando tratemos el capítulo de 'los monstruos y los mutantes'). Y el doctor Víctor Frankenstein es el principal representante de este género, el que quiso emular al Creador; sus aspiraciones iniciales ("¡cuán grande sería mi gloria si me era posible acabar para siempre con la Enfermedad y hacer al hombre invulnerable contra toda muerte que no fuese violenta!") se desviaron hacia objetivos que iban más allá de mantener y cuidar la vida, objetivos que fijaba en la creación de esa vida que quería proteger.
El nombre del doctor es hoy, por derecho propio, símbolo de la ciencia desviada de sus objetivos, de la superación personal al pisar terrenos resbaladizos que pueden atentar contra el ser humano y su humanidad, provocando lo que algunos llaman el síndrome de Frankenstein. Pero la obra nos habla de la locura soñadora y la ambición desmedida, pero también de la crisis de conciencia y el arrepentimiento posterior, para finalizar con una dura penitencia de la que no hay escapatoria posible.
En la novela vemos a un médico solitario en su investigación y sin ayudantes (en las películas hay personajes para todos los gustos, ayudantes como Fritz, Hans, Ludwig o Igor), y no hay datos sobre la tecnología aplicada (en las películas hay probetas y matraces con líquidos placentarios más o menos sugerentes, cables y turbinas con mucha electricidad estática, salida del cielo como hizo Benjamín Franklin o derivada de un estanque lleno de anguilas eléctricas). En la actualidad el trabajo científico es caro y suele desarrollarse en grupo, por lo que es más difícil plantear una 'locura' visionaria de altos riesgos (aunque, por desgracia, es imposible descartar la existencia de un grupo de científicos obsesionados con su labor...).
El gran filósofo inglés Bertrand Russel (1872-1970) ya dijo que "La ciencia, en cuanto a tal, no nos puede proporcionar una ética. Tan sólo nos puede indicar los medios para alcanzar determinados objetivos, así como las metas imposibles de alcanzar". Para solucionar esto habrá que recurrir a la filosofía ética, ya que toda nueva teoría científica no es buena o mala por sí misma, y lo que le dará ese valor será el cómo se emplee. Por esta razón, en la actualidad, y para evitar en parte el llamado factor Frankenstein, el trabajo es supervisado por la comunidad científica en general o directamente por los comités de ética de las propias instituciones (confeccionados prácticamente en todos los hospitales actuales)...
- La criatura creada por el doctor Frankenstein se ha comparado con una máquina, formada por una serie de piezas ensambladas y dirigidas por un motor, el cerebro. Pero el cerebro de la criatura está vacío, es decir, no tiene mente, hasta que poco a poco y de forma autodidacta va aprendiendo y se convierte en un ser terrible y vengativo (y eso que sus lecturas fueron "Los sufrimientos del joven Werther" de Goethe, "El paraíso perdido" de Milton y "Vida de hombres ilustres de Grecia y Roma" de Plutarco). Hoy en día la ciencia cibernética e informática están evolucionando tan rápido que muchos temen llegue el día en que se desarrolle una máquina capaz de pensar por su cuenta y que, como el monstruo de Frankenstein, se revele contra su creador.
De los antiguos autómatas hemos pasado en la actualidad a los robots. En el año de 1920, el escritor de origen checoslovaco Karel Capek, publicó su novela "RUR" (Russum’s Universal Robots). Esta obra trata de dos pequeños seres artificiales de forma humana que responden perfectamente a las órdenes de su creador, aunque al final acaban rebelándose contra él (de forma similar al Frankenstein original). Para referirse a estos seres, el autor les llamaba robots, derivación del vocablo checo 'robota', que significa “trabajo obligatorio”. Y es así como surge la palabra robot para referirse a los autómatas mecánicos de aquellas épocas. A partir de esta novela, se generalizó el nombre y ahora se les llama robots a todo tipo de autómatas.
Escenas clásicas de la creación del hombre de retales y una
aproximación a los retales protésicos actuales y futuros.
Existe un miedo a los robots debido a la evolución tan acelerada que se ha proyectado en muchas de las novelas de ciencia-ficción. Y aunque muchas de estas novelas no están tan fuera de la realidad, no debe temerse al desarrollo de la ciencia robótica, sino todo lo contrario, ya que estos existen para poder facilitar las tareas de los humanos. En la obra de Isaac Asimov, "Yo robot" (1940), éste postula tres leyes (que ya se han hecho clásicas) que los robots deberán de seguir para proteger a los seres humanos:
1) Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2) Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en contradicción con la primera ley.
3) Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la primera o segunda ley.
Aunque la creación de autómatas no pertenece al campo de la medicina, sino al de la mecánica o la electrónica, este ejemplo es importante ya que de él se deriva lo que suele llamarse el complejo de Frankenstein, término acuñado también por Isaac Asimov y que nos habla de la desconfianza y el temor que despertaría en los seres humanos una máquina que los superara (imagen que vemos en el célebre computador HAL de la película "2001, una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick, y en alguna más moderna como "Yo, robot" que plantea algo similar pese a desvirtuar la novela en la que se basa).
Además debemos tener en cuenta que en la actualidad la medicina y la robótica se dan la mano cada vez más, desarrollando nuevos implantes y prótesis que resulten más fieles a los miembros u órganos que sustituyen (quizá, quién sabe, se produzcan finalmente situaciones como las que describe Crichton en su novela "El hombre terminal" y de la que también se hizo una película, con una compleja interrelación hombre-máquina).
