FABULAS CLASICAS

Esopo | Fedro
La Fontaine | Samaniego



Un médico ignorante trataba a un enfermo; los demás habían asegurado que, aunque no estaba en peligro, su mal sería de larga duración; únicamente el ignorante le dijo que tomara todas sus disposiciones porque no pasaría del día siguiente.
Al cabo de algún tiempo, el enfermo se levantó y salió, pálido y caminando con dificultad. Nuestro médico le encontró y le dijo:
- ¿Cómo están, amigo, los habitantes del infierno?.
- Tranquilos -contestó-, porque han bebido el agua del Leteo. Pero últimamente Hades y la Muerte proferían terribles amenazas contra los médicos porque no dejan morir a los enfermos, y a todos los apuntaban en su libro. Iban a apuntarte a ti también pero yo me arrojé a sus pies jurándoles que no eras un verdadero médico y diciendo que te habían acusado sin motivo.


Una vieja enferma de la vista llamó con promesa de salario, a un médico. Este se presentó en su casa, y cada vez que le aplicaba el ungüento no dejaba, mientras la vieja tenía los ojos cerrados, de robarle los muebles uno a uno.
Cuando ya no quedaba nada, terminó también la cura, y el médico reclamó el salario convenido. Se negó a pagar la vieja, y aquel la llevó ante los jueces. La vieja declaró que, en efecto, le había prometido el salario si le curaba la vista, pero que su estado, después de la cura del médico, había empeorado.
- Porque antes -dijo- veía todos los muebles que había en mi casa, y ahora no veo ninguno.


Un médico tenía en tratamiento a un enfermo. Este murió, y el médico decía a las personas del acompañamiento:
- Si este hombre se hubiera abstenido del vino y se hubiese puesto lavativas, no hubiese muerto.
- ¡Amigo -le contestaron-, no es ahora que no sirve de nada cuando tenías que haber dicho esto, sino antes, cuando tu consejo podía haber sido de provecho.


Habiéndole preguntado un médico a un enfermo por su estado, contestó el enfermo que había sudado más que de costumbre.
- Eso va bien -dijo el médico.
Interrogado una segunda vez sobre su estado de salud, contestó el enfermo que temblaba y sentía fuertes escalofríos.
- Eso va bien -dijo el médico.
Vino a verle el médico por tercera vez y le preguntó por su enfermedad. Contestó el enfermo que había tenido diarrea.
- Eso va bien -dijo el médico, y se marchó.
Vino un pariente a ver al enfermo y le preguntó cómo iba.
- Me muero -contestó- a fuerza de ir bien.

Esopo (¿570-526 a.C.?)




Un mal zapatero comido por la miseria púsose a ejercer la medicina en un país donde no era conocido, y vendiendo un antídoto con nombre inventado adquirió gran fama gracias a sus discursos charlatanescos.
Habiendo el rey de aquel país caído en el lecho con una grave enfermedad, con el fin de probar su saber, pidió una copa y llenóla de agua, fingiendo mezclar un veneno con el antídoto del médico; luego ordenó a éste que bebiera también la poción, ofreciéndole un premio.
El temor a morir hizo confesar a nuestro zapatero que su celebridad se debía no a sus conocimientos médicos, sino a la estupidez del vulgo.
Convocó el rey a la asamblea del pueblo, y dijo estas palabras:
- ¡Hasta dónde llega vuestra falta de sentido, oh ciudadanos, cuando no dudáis en confiar vuestras cabezas a quien nadie quiso dar a calzar los pies!.

Fedro (¿1-69?)




El médico Esto-va-mal visitaba a un enfermo, el cual era visitado también por su cofrade Esto-va-bien. El segundo confiaba en que se salvaría, aunque el primero sostenía que el enfermo no tardaría en reunirse con sus abuelos.
Proponiendo entrambos diferente cura, el enfermo pagó su tributo a la tierra, luego de seguir los consejos de Esto-va-mal. Mas uno y otro triunfaron sobre la enfermedad, pues el uno decía:
- Murió el enfermo, como yo había dicho.
- Si me hubiera hecho caso -repuso el otro- aún viviría.

La Fontaine (1621-1695)




Un miserable Enfermo se moría,
y el Médico importuno le decía:
"Usted se muere; yo se lo confieso;
pero por la alta ciencia que profeso,
conozco, y le aseguro firmemente,
que ya estuviera sano,
si se hubiera acudido más temprano
con el benigno clíster detergente".
El triste Enfermo, que lo estaba oyendo,
volvió la espalda al Médico, diciendo:
"Señor Galeno, su consejo alabo.
Al asno muerto la cebada al rabo".
Todo varón prudente
aconseja en el tiempo conveniente
que es hacer de la ciencia vano alarde
dar el consejo cuando llega tarde.

Samaniego (1745-1801)