- Y esto nos lleva directamente al tema de los transplantes, pues los primeros médicos en realizarlos fueron rápidamente acusados de ser como el doctor Frankenstein, médicos sin moral, violadores de la humanidad con el único objetivo de obtener logros personales. De esta forma acusaron al doctor sudafricano Christian Barnard (1922-2001) al realizar en 1967 el primer transplante cardíaco. Hoy la situación ha dado un giro de 180º, y no sólo se aceptan los transplantes de corazón, hígado o riñones, sino que además se considera ético y moral con la humanidad hacerse donante de los mismos.
Cuando se utilizaron para transplantar órganos no vitales, volvieron a surgir las controversias y las acusaciones frankensteinianas. Así sucedió con el doctor Owen, médico australiano que transplantó en 1998 la mano derecha de un donante muerto, o con el doctor Duberward, que un año después repitió la operación con el brazo derecho de un donante con muerte cerebral.
Actualmente aceptamos con más facilidad estas situaciones y, frente a la sorpresa inicial, las asumimos como "correctas" desde la ética médica. Aceptamos transplantes de órganos animales y humanos, de todo tipo de implantes mecánicos, pues su objetivo es salvar vidas humanas; pero aquí aparece una pregunta que nace de lo más oscuro de nuestro inconsciente, que nos recuerda a la imagen que tenemos de Frankenstein, y que asemeja al guión de una película de terror: ¿aceptaríamos, en un hipotético futuro, un transplante de cuerpo entero o, dicho de otra forma, un transplante de cerebros? ¿aceptaríamos un implante biomecánico corporal completo adaptado a una cabeza humana...?
- La Ciencia no ha llegado todavía a crear vida, pese a los arduos intentos de ciertos laboratorios para crear una especie de 'sopa primordial' de donde se supone salió el primer ser vivo de este planeta (concepto que tuvo su origen en una especie de jalea lodosa que se encontró en 1858 en el fondo del océano Atlántico a la que llamaron Bathybius y que resultó ser uno de los grandes chascos de la ciencia).
Bien es cierto que, por otra parte, ha conseguido algunos logros particulares, obteniendo ciertas moléculas orgánicas bajo una serie de condiciones físico-químicas que supuestamente existían en la Tierra antes de aparecer la vida. Desde 1953 se han conseguido 'fabricar' prácticamente todos los aminoácidos fundamentales en el ser vivo, pero ha sido imposible crear nucléotidos, integrantes de los genes, y que serían necesarios para hablar de seres vivos.
Por ello, es en el campo en donde existe ADN sólo o formando parte de seres unicelulares, donde la medicina cobra verdadera importancia y se renueva en su mito del Frankenstein creador y terrible. Hablamos de la genética y la reproducción asistida, aunque habitualmente (salvo casos puntuales) no se habla de la existencia de una maldad intrínseca o consciente en los médicos que trabajan en ello, pero si de la sospecha de una incapacidad moral para distinguir lo que está bien de lo que está mal.
- La asociación de Frankenstein con la genética es hoy en día algo habitual, pese a los indudables beneficios que podría reportar para la humanidad en un futuro no muy lejano; recordemos por ejemplo los carteles de 'No Frankenfoods' que aparecen con relativa frecuencia en las manifestaciones ecologistas contra los alimentos transgénicos. Las 'criaturas' de la genética serían, no sólo alimentos modificados, sino también gérmenes que podrían abrir las puertas a plagas incontrolables (de lo que nos advierten películas clásicas como "La amenaza de Andrómeda" basada en la novela original que Michael Crichton escribió durante su primer año de sus estudios de medicina, hasta las más recientes como "28 días después") y a terribles guerras biológicas. El miedo a que los seres humanos puedan manipularse de forma parecida (como aparece en la película de serie B "Trans-Gen, los genes de la muerte" del año 1987) ha llevado a que se establezcan una serie de controles bioéticos internacionales que vigilen el denominado "Proyecto Genoma Humano".
- Las modernas técnicas de Reproducción Asistida cada vez han entrado más en la controversia bioética, desde las decisiones sobre la vida o la muerte embrionaria a los diagnósticos preimplantacionales y sus consecuencias, pasando por la selección de sexos, etc... Pero las cuestiones que más polvareda han levantado y más 'síndrome de Frankenstein' han creado son (quizás influenciadas por la obra de Aldous Huxley "Un mundo feliz" del año 1932) la clonación y el uso o manipulación de células madre, sin olvidarnos de las graves desviaciones de estas técnicas como serían la creación de quimeras, la partenogénesis o la ectogénesis. Curiosamente el cine ha tratado estos temas tan serios y de tanta actualidad de muy diversas formas: como una comedia en "Mis otros yo" (1996) donde Michael Keaton aparece multiplicado, como una aventura donde Arnold Schwarzenegger es duplicado por error en "El sexto día" (2000), o de forma algo más terrorífica en la reciente película de Robert de Niro "El enviado" (2004).
[N.B.: Para no repetirnos, pueden ampliar su información sobre estos temas en el artículo "Sobre la Etica Médica y la Bioética en Reproducción Asistida" dentro de esta misma sección del Tragaluz de Xibalbá].* * *
Hemos buscado, para finalizar este capítulo, unas palabras extraídas del "Frankenstein" de Mary Shelley que nos advierten de los riesgos de las prácticas ilícitas de la medicina. Pertenecen al diario del capitán Robert Walton:
"He intentado en vano conseguir de Frankenstein los detalles de la creación de su monstruo. Pero en este punto se ha mostrado impenetrable.
- ¿Está usted loco, amigo mío? - me ha preguntado -. ¿Se deja llevar por su insensata curiosidad? ¿También quiere crear para el mundo otro demonio como aquel? Tome ejemplo de mis angustias y no trate de aumentar las suyas"...
Continúa con:
EL HOMBRE LOBO
o
LA BESTIA INTERIOR.
El Morador del Mitnal